La educación: la gran transformación que Chiapas no puede seguir esperando

Marco Tulio Carrascosa

Existen decisiones que transforman una generación y otras que cambian el destino de una civilización. Apostar por la educación pertenece a la segunda categoría.
La historia del desarrollo económico demuestra que ninguna nación ha alcanzado niveles sostenidos de prosperidad, competitividad e innovación sin haber colocado a la educación como el eje rector de su proyecto de Estado. Antes de construir grandes industrias, construyeron conocimiento. Antes de liderar mercados internacionales, formaron capital humano. Antes de conquistar la economía del conocimiento, sembraron las bases de una cultura educativa orientada a la excelencia.
Esa es la gran lección que Chiapas debe comprender.
Nuestro estado posee una riqueza natural extraordinaria, una identidad cultural única, una posición geográfica estratégica y una población predominantemente joven. Sin embargo, esas fortalezas no serán suficientes mientras la educación continúe rezagada frente a los desafíos del siglo XXI.
Hoy, el principal recurso estratégico ya no es el petróleo, la tierra o los minerales.
Es el talento.
Y el talento solamente florece cuando existe una educación de calidad.
Los países que hoy encabezan los índices de competitividad mundial entendieron esta realidad hace décadas.
Estados Unidos consolidó buena parte de su liderazgo internacional mediante un modelo educativo que vincula la investigación científica, las universidades, la innovación tecnológica y el sector productivo. Silicon Valley no nació por casualidad; es el resultado de generaciones de inversión en educación, ciencia y emprendimiento.
Corea del Sur constituye quizá el ejemplo más extraordinario del último siglo. Después de la devastación provocada por la guerra, decidió convertir la educación en el centro de su política pública. Apostó por la disciplina académica, la formación docente, la ciencia, la ingeniería y la innovación. El resultado fue la transformación de un país con escasos recursos naturales en una de las economías más competitivas, tecnológicas e innovadoras del planeta.
Inglaterra, por su parte, ha consolidado una tradición educativa basada en la excelencia académica, la investigación, el pensamiento crítico y el fortalecimiento permanente de sus instituciones. Sus universidades continúan siendo referentes mundiales porque comprendieron que el conocimiento constituye la mayor riqueza de una nación.
Todas estas experiencias internacionales convergen en una misma conclusión:
La educación no representa un gasto público; constituye la inversión social con mayor rentabilidad para el desarrollo de un país.
Frente a esa realidad, Chiapas enfrenta un desafío histórico que ya no admite postergaciones.
Diversos indicadores oficiales ubican de manera recurrente a nuestra entidad entre las que presentan los mayores niveles de analfabetismo y rezago educativo del país, además de enfrentar importantes desafíos en materia de desnutrición infantil y pobreza. Estas condiciones limitan el aprendizaje, reducen la movilidad social, disminuyen la productividad y perpetúan ciclos de desigualdad que frenan el desarrollo de generaciones enteras.
No podemos aspirar a competir con las economías más desarrolladas mientras miles de niñas y niños inicien su vida escolar enfrentando condiciones de desnutrición o mientras cientos de miles de chiapanecos continúen sin acceso pleno a una educación de calidad.
La educación de excelencia comienza mucho antes del primer día de clases.
Comienza con una adecuada nutrición, con familias fortalecidas, con comunidades seguras, con docentes altamente capacitados, con escuelas dignas y con una sociedad que valore el conocimiento como el principal instrumento de transformación.
Por ello, el debate educativo no puede limitarse exclusivamente a los programas escolares.
Debe convertirse en un auténtico proyecto de Estado.
La Secretaría de Educación tiene la enorme responsabilidad de impulsar un modelo pedagógico orientado a la excelencia, fortalecer la capacitación permanente del magisterio, incorporar tecnologías educativas, fomentar el aprendizaje del inglés desde edades tempranas, desarrollar competencias digitales, fortalecer la enseñanza de las ciencias, las matemáticas, la inteligencia artificial, la robótica, el emprendimiento y el pensamiento crítico.
Pero ninguna transformación educativa será sostenible si pretende descansar únicamente en las instituciones gubernamentales.
Las grandes transformaciones de la historia siempre han sido producto de la corresponsabilidad.
La familia educa.
La escuela forma.
La sociedad acompaña.
Y las iglesias también pueden convertirse en un aliado estratégico para el desarrollo humano.
En miles de comunidades chiapanecas, las iglesias realizan diariamente una labor de formación en valores, fortalecimiento familiar, prevención de adicciones, atención comunitaria y reconstrucción del tejido social. Esa presencia territorial puede convertirse en un extraordinario complemento para fortalecer la cultura educativa, promover la lectura, combatir la deserción escolar e impulsar proyectos comunitarios de alfabetización, siempre dentro del respeto al marco jurídico y a la libertad religiosa.
Gobierno e iglesias no están llamados a competir.
Están llamados a colaborar en aquello que beneficia a toda sociedad: la formación integral de la persona, la promoción de la cultura de la paz, el fortalecimiento de la familia, el combate al analfabetismo, la prevención de la violencia y la construcción de comunidades más fuertes.
Cuando la sociedad civil organizada, las universidades, el sector empresarial, las iglesias y el gobierno trabajan en una misma dirección, los resultados trascienden los periodos administrativos y se convierten en patrimonio permanente para las nuevas generaciones.
Chiapas necesita un Gran Acuerdo Estatal por la Educación.
Un acuerdo que trascienda partidos políticos, ideologías e intereses particulares.
Un acuerdo que coloque a la niñez y a la juventud como la prioridad absoluta del desarrollo estatal.
Porque el futuro de Chiapas no se decidirá únicamente en las próximas elecciones.
Se decidirá todos los días dentro de cada salón de clases, en cada biblioteca, en cada hogar y en cada comunidad donde un niño descubra que el conocimiento puede cambiar su destino.
La verdadera transformación de Chiapas no comenzará con el edificio más alto ni con la carretera más moderna.
Comenzará cuando logremos que cada niña y cada niño tengan acceso a una educación de excelencia que les permita competir con cualquier ciudadano del mundo.
Ese es el gran desafío de nuestra generación.
Y también puede convertirse en su mayor legado.
Como afirmó Jaime Torres Bodet:
“No hay problema social que no rescate como raíz recóndita la ignorancia.”
La vigencia de esta reflexión es innegable. Combatir el analfabetismo, reducir el rezago educativo y erradicar la desnutrición infantil no es únicamente una meta gubernamental; es una responsabilidad compartida entre familias, escuelas, universidades, iglesias, empresas y sociedad civil. La educación sigue siendo la herramienta más poderosa para romper el ciclo de la pobreza, impulsar la innovación, fortalecer la democracia y construir una sociedad más justa.
Gobierno, sociedad, universidades, empresarios, familias e iglesias: unidos podemos construir un Chiapas donde la educación sea el fundamento de la prosperidad, la justicia social y el desarrollo sostenible. El futuro de nuestro estado comienza en cada aula.

Continuará… ✒️

¡Comparte la nota!