Salud y dispersión poblacional

Rodolfo Echeverría Ruiz

La educación y la salud integran una fórmula sin cuyo eficiente funcionamiento resulta inalcanzable el desarrollo nacional. Toda política pública modernizadora —y justiciera— debería girar en torno de esos dos ejes, imprescindibles para conseguir los objetivos básicos de la cohesión nacional. Sin esta última la democracia es sueño o mentira, juego de minorías, anhelo decapitado.
La multiplicación de comunidades caracterizadas por su minúsculo tamaño y sus escasísimos habitantes, miles de esos puntos situados con frecuencia en lugares inverosímiles de nuestra escarpada orografía, dificulta los esfuerzos económicos y humanos destinados a combatir los contumaces vestigios del analfabetismo, la inextinguible desnutrición, los graves problemas de la sanidad pública: pesadísimos fardos capaces de lastrar el vuelo del país y de configurar los elementos de la más trágica y humillante injusticia social.

El ya de suyo insuficiente gasto público se esteriliza cuando es menester distribuirlo —iba a decir pulverizarlo— en la inmensa cantidad de pequeñísimos asentamientos desperdigados en nuestra vasta geografía. Así se anula la heroica batalla de los recursos destinados a prevenir enfermedades, evitar epidemias y resolver los enormes desafíos lanzados por una terca realidad empeñada en poner a prueba las cada día menos eficaces fuerzas gubernativas responsabilizadas de ofrecer condiciones mínimas aptas para preservar la salud de los mexicanos.

No obstante, debemos reconocer los éxitos de nuestro Sistema Nacional de Salud alcanzados a lo largo de varios sexenios eslabonados en la ardua tarea de dar continuidad a un programa bien concebido y ejecutado a pesar de las estrecheces presupuestales padecidas. Se ha insistido en los aciertos y se han rectificado los errores y, de ese modo, se ha construido una modesta pero notable cadena de logros en la guerra victoriosa contra las muchas enfermedades y epidemias que asolaron y desolaron a nuestro país durante mucho tiempo. Todos esos avances se han realizado a pesar de nuestra extrema dispersión demográfica. El país entero debe reconocer los esfuerzos titánicos de los equipos de salud con los que ha contado nuestro país durante varios sexenios.

En lo general —y al lado de innegables deficiencias en los servicios sanitarios— nuestro país ha experimentado conquistas espectaculares en lo concerniente a lo más importante de la medicina social. En el campo de las especialidades contamos con una red hospitalaria pública dotada de alta calidad científica y profesional. Médicos, paramédicos y personal capacitado para atender a la mayoría de las ingentes necesidades nacionales en materia de salud, protagonizan de manera cotidiana miles de esfuerzos exitosos no siempre difundidos de manera pronta y eficaz. Suele informársenos, sólo, acerca de los no poco conflictos institucionales y de las muchas quejas cotidianas de los pacientes y de sus familiares.

En Chiapas existen 24 mil comunidades. En 16 mil de ellas vive, en cada una, un promedio calculado en 2 mil personas. ¿Es posible atender con servicios de salud eficientes, escuelas decorosas, infraestructura mínima, a ese número tan elevado de comunidades diseminadas en la complejísima geografía regional?

Hemos alcanzado grados apreciables en lo concerniente al desarrollo de la democracia política formal, pero exhibimos profundos desajustes y la exclusión de millones de mexicanos situados al margen de los bienes sociales y culturales indispensables. Vivimos, a pesar de sus notables deformaciones, una aceptable democracia política, pero la inmensa mayoría de nuestro pueblo se encuentra a años luz de los elementos básicos conformadores de la llamada democracia social. Entre los factores determinantes de esa atroz desigualdad se encuentran los innúmeros problemas derivados de la dispersión poblacional. Es imprescindible redensificar a nuestro vasto territorio.

Analista político

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