Carmen y el dinosaurio

María Teresa Priego

Cuando me desperté Carmen Aristegui ya no estaba allí. En su lugar. En las razones que la obligaron a no estar, en ese espacio del silencio que se le impuso, el inmenso dinosaurio de antes-siempre. Agitaba la cola. Lo reconocimos. Es el mismo. “Esto no se dice”. “Esto no se toca”. Momificado. Pantanoso. Complaciente el dinosaurio. Repletito de intereses, conveniencias, encubrimientos. Poder. No se empacha. “Poderoso caballero es Don Dinero”. “¿Qué omito?” “¿Cómo voto?” “¿A cambio de qué?”
Inspirado el dinosaurio cada vez —eso sí— en el discurso de las inmejorables “razones”: “La línea editorial”. “El interés supremo de la nación”. “La reputación intachable de las Fuerzas Armadas”. “El apego irrestricto a la ley”. “La estabilidad”. “El bienestar de los ancianitos y los campesinos de Puebla”. “La defensa de los verdaderos valores, de la única y verdadera familia, en el único verdadero México”. “La lucha de la Iglesia —¡Oh, mi pequeño rebaño!— contra las fuerzas del mal”.

Al dinosaurio lo guía su discurso de un más allá de él mismo, que lo justifica y lo trasciende. Ni debatir. Ni escuchar de más. Es por nuestro bien. ¿Las víctimas de abusos sexuales de sacerdotes? “Fariseos”. ¿Andrés Manuel? “Demencia senil precoz”. ¿Las palabras de Ernestina Ascencio? “Pero si no se les entiende nada, hablan en lenguas”. “¿Y los que se opusieron a aquella Ley de Medios?”. “Nuestro compromiso con la nación es no dejarlos enteros”. La voz de Marín, sí era la de Marín. “Era, pero no era. Porque no todo lo que es, es”. ¿Y la Corte? “Sí violaron las garantías de Lydia, pero no les dio tiempo de violarla a ella. Con la cantidad de violaciones consumadas que hay en México, que no ande de neurasténica”. ¿Las redes de pederastia? “Qué realidad durísima para las autoridades tailandesas”. Padecemos al animal. Desde que tenemos memoria. Monotemático. Monoteísta. Monocromático. Monolítico. Monopólico. Va por todo. Nuestras neuronas incluidas.

Carmen se despedía. En tantos hogares y transportes. La mañana se quebró. Artera e irreal. “El lunes voy a llevar a Emilio a la escuela”. Una mano —¿cuántas?— cierra la regadera. ¡Súbele! Goteamos. Nuestros espacios de libertad gotean. La Gaitán estrenaba radio. “¿Otro?” “Para escuchar a Carmen en la cocina”. La escuchó. Rossana se salió del periférico, se bajó por su coca, y de plano se quedó a la despedida, con la señora de la tiendita. “¿Por qué nos la quitan?”, le dijo. Así de familiar es Carmen para quienes la escuchamos. De necesaria. “Nos la quitan” a “Nuestra Carmen”. ¿Por qué? Las respuestas llegan sin devanarnos los sesos. Por eso es tan indignante. Tan ofensivo. Y tan triste.

“Business are business”, el Grupo Prisa (49%) terminó cuadrándosele a Televisa (51%). Los mismos del periódico El País. Esquizofrenias trasatlánticas. Pareciera que no es igual ser liberal y democrático allá que acullá. “Oh, mi pequeño rebaño”. Corral fue rotundo: “Se rajaron todititos, como el peor de los nuestros”. Qué duro. “Rajarse”.

El dinosaurio no quiere a Carmen. A él “le gusta cuando calla” y de preferencia que esté ausente, y que su voz no nos toque. Aparecerá un valiente pro rating para contratarla. Entonces Carmen va a tomar a Emilio de la mano. Camino de la escuela. Le va a explicar otra vez las palabras: Compromiso. Honestidad. Democracia. Y que su mamá es esa voz. Que tantas personas. Tantas causas esperan. Pronto. Le va a tener que explicar. Que aquellos “se rajaron”. Pero su mamá va de regreso. Porque ella, ¿rajarse? Jamás.

Escritora

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