Punto de Vista

Mario Tassías

Y si en lugar de criticarlos y tomar posiciones, por qué no dejar que hagan de su vida, lo que mejor les convenga. Si en vez de denostarlos, la sociedad asume que la vida es una constante sorpresa, y que por ley en nuestro país está prohibida “… toda discriminación… que atente contra la dignidad humana y tenga por objeto anular o menoscabar los derechos y libertades de las personas”, el asunto de la constitucionalidad de la adopción de niños por parejas del mismo sexo, debería conciliar intereses para la convivencia social.

Por supuesto que la decisión de la Suprema Corte de Justicia de la Nación representa un revés para quienes se oponen y un nuevo logro para quienes promueven que parejas de hombres y de mujeres puedan adoptar sin discriminación y desigualdad para garantizar el interés superior del adoptado. “Adoptar un hijo no puede estar sujeto a cuestiones de género, sino del amor, la educación y el compromiso de las personas sin importar su credo o preferencia sexual”, ha dictado la magistrada Margarita Luna Ramos, originaria de San Cristóbal de Las Casas.

El tiempo dejó atrás la teoría. En la actualidad, la integración de las familias -nuclear, monoparental, extensa e, incluso, homoparental-, no siempre derivan del matrimonio. No obstante todas, deben ser protegidas por la constitución. Un artículo enmendado del Diccionario de la Real Academia Española en avance de la vigésima tercera edición define familia como: “Grupo de personas emparentadas entre sí que viven juntas. Conjunto de ascendientes, descendientes, colaterales y afines de un linaje. Conjunto de personas que comparten alguna condición, opinión o tendencia. Grupo de personas relacionadas por amistad o trato. Conjunto de criados de alguien, aunque no vivan dentro de su casa” y esta definición ya no corresponde a la tesis tradicional.

La discusión del tema de la adopción, ha provocado criterios encontrados muchos de los cuales, son diametralmente opuestos. Los extremos se apuntan. Desde los que ya promueven juicios políticos “con legisladores con pantalones” en contra de los ministros de la Corte, porque han vulnerado, lacerado y restringido los derechos de los menores de edad, hasta aquellos que celebran con júbilo la decisión.

En su dictamen la Suprema Corte de Justicia de la Nación no admite que la orientación sexual de una persona o de una pareja, le reste valor como ser humano o familia y, por tanto, lo degrade a considerarlo, por ese hecho, como nocivo para el desarrollo de un menor.

La opinión técnica de los especialistas de la Universidad Nacional Autónoma de México señala que: “No existe ninguna base para afirmar que los hogares o familias homoparentales posean un factor anómalo que redunde directamente en una mala crianza. Quien crea lo contrario, está obligado a mostrar evidencias de ello. (…) nadie en el mundo, ha presentado tales evidencias empíricas, con estudios serios y metodológicamente bien fundados. La carga de la prueba está en quienes sostienen, pre juiciosamente, que una pareja homosexual no es igual o es peor para la salud y el bienestar de los menores que una pareja heterosexual. En realidad, quienes tienen esa creencia hace una generalización inconsistente, a partir de algún dato particular o anecdótico y lo elevan a una característica de todo un grupo social. Estas generalizaciones inconsistentes se llaman estereotipos y éstos, a su vez, son la base cognitiva errónea de los prejuicios sociales y de la intolerancia”.

Y agrega: “No existen razones objetivas, ni científicamente fundadas, para conjeturar riesgos para los menores criados y/o adoptados por parejas homosexuales. En comparación general con las parejas heterosexuales, no hay diferencias significativas en los efectos psico-sociales para los niños (as). El interés superior de los menores consiste en su bienestar físico-mental, así como en el derecho a tener una familia o ser reintegrados en una familia cuando carecen de ella. Tanto las familias heteroparentales como las homoparentales pueden ofrecer las condiciones adecuadas para criar, cuidar y educar a niños (as) huérfanos o abandonados”.

Entonces por qué no dejar que ellos y ellas acomoden sus vidas conforme a sus preferencias. Al final no es la carne o la sangre lo que nos hace padres o hijos, es el corazón el que tiene razones que la razón ignora.

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