Ernesto López Portillo
El narcotráfico es un fenómeno inabarca-ble. No hay informe oficial, estudio o reportaje capaz de asir su complejidad. Ante él bordamos mucho más sobre hipótesis y mucho menos sobre evidencias. Y no es que haya duda de su existencia, lo que sucede es que su dinámica golpea globalmente por muchos frentes incluyendo algo tan complejo como la cultura misma. Caracterizarlo y medirlo con precisión parece imposible. En todo caso, sin embargo, los indicios a la mano permiten suponer que viene haciendo metástasis en las instituciones de nuestro Estado y sociedad de una manera nunca antes vista. Y las medidas que se aplican aparentemente para contenerlo, casi siempre inspiradas en el modelo prohibicionista de Estados Unidos, no están funcionando; de hecho, según innumerables estudios, lo extienden más. La tesis es clarísima y está demostrada: a mayor prohibición, mayor será la rentabilidad del mercado negro y habrá más incentivos para su crecimiento. En esas estamos.
Acaba de ser publicada una extensa investigación periodística sobre el narcotráfico que presenta una cantidad extraordinaria de información. Se trata de Narcotráfico: el gran desafío de Calderón, de Alejandro Gutiérrez. Consultas con ex operadores del combate al narcotráfico me han confirmado que el libro presenta “algunos muy buenos datos”. Académicos de primer nivel confirman el alcance de sus fuentes (si bien el texto padece una muy escasa referencia a las mismas). Periodistas me han hablado de la ganada reputación profesional del autor, precisamente en el terreno del periodismo de investigación, al tiempo que otros del mismo gremio presentan una opinión mixta, de manera que el documento, a su juicio, tiene aciertos e imprecisiones.
Una clave del libro me llama poderosamente la atención: la cantidad de hechos relatados. Página tras página el texto reconstruye acontecimientos que en su conjunto proyectan una condición social que no atino a categorizar. Grupos y personas enfrentadas a muerte dentro y fuera de las instituciones, ante un sistema de justicia penal que opera al mínimo posible y una sociedad que, en el mejor de los casos, se detiene un par de minutos ante el nuevo degollado. Tal vez para los enterados hablar de la descomposición del Estado en la forma de una metástasis del narcotráfico es una mera obviedad. Pero en realidad si el narcotráfico tiene el poder que se retrata en este libro, entonces nuestro problema ha avanzado mucho más de lo que la mayoría de los analistas han interpretado. No es una guerra en el sentido estricto del término, pero tampoco es un estado de paz social. ¿Qué es entonces? Ni siquiera es posible identificar los bandos porque las instituciones y las organizaciones criminales están fragmentadas en grupos rivales que mantienen confrontaciones violentas donde las trincheras se diluyen.
El control del negocio de las drogas ilícitas se ha fragmentado luego de la ruptura entre anteriores alianzas o de la caída de organizaciones que lograban imponerse sobre las otras; el resultado es el uso cada vez más extendido e indiscriminado de la violencia junto al empleo también creciente de armas de alto poder. El texto, en suma, parece un grito brutal que se suma a la hipótesis según la cual el Estado perdió toda posibilidad de imponerse sobre las organizaciones criminales.
Director ejecutivo del Instituto para la Seguridad y la Democracia, A.C.
