Responder ante la tragedia

Miguel Carbonell

Ante las catástrofes que han asolado varios estados de la República es natural que se busquen culpables y se intente determinar posibles omisiones de gobiernos anteriores. Esa determinación es esencial para evitar que la corrupción y la negligencia sigan siendo rasgos característicos de la acción de nuestros gobernantes. Pero hay una dimensión quizá más general sobre la que también conviene reflexionar a la luz de las calamidades que se han vivido en las últimas semanas. Me refiero a la capacidad del Estado mexicano, en todos sus niveles de gobierno, para responder ante las tragedias.
La sociedad mexicana recuerda con orgullo la solidaridad ciudadana durante los sismos de 1985. Ya desde entonces muchos se preguntaban dónde estaba el gobierno y qué hacían las autoridades para remediar la tragedia de miles de habitantes del Distrito Federal. Son las mismas preguntas que más de 20 años después se deben estar haciendo los habitantes de Tabasco y de Chiapas.

No sirve de nada saber que en Nueva Orleáns el gobierno de Estados Unidos tardó varios días en enviar ayuda a los afectados por el huracán Katrina. Varios periodistas entonces señalaron la paradoja de que el país más poderoso del mundo era capaz de enviar soldados a Irak con mayor rapidez que llevar ayuda humanitaria a una gran ciudad dentro de su propio territorio. Y si eso pasaba en Estados Unidos, ¿qué podríamos esperar de nuestras propias autoridades?

Lo cierto es que, frente a la imagen idílica de un gobierno autoritario, que controla todos los resquicios del poder dentro de la comunidad y que cuenta con todos los medios para hacerse presente, la fuerza real de los gobiernos federal y locales de México son muy menores. Lo hemos visto en Tabasco y en Chiapas, pero igualmente nos podríamos preguntar qué pasaría si el DF sufriera una inundación masiva de aguas negras. ¿Sería mucho más eficaz la ayuda? ¿Tendría la capital del país una adecuada capacidad de respuesta?

Todo esto nos lleva a pensar en el tipo de gobierno que necesitamos y en las capacidades que deseamos que sea capaz de desarrollar. Si queremos un gobierno eficaz, un gobierno que nos ofrezca resultados, debemos ser capaces de generar la estructura institucional y jurídica necesarias, pero además debemos darle al gobierno los recursos necesarios para que pueda actuar. Un gobierno sin recursos es solamente una buena esperanza, una veladora prendida en medio de la noche, pero no un remedio idóneo frente a una tragedia de las proporciones de las que hemos visto en las últimas semanas.

Debemos reconocer, sin embargo, que sí hay dependencias del Estado mexicano que funcionan a niveles de excelencia. Es el caso de la Comisión Federal de Electricidad. Durante los huracanes que azotaron en años pasados al estado de Quintana Roo y sobre todo a la ciudad de Cancún, los primeros servicios en restablecerse fueron los que dependían de la CFE.

Dos días después del paso de Emily y de Wilma, los postes de la luz estaban ya levantados y las torres eléctricas fueron reconstruidas a gran velocidad. Cuando las autoridades municipales ni siquiera habían podido barrer las calles los ciudadanos ya tenían luz en sus casas. ¿Por qué no todas las autoridades pueden desempeñarse con ese nivel de eficacia? ¿Por qué en ciertos niveles de gobierno siguen prevaleciendo la rapiña oficial en el uso de recursos de protección civil y el aprovechamiento partidista de los víveres donados por la solidaridad nacional e internacional?

Las tragedias naturales que han azotado el territorio nacional nos brindan una oportunidad para volver la vista hacia atrás y examinar la gestión de los gobernantes que no han querido o no han sabido ejercer sus atribuciones. Pero también nos permiten pensar en el modelo de gestión pública que queremos, a fin de contar con órganos gubernamentales que sean capaces de enfrentarse a las calamidades y que sepan de qué manera atender las necesidades más apremiantes de la población. Por lo pronto, debemos tener clara la necesidad de que las autoridades, pasadas y presentes, rindan cuentas por su gestión. De otra manera nos seguiremos conformando con puras promesas, como las que hemos visto durante tantos y tantos años.

www.miguelcarbonell.com

Investigador en el IIJ-UNAM

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