Rodolfo De la Torre
Sería injusto calificar de fracaso la gestión del saliente rector de la UNAM, Juan Ramón de la Fuente, por haber caído la institución que dirige 119 lugares en el ordenamiento mundial de universidades en el último año. Un cambio metodológico del índice de desempeño de las instituciones de educación superior, y no un desastre educativo, ha puesto a esta casa de estudios lejos de los lugares que ocupó, pasando del lugar 74 al 192.
Sin embargo, también sería inadecuado considerar un rotundo éxito su administración pensando que deja a su heredero, José Narro, una UNAM que al menos se encuentra entre las 200 mejores universidades del mundo y en el tercer lugar de América Latina, pues la propia metodología que da el ordenamiento oculta información importante.
El índice publicado por el periódico británico The Times ha colocado este año a la UNAM en un lugar menos prominente al contar con mayor información de la productividad académica de las universidades. Así, esta institución obtiene la segunda calificación más baja en producción científica por académico de las 200 mejores universidades del planeta. Lo anterior ha significado que dos instituciones brasileñas hayan desbancado a nuestra casa de estudios como la mejor de América Latina. Sin embargo, independientemente del nivel que se obtenga en el índice, debe resaltarse que éste deja a un lado la desigualdad que caracteriza a la UNAM, y que es reflejo de lo que ocurre en el resto de la educación superior y en el país entero en diferentes ámbitos.
De forma similar a lo que ocurre con el Índice de Desarrollo Humano, que pone a nuestro país dentro del grupo de naciones más desarrolladas, el índice de The Times coloca a la UNAM como la mejor universidad de habla hispana, pero esto sería distinto si se considerara la desigualdad interna.
Así, por ejemplo, mientras que nuestra institución tiene una calificación de 78 de 100 puntos en cuanto a opinión favorable de los empleadores respecto a sus egresados, apenas alcanza 13 puntos en la misma escala respecto a la atracción de estudiantes extranjeros. Esta distancia de 65 puntos entre el mejor y el peor aspecto de la institución es mucho menor en la Universidad de Barcelona, sólo superada por dos décimas de punto por la UNAM. En otras palabras, hay un mejor balance académico en la primera que en la última.
Más ilustrativo de la heterogeneidad de nuestra Universidad son las diferencias entre sus disciplinas académicas. La UNAM aparece en los primeros 100 lugares de la clasificación mundial en ciencias naturales y de la vida, biomedicina, ingenierías y tecnología de la información, pero el no tan buen desempeño de las humanidades, artes y ciencias sociales arrastra a la UNAM casi al lugar 200. Lo anterior no significa que el nivel académico de sus filósofos, artistas y pensadores económicos, entre otros, sea un lastre para la institución, sino tan sólo que ahí se encuentra una amplia oportunidad de mejora respecto a otras áreas universitarias. Por supuesto que, en el caso de la educación superior en general, el mayor reto es alcanzar en otras instituciones lo que la UNAM ha logrado en sus campos de excelencia.
Sólo podemos imaginar la distancia que existe entre nuestra máxima casa de estudios y la que sería la mínima casa de estudios del país, pero bien podría ser la misma que hay entre la delegación Benito Juárez y el municipio de Metlatónoc, extremos del desarrollo humano nacional. Cerrar esta brecha es crucial si no queremos perpetuar la desigualdad por las diferencias en la calidad educativa.
Hacerlo no necesariamente significa gastar más, pues de acuerdo con la OCDE, dirigida por un distinguido ex alumno de la UNAM, en ciertas circunstancias es factible alcanzar un muy buen desempeño con un gasto público modesto, como en Corea del Sur, o sin altos subsidios a las colegiaturas, como en casi todos los países de esta organización. Sin embargo, puede requerirse gastar más y habrá que hacerlo con equidad.
Por ejemplo, la UNAM absorbe cerca de la tercera parte del total de subsidios dedicados a instituciones públicas de educación superior mientras que su matrícula alcanza un poco más de 15% del total de las universidades federales y estatales, según datos del Centro de Estudios Sociales y de Opinión Pública de la Cámara de Diputados (Series sobre educación superior número 2).
Según esta misma fuente, el subsidio por alumno en la UNAM suele ser el doble que el promedio del país y más de siete veces que el de la universidad menos favorecida presupuestalmente. Lo que más preocupa, sin embargo, es que de acuerdo a los análisis del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), institución pública, un tercio del gasto federal en educación superior beneficia a 10% de los hogares más ricos.
La evaluación final del rectorado que termina está en manos de los universitarios, pero la necesidad de una educación superior más equitativa debe estar en la agenda de todos.
rodolfo.delatorre@prodigy.net.mx
Director de la Oficina del Informe Nacional de Desarrollo Humano
