Pocas cosas resultan tan contradictorias dentro del cristianismo contemporáneo como la proliferación indiscriminada de hombres que se autoproclaman apóstoles.
En América Latina, en México y también en Chiapas, pareciera que el apostolado se ha convertido en una especie de ascenso corporativo dentro de la estructura religiosa.
Primero se es líder.
Luego, pastor.
Después, pastor principal.
Más tarde, obispo o presbítero
Y finalmente, apóstol.
Como si los ministerios bíblicos fueran grados militares o escalones de una carrera profesional.
Lo más sorprendente es que algunos han reducido el apostolado a una simple métrica de crecimiento organizacional.
Existen apóstoles ridículos que piensan que ser apóstol consiste en tener tres, cinco o diez congregaciones bajo su influencia.
Como si la autoridad apostólica pudiera medirse por el número de iglesias afiliadas.
Como si la grandeza espiritual dependiera de una estructura organizacional.
Como si el Reino de Dios funcionara como una franquicia religiosa.
Nada de eso aparece en las Escrituras.
Los apóstoles del Nuevo Testamento no fueron reconocidos por la cantidad de congregaciones que controlaban.
Fueron reconocidos porque fueron escogidos directamente por Jesucristo y porque desempeñaron una función única e irrepetible en la fundación de la Iglesia.
La obsesión moderna por acumular iglesias, plataformas, seguidores y reconocimiento ministerial revela una profunda confusión entre liderazgo espiritual y poder institucional.
El verdadero liderazgo cristiano nunca se trató de cuántas personas están bajo tu autoridad.
Se trató de cuánto reflejas el carácter de Jesús.
La pregunta entonces es sencilla:
¿Dónde aparecen estos apóstoles modernos en la Biblia?
La respuesta es contundente.
No aparecen.
La figura apostólica del Nuevo Testamento no era un cargo administrativo ni una credencial ministerial.
Era una función extraordinaria y fundacional.
Jesús escogió personalmente a sus apóstoles.
Los llamó por nombre.
Los discipuló.
Los envió.
Y sobre ellos estableció el fundamento doctrinal de la Iglesia.
Por eso el libro de Apocalipsis declara:
“Y el muro de la ciudad tenía doce cimientos, y sobre ellos los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero.”
— Apocalipsis 21:14
La imagen es extraordinariamente clara.
Los apóstoles fueron los cimientos.
Y los cimientos solamente se colocan una vez.
Nadie reconstruye continuamente los fundamentos de un edificio terminado.
La Iglesia ya fue fundada.
La doctrina ya fue entregada.
La fe ya fue revelada.
Los apóstoles ya cumplieron su función histórica.
Por ello, numerosos teólogos a lo largo de la historia han sostenido que el apostolado fundacional terminó con aquellos hombres llamados directamente por Jesucristo para establecer la Iglesia primitiva.
Sin embargo, a pesar de la claridad bíblica, algunos continúan apropiándose de un título que jamás les fue conferido por Jesús.
Y aquí aparece un asunto serio.
Muy serio.
Porque no estamos hablando simplemente de una diferencia de opinión.
Estamos hablando de la posibilidad de atribuirse una autoridad espiritual que las Escrituras reservan a hombres específicos dentro de la historia de la redención.
Precisamente por ello el apóstol Pablo escribió:
“Porque éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo.”
— 2 Corintios 11:13
La advertencia no estaba dirigida a paganos.
Estaba dirigida a la Iglesia.
Y sigue siendo vigente.
Porque los falsos apóstoles nunca llegan anunciándose como falsos.
Llegan disfrazados.
Hablan de fe.
Hablan de milagros.
Hablan de unción.
Hablan de avivamiento.
Hablan de autoridad.
Pero terminan construyendo sistemas donde el centro deja de ser Cristo para convertirse en el líder.
Las fotografías giran alrededor de ellos.
Los homenajes giran alrededor de ellos.
Las conferencias giran alrededor de ellos.
Los aniversarios giran alrededor de ellos.
Las celebraciones giran alrededor de ellos.
Mientras tanto, Jesucristo ocupa cada vez menos espacio en las agendas de estas denominaciones mediocres.
Y ahí radica la tragedia.
Porque el verdadero apóstol jamás buscó exaltar su nombre.
Buscó exaltar a Cristo.
Juan el Bautista expresó el principio fundamental del liderazgo espiritual:
“Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe.”
— Juan 3:30
Sin embargo, muchos modelos contemporáneos parecen vivir exactamente lo contrario.
Cristo disminuye.
El líder crece.
La plataforma crece.
La marca personal crece.
La influencia crece.
Los seguidores crecen.
Pero el evangelio se vuelve cada vez más pequeño.
Jesús también dejó una advertencia que debería resonar en cada congregación:
“Por sus frutos los conoceréis.”
— Mateo 7:16
No por sus títulos.
No por sus tarjetas de presentación.
No por sus congresos.
No por sus auditorios.
No por sus redes sociales.
No por las fotografías donde aparecen rodeados de otros supuestos apóstoles.
Por sus frutos.
Y es precisamente ahí donde muchos de estos liderazgos fracasan.
Porque el fruto del Espíritu es humildad.
Es servicio.
Es dominio propio.
Es amor.
Es mansedumbre.
No protagonismo.
No arrogancia.
No culto a la personalidad.
No ambición de poder.
La Iglesia del siglo XXI necesita menos celebridades religiosas ridículas y más siervos.
Menos jerarquías inventadas y más Biblia.
Menos títulos grandilocuentes y más carácter.
Menos hombres buscando ser reconocidos y más hombres dispuestos a desaparecer para que Cristo sea visto.
Ya tenemos el caso evidente del falso apóstol Guillermo Maldonado. Pero por amor al negocio y por ignorancia aun algunos continúan ahí.
Sin embargo, el llamado de Dios es el mismo: Salid de ahí pueblo mío y no seais participes de sus malas obras.
Porque el Reino de Dios no gira alrededor de apóstoles modernos.
Gira alrededor de Jesucristo.
Y cuando Jesús vuelve al centro, toda la falsedad y los ministros falsos caen a tierra. Lo único que permanece ante él es la verdad y lo genuino.
Hasta la próxima… ✒️
