Ramón Cota Meza
Cuando los despojos de la crisis actual sean recogidos, quedará un solo villano: la desregulación financiera, de la que nadie es responsable, pues se impuso por sí misma, y ahora se desvanece en el aire. Uno a uno, los gobiernos se fueron plegando a ella según sus propias urgencias. Desregulación financiera significa que las grandes finanzas imponen sus reglas al mercado, de modo que pueden desfondar sus propios bolsillos, calculando ser rescatadas luego con cargo al Estado. Tal es la situación actual.
Fenómenos similares ocurrieron entre el último tercio del siglo XIX y principios del XX, época de crisis financieras recurrentes y gobiernos zalameros. Ante esta situación, el presidente Woodrow Wilson creó la Reserva Federal en 1913, la cual, no obstante, fue incapaz de impedir la Gran Depresión de 1929. Con base en esta experiencia, Roosevelt impuso en los años 30 una estricta regulación para contener la tendencia de los bancos a pasarse de la raya.
Aunque las leyes de Roosevelt no fueron derogadas sino hasta los 90, la banca había empezado a desbordarlas desde la posguerra, en el contexto de la reconstrucción de Europa. Hacia fines de los 50, los bancos de la reconstrucción habían acumulado flujos de caja no declarados al fisco de Estados Unidos. Así nació el eurodólar, flujos de capital no regulado en busca de inversiones redituables. Los primeros destinos de estas inversiones fueron Grecia y Turquía en los 60.
El eurodólar se exorbitó en los 70 por la afluencia de petrodólares. “Populistas” de Estados Unidos apelaron al Senado para regular el fenómeno, pero los bancos se adelantaron, ofreciendo crédito fácil a todo país soberano dispuesto a tomarlo. “Soberanizar” el eurodólar fue la vía más segura de evadir su fiscalización por Estados Unidos. Así se formó el mercado de la “deuda soberana”, reventado por la Fed con alta tasa de interés en los 80 por la inflación que había desatado.
Los tratados comerciales de los 90 son secuelas de esta crisis. El arreglo fue que el Tesoro de Estados Unidos asumiera las obligaciones de los países deudores a cambio de que éstos se abrieran a la inversión extranjera a fin de aumentar sus exportaciones y divisas para redimir sus deudas. El modelo fue el TLC con México. El éxito de esta operación legitimó a la banca desregulada, que así pudo establecer su modus operandi en el mercado de Estados Unidos.
Las hipotecas subprime son análogas a los créditos soberanos del tercer mundo en los 70: créditos indiferentes a la solvencia del deudor, la cual pasan por alto porque la desregulación permite convertir obligaciones en activos, los cuales son luego comercializados como riqueza real. A partir de esta ficción, los actores financieros extienden tarjetas de crédito al deudor para que gaste contra su propia deuda, mientras las aseguradoras de crédito toman esta masa como activos reales.
Mediante cálculos estilizados, los falsos activos son empaquetados con valores buenos y malos en “vehículos financieros” que alcanzan todos los rincones de la economía mundial. Así es que ahora nadie puede distinguir el crédito bueno del crédito malo. Esto explica la volatilidad bursátil: los inversionistas no pueden estimar el valor de los activos que traen entre manos ni saben dónde invertirlos, si es que no se están mordiendo la cola de sus propios malabares financieros.
En suma, la crisis en curso fue gestada por el mercado del eurodólar, circuito que ningún genio maligno concibió; fue engendrado por las consecuencias de la guerra. Y como todas las circunstancias engendradas por la guerra, ha creado una ideología reacia a los hechos elementales, ideología que inhibe la iniciativa política a pugnar por nuevas reglas financieras mundiales.
En un artículo estupendo, George Soros, financiero, filósofo, estadista sin Estado, aborda la crisis actual a partir de la desregulación financiera y los demonios que ha desatado; expone su noción de “reflexividad” o escalada de expectativas que se alimentan unas a otras (mimetismo), pero no abunda en la historia del eurodólar (“The worst market crisis in 60 years”, Financial Times, 22/01/08). Nuestro artículo se propone suministrar un poco de información histórica a su idea.
blascota@prodigy.net.mx
Analista político
