Europa y México

Eugenio Anguiano

El verano de 2007 comenzó en Europa con una feroz ola de calor en el sur del viejo continente, la que hasta fines de julio había causado la muerte de cientos de personas, en tanto en Gran Bretaña lluvias torrenciales provocaban el desborde de ríos importantes como el Támesis en su parte alta, al suroeste de Londres, y con ello las peores inundaciones de los últimos 60 años en este rico país.
Me tocó en suerte experimentar desde esa ciudad y en Cataluña una probadita de tales extremos climáticos —por una parte lluvias interminables y ausencia de verano, lo cual deprime a muchos ingleses, y por la otra el infernal verano que azota a Italia, Austria, Bulgaria y otros países de Europa central, hasta Grecia— y, curiosamente, ello me llevó a pensar en mi propio país, pero no en su clima, sino en su situación al arrancar el siglo XXI, comparada con la de las naciones de Europa.

En su film épico Novecento (que creo recordar en México conocimos como Europa 1900), Bernardo Bertolucci describe, con acierto y genialidad artística, la atmósfera prevaleciente en Europa entre dos eras que se concatenan a través de la historia de dos vidas en Italia, actuadas por Gérard Depardieu y Robert de Niro, y que arranca con el año de la muerte de Giuseppe Verdi (1901) hasta llegar al de la liberación de Italia (1945). Medio siglo de turbulencias sociales y políticas europeas con episodios extremos como revoluciones, dos guerras mundiales y holocausto.

México en la primera mitad del siglo XX también experimentó profundos cambios, a partir de una paz social que se respiraba en 1907 y se suponía inquebrantable, que fue rota por una sangrienta revolución, seguida de intentos de modernización del país.

Como parte de la generación de 1938, mi niñez, formación y buena parte de mi vida adulta transcurrieron durante la segunda mitad del siglo pasado, dominada por el fenómeno de la guerra fría. En junio de 1967 viajé por primera vez a Londres, y por tanto a Europa no obstante la insularidad británica. Son 40 años entre una y otra de esas dos breves vivencias veraniegas en dicha capital, que estuvieron cargados de cambios de todo tipo en Europa y en México; desgraciadamente para nosotros, el signo de los mismos en México no ha sido el que yo, y seguramente muchos otros, vislumbrábamos.

En aquellos no tan lejanos años 60, el horizonte de un joven profesionista mexicano parecía promisorio y cuajado de oportunidades de trabajo y progreso, de manera tal que muy pocos pensaban en emigrar, sino solamente en hacer estudios de posgrado en el extranjero, a fin de ganar conocimiento y prestigio y después volver al país. Por su parte, Europa estaba dividida en los bloques occidental y oriental, y aunque ya existía el Tratado de Roma para la formación de una comunidad europea entre seis países, la culminación de la misma se antojaba utópica.

Uno tenía la sensación, probablemente infundada, de que el México de entonces estaba acortando la brecha que lo separaba de los países de Europa occidental, y que el nivel de vida de la clase media mexicana era igual o superior al de los europeos del Mediterráneo; se creía pues que, de continuar el ritmo de crecimiento económico mexicano, con la mera extrapolación de tendencias México rebasaría a muchos países europeos, exceptuando a los nórdicos y a los más ricos (Gran Bretaña, Alemania y Francia).

En 2007, las cosas distan mucho de ser las que preveíamos tanto para México como para Europa. En nuestro país la única tendencia ascendente que se mantuvo fue la demográfica; la población del país se cuadruplicó, al pasar de 25.8 millones de personas en 1950 a 103.3 millones en 2005.

Todos los demás indicadores importantes registraron estancamiento o abierta regresión, y el país tiene ahora más de 40 millones de pobres, una mayor concentración de la riqueza de la que había en 1967 y, el último dato fatal, de la gran bonanza petrolera de fines de los 70 hoy tenemos reservas probadas de crudo que, de continuar el actual ritmo de explotación, apenas durarán unos siete años. Lo más grave es que ni los dirigentes ni la sociedad parecemos tener un proyecto claro de nación.

En Europa las tendencias fueron de menos a más; la desintegración de los regímenes comunistas ocurrió sin que mediaran guerras o revoluciones internas, y hoy la Unión Europea, a pesar de sus imperfecciones, es una asombrosa realidad que cubre a 27 naciones. El caso quizá más impresionante es el de España, que salió de 40 años de franquismo y oscurantismo para incorporarse de lleno a la Europa de allende los Pirineos y volverse una pujante democracia, en la que la pobreza extrema ha desaparecido y donde predomina la clase media.

O sea, en vez de que disminuyera la brecha que separaba a México de Europa en cuanto a nivel de desarrollo, ésta se ha ampliado, no tanto porque ese continente haya crecido espectacularmente, sino porque nos hemos rezagado. Reflexiones veraniegas, tristes pero reales.

Profesor investigador de El Colegio de México

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