Las grasas trans: el veneno legal que seguimos consumiendo todos los días.

Marco Tulio Carrascosa

Durante décadas nos enseñaron a preocuparnos por el azúcar.
Después aprendimos a preocuparnos por la sal.
Pero existe un enemigo silencioso que continúa presente en millones de hogares y que, pese a las advertencias científicas, sigue formando parte de la alimentación cotidiana de millones de personas.
Las grasas trans.
Y junto a ellas, otro protagonista igual de preocupante: el jarabe de maíz de alta fructosa.
Lo más grave es que no estamos hablando de sustancias ocultas o desconocidas.
Estamos hablando de ingredientes presentes en productos que consumimos diariamente.
Galletas.
Panes industrializados.
Botanas.
Pasteles.
Donas.
Comida rápida.
Margarinas.
Cereales ultraprocesados.
Bebidas azucaradas.
Y una larga lista de alimentos que forman parte del carrito de compras de millones de familias mexicanas.
La pregunta es inevitable:
Si sabemos que dañan la salud, ¿por qué siguen estando en todas partes?
El enemigo que mata lentamente
La Organización Mundial de la Salud ha señalado durante años que las grasas trans industriales están asociadas con enfermedades cardiovasculares, inflamación crónica, obesidad, diabetes tipo 2 y un mayor riesgo de muerte prematura.
No aportan beneficios nutricionales.
No son necesarias para el organismo.
Y sin embargo continúan presentes en miles de productos.
Su función principal no es alimentar mejor.
Es abaratar costos, extender la vida útil de los alimentos y mejorar ciertas características de producción.
En otras palabras:
Son un gran negocio para la industria.
Pero una mala noticia para la salud pública.
El jarabe de maíz: el otro problema
A esta ecuación se suma el jarabe de maíz de alta fructosa.
Un ingrediente ampliamente utilizado en refrescos, bebidas procesadas, postres, dulces y numerosos productos industrializados.
Diversos estudios han relacionado su consumo excesivo con obesidad, resistencia a la insulina, hígado graso, diabetes y síndrome metabólico.
México, lamentablemente, ocupa desde hace años posiciones alarmantes en obesidad infantil y adulta.
Y resulta imposible hablar de esta crisis sin analizar el papel que juegan los ultraprocesados.
Porque el problema no es únicamente cuánto comemos.
También importa qué estamos comiendo.
¿No estaban prohibidas las grasas trans?
Aquí surge una de las mayores contradicciones.
México ha avanzado en regulaciones destinadas a limitar el uso de grasas trans industriales en alimentos procesados.
Los legisladores han impulsado reformas y disposiciones regulatorias orientadas a restringirlas.
Sin embargo, el problema real no termina con la publicación de una ley.
El problema es la vigilancia.
La supervisión.
La aplicación efectiva.
Porque basta entrar a cualquier tienda de conveniencia, supermercado o miscelánea para observar que una enorme cantidad de productos ultraprocesados continúa dominando los anaqueles.
Quizá muchas marcas han reducido su contenido de grasas trans o reformulado productos para cumplir con la regulación.
Pero la realidad es que los consumidores siguen rodeados de alimentos con perfiles nutricionales altamente cuestionables.
Y ahí es donde surge una pregunta incómoda para nuestras autoridades:
¿Quién está protegiendo realmente al consumidor?
La omisión también tiene consecuencias
La salud pública no puede limitarse a campañas publicitarias.
No basta con colocar sellos negros en los empaques.
No basta con emitir discursos sobre alimentación saludable.
Se requiere vigilancia permanente.
Educación nutricional.
Transparencia.
Incentivos para la innovación alimentaria.
Y voluntad política.
Porque cuando millones de personas desarrollan enfermedades asociadas a una mala alimentación, el costo termina pagándolo toda la sociedad.
Hospitales saturados.
Tratamientos costosos.
Pérdida de productividad.
Menor calidad de vida.
Mayor mortalidad.
La omisión también genera víctimas.
Los productos que más debemos vigilar
Aunque cada formulación puede variar entre marcas, existen categorías de productos que históricamente han concentrado mayores riesgos por su alto nivel de procesamiento:
Donas industriales.
Pasteles empaquetados.
Galletas rellenas.
Botanas fritas ultraprocesadas.
Margarinas industriales.
Pan dulce industrializado.
Comida rápida frita.
Papas fritas procesadas.
Dulces y caramelos industriales.
Cereales altamente azucarados.
Refrescos y bebidas endulzadas.
Helados industrializados.
Postres empaquetados.
Productos de panificación de larga duración.
Comidas congeladas ultraprocesadas.
El problema no siempre es un ingrediente aislado.
El problema es la combinación de grasas de baja calidad, azúcares añadidos, sodio excesivo y aditivos presentes en muchos de estos productos.
La industria alimentaria necesita evolucionar
La buena noticia es que existe una enorme oportunidad económica.
La alimentación saludable ya no es una moda.
Es una tendencia global.
Los consumidores están exigiendo productos más naturales.
Menos conservadores.
Menos químicos.
Menos azúcares.
Menos grasas dañinas.
Más ingredientes funcionales.
Más transparencia.
Más sostenibilidad.
Las empresas que comprendan esta transformación liderarán los mercados del futuro.
Las que no lo hagan corren el riesgo de quedarse atrás.
Una nueva industria para una nueva generación
México tiene la capacidad de convertirse en líder de alimentos saludables.
Tenemos biodiversidad.
Tenemos productores.
Tenemos conocimiento agrícola.
Tenemos emprendedores.
Tenemos mercados.
Lo que hace falta es visión.
Imaginen una industria que premie la salud en lugar de la enfermedad.
Que proteja a sus clientes en lugar de explotarlos.
Que mida su éxito no sólo por ventas, sino también por bienestar.
Ese es el futuro.
Y ese futuro puede convertirse en una enorme oportunidad económica para nuestro país.
La verdadera pregunta
Durante años hemos discutido quién debe responsabilizarse.
La industria culpa al consumidor.
El consumidor culpa a la industria.
Los gobiernos culpan a ambos.
Y mientras tanto, las cifras de obesidad, diabetes y enfermedades cardiovasculares continúan creciendo.
Quizá ha llegado el momento de reconocer que la responsabilidad es compartida.
Pero también que quienes tienen mayor poder —gobiernos, reguladores e industria— tienen una obligación mayor.
Porque cuando un producto llega a la mesa de una familia mexicana, no debería representar una amenaza silenciosa para su salud.
La alimentación del futuro no debe construirse sobre ingredientes que enferman.
Debe construirse sobre innovación, responsabilidad y respeto por la vida.
Y mientras eso no ocurra, seguiremos enfrentando una epidemia que no se transmite por virus.
Se transmite por hábitos, omisiones y decisiones equivocadas.

Hasta la próxima… ✒️

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