Julián López Amozurrutia
Las peripecias del laicismo intolerante han conocido una nueva pirueta, ahora en Italia.
Ocupa en estos días los primeros lugares de los noticieros en aquel país un episodio lamentable, que terminó con la declinación del papa Benedicto XVI de participar en la sesión inaugural de las actividades académicas de la Universidad La Sapienza, de Roma, a la que había sido invitado por su rector magnífico, Renato Guarini. Ya las reacciones de dicha invitación habían bloqueado que el Papa tuviera una conferencia magistral, reduciéndose su participación a la lectura de una reflexión. Finalmente, la tensión suscitada por un grupo de 67 docentes de Física (menos de 2% de los profesores de la universidad) llevó al Vaticano a considerar que no era conveniente la presencia del pontífice en dicho evento, al cual, sin embargo, enviará el texto que tenía preparado.
El caso hace patente la fuerza que puede alcanzar la intolerancia de una minoría, al grado de ejercer una verdadera dictadura. De hecho, representantes de las más diversas corrientes políticas expresaron su pesar y alarma por lo sucedido, paradójico en grado extremo si consideramos que el mismo centro educativo se enorgullece, y con razón, de ser la universidad más antigua de la urbe, fundada a principios del siglo XIV precisamente por un papa, Bonifacio VIII.
Penoso, además, que sea precisamente una voz que pretende erigirse como científica la que realice el desatino, haciendo que el valor de la laicidad quede gravemente comprometido, convirtiéndose en una ideología totalitaria que aplasta sus propios principios.
Aquí cabe el recuerdo de las célebres palabras de Voltaire, tan repetidas ahora en la nación italiana: “No estoy de acuerdo contigo, pero defendería hasta la muerte tu derecho a expresarte”. Ahora los que acostumbran acusar al Papa de oscurantista ejercen el tipo de presión que suelen criticar. Así, en un ámbito universitario se ha aplicado de hecho, por presiones radicales, la censura, y no a una voz cualquiera. No es menor la observación que se realiza a este propósito de comparar el caso con la situación de la Alemania nazi, cuando se vetó la enseñanza de profesores judíos.
Pero el cuadro presenta aún irónicas sorpresas. Parte de la argumentación de los profesores de Física consistía en la pretendida hostilidad del Papa a Galileo en el estudio de su caso. Nada más ajeno a la realidad. Fue precisamente el cardenal Ratzinger quien influyó en la reivindicación de Galileo por parte de la Iglesia en tiempos de Juan Pablo II. Pero los estereotipos y las lecturas simples de la compleja realidad se imponen: en este mismo debate se han presentado en los medios italianos entrevistas callejeras y estadísticas que muestran que un buen número de estudiantes están convencidos de que Galileo fue quemado en la hoguera por la inquisición.
Lo que los catedráticos de la noble ciencia física argumentaron en su carta al rector era que en una conferencia dada en Parma, Ratzinger habría simpatizado en sus posturas con el anárquico Feyerabend, detractor de Galileo. Lo cierto es que la observación era falsa: en su conferencia, Ratzinger mostraba el ejemplo de Feyerabend y tomaba distancia de él.
¿De dónde salió el error que originó la irracional iracundia? Lo más vergonzoso de la polémica apareció precisamente aquí. Algún comentarista agudo dejó ver que la fuente de los físicos en su equivocación había sido una consulta en internet a Wikipedia, lo que es deseable no recomienden a los alumnos para sus investigaciones científicas. La lectura equivocada del discurso de Parma aparecía ahí, y por cierto acaba de ser corregida.
Del episodio surge una importante advertencia contra la tiranía de la ignorancia o de minorías arrebatadas. La laicidad, como verdadero valor de la cultura contemporánea, no debe pervertir sus principios. Una universidad como La Sapienza no se merece esto, que contradice su nombre, su espíritu y su prestigio.
teyamoz@prodigy.net.mx
Sacerdote y teólogo católico
