Nueve años después

Esteban Moctezuma Barragán

Un grave defecto de la clase política de nuestro país es que las ideas y los proyectos tardan demasiado en convertirse en realidad. Recuerdo que cuando trabajé en la Secretaría de la Presidencia, se hablaba reiteradamente de la conveniencia de incorporar el IVA a nuestro sistema fiscal. Pasaron cerca de 10 años para que se tomara la decisión de gravar el consumo para favorecer la inversión y simplificar la recaudación.
También fui testigo, hace dos décadas, de la propuesta del gobernador de Tabasco, Leandro Rovirosa, de construir una obra hidráulica para evitar las inundaciones. O de la propuesta de Jesús Reyes Heroles, en 1982, para descentralizar la educación, misma que se realizó 10 años después.

Ahora resulta que nueve años después de que se propuso por primera vez la iniciativa para que los políticos no utilizaran el presupuesto para construir su imagen personal a través de spots publicitarios, se acaba de traducir en ley dicha idea.

Si en su momento se hubiera analizado con madurez la iniciativa presentada al Senado de la República en 1998, para dar el mismo tratamiento a la propaganda electrónica que a la utilizada en la obra pública, nos hubiéramos evitado los costosos spots de publicidad que pagaron con el erario de sus gobernados los gobernadores de Guanajuato, Vicente Fox; de Tabasco, Roberto Madrazo, y de Puebla, Manuel Bartlett, los tres para buscar la candidatura de sus partidos a la Presidencia de la República.

También nos hubiéramos evitado un sexenio de autoelogios, con un sinnúmero de spots del gobierno federal, de 2000 a 2006.

Tampoco es ético que, en ocasiones, se haya pagado más por anunciar una acción que lo que se había invertido en ella. Resulta increíble, pero sucedió con algunos gobernantes, que gastaron más en promover su imagen por alguna obra o programa, que lo que habían invertido en ello.

En 1998, la iniciativa presentada para evitar lo anterior era muy clara: si la Ley de Obra Pública no permitía que se inscribiera el nombre del gobernante en turno en una placa colocada en una obra realizada con recursos federales, en donde se le atribuyera el mérito de esa obra al presidente o al gobernador en turno, ese mismo criterio debería imperar también en publicidad electrónica.

Ahora bien, el problema no se limita exclusivamente al gasto en publicidad política. Algo mucho más grave es el hecho de la banalización del mensaje político. No se puede promover una idea política como si fuera un detergente. No se puede simplificar un programa político a una buena frase o eslogan. Pero se ha hecho en los últimos años.

El resultado ha sido la degradación de la política a su contenido publicitario. La falta de análisis o discusión política de fondo, el triunfo de muchos candidatos a presidencias municipales, gubernaturas o la misma Presidencia, gracias al criterio de publicistas políticos más que de verdaderos servidores públicos, expertos u hombres de Estado.

Igualmente, que no se discuta en lo más mínimo el compromiso por evitar la banalización de la política y de trabajar por difundir propuestas de fondo. México merece construirse con base en la discusión de las ideas y no del culto a las personalidades.

Sin duda es bienvenida la idea de evitar que se lucre, por parte de los gobernantes, con la obra pública que se construye con los recursos de los gobernados. Lo lamentable es que se haya resuelto el problema del financiamiento de los spots expropiando aire y audiencia a los medios electrónicos, sin haber bajado, en la misma proporción, el gasto a los partidos políticos.

Presidente de Fundación Azteca

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