Sara Sefchovich
Recientemente murió elarzobispo emérito de París. Los diarios lo comunicaron así: “Murió el cardenal judío”. Monseñor Lustiger tenía 79 años y aunque había nacido judío, se había convertido al catolicismo a los 14 años. ¿Cuándo deja alguien de ser extranjero, sea en la religión, sea en el país al que llega a vivir?
Extranjero —dice el diccionario— es “quien viene del país de otra soberanía”. Hobsbawm lo define así: “Son los diferentes a mí, los que no son nosotros”.
En México, muchos llegaron de otras soberanías: toltecas, mayas, aztecas, pero los primeros “diferentes” fueron los españoles y por la forma en que obligaron a los de aquí a aceptar sus modos, generaron un desagrado por lo extranjero.
Con la independencia, el odio se manifestó abiertamente. Hidalgo decía: “Hemos de tomar las armas para correr a los gachupines y no consentir en nuestro territorio a ningún extranjero”.
Pero eso fue imposible. Primero porque ya habían llegado los peluqueros, los cocineros, los modistos que vinieron con los nobles españoles y también, porque ya habían entrado las ideas. Alamán se quejaba de que la anarquía y la debilidad del país se debían a que el movimiento insurgente se había alejado de la herencia hispánica y había adoptado “principios extranjeros”.
En el siglo XIX el gobierno les pidió a extranjeros que vinieran al país, a los ricos para que trajeran sus inversiones y a los trabajadores para que “mejoraran las cualidades físicas, las cualidades morales y la actitud hacia el trabajo de los naturales de estas tierras”, pues según Molina Enríquez, “eran gente insuficiente en calidad”.
De modo que en este país hay una actitud ambigua: a los extranjeros se les ama y se les odia. En el siglo XX, se les abrieron las puertas a quienes huían de las guerras, las persecuciones, la pobreza y discriminación, por igual si eran refugiados del derrumbado imperio turco que de la Primera Guerra Mundial, de la guerra civil española que del nazismo, a los sudamericanos que en los años 70 huían de los gobiernos militares represores, que a los centroamericanos que en los 80 abandonaban su patria por la inestabilidad y en los 90 a los del este de Europa que huían de las limpiezas étnicas, pero también se expedían leyes que pretendían impedir a los sirios, libaneses, armenios, hindúes. turcos, palestinos y árabes que se mezclaran con los nacionales porque “producen degeneración en sus descendientes”, y a los judíos y a los chinos que vinieron al país, a aquéllos “por sus características psicológicas y morales” y a éstos por ser “raza indolente y perezosa, ruin y abyecta”. Y a los centroamericanos se les deportó casi en su totalidad y se aplicaron medidas destinadas a controlar su afluencia.
En México, “toda presencia extranjera produce una reacción de afirmación nacionalista”, afirma Luz María Martínez y según Juan Comas en su “sustrato psíquico”, el mexicano es francamente antiextranjero. Por eso alguien puede ser la tercera o la sexta generación de nacidos en el país y seguirá siendo ajeno: el empresario Carlos Slim es “el árabe”, el dueño de la tienda de abarrotes es “el español”, al escritor de apellido diferente se le considera “étnicamente imposibilitado para ejercer el patriotismo.”
Pongo un ejemplo. Un lector que se firma con el nombre de Augusto Hugo Peña D. y se dice “Especialista en política del Medio Oriente y miembro del Instituto de Estudios Estratégicos para el bienestar de los mexicanos”, me manda correos electrónicos en los que me dice que “formo parte de la caterva de distorcionadores (sic) de la verdad como lo son todos los judíos, perversos y pervertidos que luego de haber sido recibidos en nuestro país de manera generosa y honesta se tornan una élite (sic) que no para en mientes con tal de lograr sus cometidos.”
La semana pasada, a propósito de mi artículo sobre la identidad me escribió: “Me parece que como estudiosa del devenir de los pueblos y sus identidades, se debería ocupar de la identidad de otras naciones porque los mexicanos tenemos la identidad de mexicanos. Le sugiero abordar temas de interés general y no puntillas con este pueblo que le dio a sus abuelos y padres una identidad más firme y generalizada que el de ser simple y llanamente judíos”.
Esa persona no me conoce y decide lo que supuestamente soy en base a quién sabe qué, pues la extranjeridad, real o imaginada, puede tener que ver con el nombre, el color de la piel, la religión o lo que sea. Pero según este lector, es una marca indeleble y una decisión que otros se sienten con derecho a tomar respecto a alguien.
sarasef@prodigy.net.mx
Escritora e investigadora en la UNAM
