Carlos Hiram Culebro
Mientras la ansiedad, la depresión, la violencia familiar, entre otros problemas, se presentan en la población mexicana, existe una rama de la psicología que podría convertirse en una herramienta fundamental para prevenir muchos de estos problemas antes de que estallen. Sin embargo, permanece casi invisible para las autoridades, las universidades y buena parte de la sociedad: la psicología comunitaria.
A diferencia de la psicología clínica tradicional, que suele atender a las personas de manera individual en un consultorio, la psicología comunitaria trabaja directamente en barrios, colonias, escuelas y comunidades. Su objetivo no es solamente “curar” a quien ya presenta un problema emocional, sino fortalecer el tejido social, prevenir conflictos y mejorar las condiciones colectivas de vida.
En un país marcado por la pobreza, la desigualdad, la violencia y las adicciones, parecería lógico que este enfoque tuviera un papel prioritario. Pero ocurre exactamente lo contrario. La mayoría de las políticas públicas continúan apostando por modelos reactivos: atender crisis cuando ya explotaron, medicalizar síntomas o canalizar casos graves a instituciones saturadas.
En muchas comunidades mexicanas los problemas emocionales no pueden separarse de factores sociales y económicos. El desempleo, la migración, la violencia intrafamiliar, el alcoholismo, la desintegración familiar y la falta de oportunidades, entre otras circunstancias, terminan afectando la salud mental colectiva. Allí es donde la psicología comunitaria puede intervenir mediante talleres, redes de apoyo, actividades preventivas y programas de acompañamiento social.
Sin embargo, pocas veces se destinan recursos suficientes para este tipo de trabajo. Muchos psicólogos recién egresados terminan buscando empleo únicamente en escuelas privadas, consultorios o empresas, porque el campo comunitario suele estar mal pagado, poco reconocido y casi ausente de las prioridades gubernamentales.
Paradójicamente, la prevención comunitaria puede ahorrar enormes costos humanos y económicos. Atender a tiempo problemas de violencia o abandono escolar, entre otros, resulta menos costoso que enfrentar posteriormente delitos, suicidios, hospitalizaciones o procesos de rehabilitación prolongados.
La salud mental sigue viéndose en muchos sectores como un asunto estrictamente individual. Se habla del paciente, pero poco de la comunidad donde vive. Se atiende al joven con ansiedad, pero rara vez se cuestiona el entorno violento o desesperanzador que lo rodea. Se trata la depresión, pero pocas veces se analizan las condiciones sociales que alimentan el aislamiento y la desesperanza.
La psicología comunitaria también enfrenta obstáculos culturales. En algunas regiones aún existe desconfianza hacia la atención psicológica, y muchas personas continúan asociando estos servicios únicamente para “los locos”. Por ello, el trabajo comunitario requiere sensibilidad social, conocimiento cultural y cercanía humana, más allá de teorías académicas.
Existen esfuerzos valiosos impulsados por universidades, organizaciones civiles y algunos colectivos independientes. En ciertas colonias populares y comunidades rurales se han desarrollado proyectos de prevención de violencia, atención a jóvenes en riesgo, acompañamiento a mujeres víctimas de abuso, entre otros. Sin embargo, la mayoría sobrevive con recursos limitados y sin continuidad institucional.
La pandemia de COVID-19 dejó una lección importante en cuanto a que la salud mental no puede seguir tratándose como un lujo secundario. El aislamiento, el miedo y las pérdidas humanas evidenciaron la fragilidad emocional de millones de personas. Pero también demostraron la importancia de las redes comunitarias, la solidaridad vecinal y el acompañamiento colectivo.
Hoy, cuando México enfrenta deterioro del tejido social, la psicología comunitaria puede ser una pieza clave para reconstruir vínculos humanos y fortalecer comunidades. No obstante, continúa siendo una de las áreas más olvidadas dentro de las políticas públicas y de la propia profesión psicológica.
El gran desafío es comprender que la salud mental no depende únicamente de lo que ocurre dentro de una persona, sino también de lo que sucede alrededor de ella. Porque sanar individuos sin atender a las comunidades donde viven puede convertirse, al final, en una solución incompleta.
• Fundador de la Asociación chiapaneca de profesionales para la salud mental, AC
