Gabriel Székely
Para cualquiera de mi generación no puede haber escapatoria a discutir acaloradamente el tema de Cuba a la menor provocación. La ocasión nos la ha dado, esta vez, la declaración de Raúl Castro en el marco del 54 aniversario del ataque al cuartel Moncada el 26 de julio, que detonó la revolución en el país caribeño. La anticipación de un cambio importante en el rumbo político de la isla, a partir de que deje el poder George W. Bush y no su hermano Fidel, deja ver un asomo de esperanza para el corto plazo.
¿Sería factible que presenciemos un inesperado final de la obra que en realidad ha sido largamente anunciado? Es decir, una transición negociada en la que las autoridades cubanas cedan con el reconocimiento de algunos derechos de propiedad a sus antiguos dueños, en que se fomenten oportunidades de inversión aun para los cubanos que ahora radican en Estados Unidos, y en que prevalezca la tranquilidad y se evite otro shock devastador como ha sido tan común en la historia de Cuba.
El paso paulatino a la vida democrática y la apertura de Cuba, sin grandes crisis, tendría interesantes impactos en la región y en la tormentosa relación de EU con los latinoamericanos. Por la manera en que está desarrollándose el proceso electoral en nuestro vecino al norte, no es descabellado este escenario. Al radicalismo fundamentalista de Bush ha correspondido un recorrido hacia la izquierda por parte de cualquier precandidato a la presidencia de su país que se precie de ser demócrata.
Algunas publicaciones europeas sostienen que esto ni siquiera se debe ya al tema de Irak, que ha dividido de manera tajante al electorado de Estados Unidos, sino a la agenda de urgentes cambios en política social que el propio Bush se ha rehusado a sacar del congelador, al cual los condenó desde 2001 en que llegó a la Casa Blanca. Esto significa que la mayor parte de la atención en 2008 se le dará a los asuntos domésticos, con un fuerte enfoque social, lo que facilitaría dar el paso para encontrarse a mitad del camino con la mano que ha extendido Raúl Castro desde Cuba.
Tanto se ha insistido al sur del río Bravo en que al morir Fidel vendrá la pesadilla de una “invasión yanqui” de Cuba, predominando los intereses definidos por la comunidad en Miami, que una transición en paz sería una catarsis de proporciones históricas. Algunos proclamarían la derrota del imperialismo en un momento de debilidad, mientras otros apuntarían a la oportunidad de una relación sobre nuevas bases de equidad. Pienso que ambos estarían equivocados, pues la pregunta de fondo hoy es qué tanto le importa Cuba a Estados Unidos.
Le importó mientras ahí se podía definir con claridad dónde estaba la frontera entre el socialismo y la “libertad”, entre la “opresión” y las oportunidades, y otras frases retóricas más ambiciosas que se le puedan ocurrir al amable lector. La verdad es que al caer el muro en Berlín y el régimen soviético en Moscú, simplemente se perpetuó el asunto de Cuba por ser útil a los republicanos en su empeño por controlar el bloque de votantes de la comunidad en Miami; pero ya no tenía Cuba el mismo valor en términos de “la política hacia América Latina”.
En especial, a partir de que México cambió su línea y se volvió crítico de un régimen que ha permanecido décadas en el poder. Fueron las estridencias de Hugo Chávez, el regreso de los sandinistas, el ascenso de la izquierda en Brasil y Argentina, y los errores de Estados Unidos, los responsables de que la Cuba revolucionaria recobrara por momentos su glamour. Aunque demasiado tarde para tener de nuevo el impacto de antaño, más allá de las elucubraciones de algunos medios e intelectuales cincuenteros.
Como en Irak, en este escenario el tema de la Cuba de Fidel simplemente ya pasó. Las habilidades políticas de Raúl y su gobierno, y las de los demócratas de regreso en el poder, serán determinantes para hacer realidad lo que nadie pensó que podría ocurrir. Pero, vamos, en eso los cubanos han sido siempre los expertos.
Coordinador de asesores del secretario de Turismo
