La paz que transforma a las naciones /Marco Tulio Carrascosa

-Vivimos en una generación que clama por paz.

La sociedad la busca en los acuerdos políticos, en la economía, en la tecnología, en las instituciones y hasta en las redes sociales. Sin embargo, mientras la violencia continúa creciendo en los hogares, las adicciones aumentan, la ansiedad se convierte en epidemia y los conflictos dividen familias, ciudades y naciones, una pregunta permanece vigente:

¿Dónde se encuentra la verdadera paz?

Desde la perspectiva del Evangelio, la paz no es únicamente la ausencia de guerra ni un acuerdo temporal entre personas. La paz es un estilo de vida que nace cuando el corazón del ser humano es reconciliado con Dios.

No es casualidad que Jesucristo haya dicho:

“Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.” (Mateo 5:9).

Jesús no llamó a su Iglesia a alimentar el odio ni la división.

La llamó a ser constructora de paz.

Pero también debemos comprender qué significa realmente esa paz.

Vivimos tiempos en los que con frecuencia se confunde la paz con la indiferencia, la tolerancia absoluta o la aceptación de cualquier conducta sin discernimiento.

Sin embargo, la paz que enseñó Jesús nunca significó renunciar a la verdad.

Si así hubiera sido, jamás habría confrontado la hipocresía de algunos líderes religiosos de su tiempo ni denunciado aquello que consideraba contrario a la voluntad de Dios.

Jesús habló con amor.

Pero también habló con verdad.

La paz del Reino de Dios no se construye ocultando los problemas.

Se construye sobre la justicia, la verdad, la misericordia y el amor.

Por eso el mismo Señor declaró:

“Mi paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da.” (Juan 14:27).

Existe una enorme diferencia entre la paz del mundo y la paz de Dios.

La primera depende de las circunstancias.

La segunda permanece aun en medio de las tormentas.

Las Escrituras llaman a Jesucristo el Príncipe de Paz (Isaías 9:6).

Y el apóstol Pablo escribió una de las promesas más extraordinarias para quienes ponen su confianza en Dios:

“Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.”(Filipenses 4:7).

Esa paz no puede fabricarse mediante decretos.

No puede comprarse.

No puede imponerse.

Es un regalo de Dios.

Por ello, desde la cosmovisión cristiana, la Iglesia tiene una responsabilidad insustituible: anunciar el Evangelio y promover una cultura de paz fundada en la reconciliación con Dios y con el prójimo.

La Iglesia sirve a las familias.

Acompaña a quienes sufren.

Ora por las autoridades.

Atiende a los más vulnerables.

Promueve el perdón.

Forma ciudadanos responsables.

Y recuerda que la paz comienza en el corazón antes de reflejarse en las calles.

La Biblia también enseña un principio que atraviesa toda la historia de Israel: cuando el pueblo buscaba a Dios y procuraba la justicia, experimentaba tiempos de estabilidad y prosperidad; cuando se apartaba de esos principios, enfrentaba profundas crisis. Ese tema aparece repetidamente en los libros históricos y proféticos del Antiguo Testamento.

Desde esa perspectiva, la prosperidad no se limita a la riqueza material. Incluye la justicia, la paz, el orden y el bienestar de la comunidad.

En el ámbito contemporáneo, el caso de El Salvador ha llamado la atención internacional por la notable reducción de los índices de homicidios y la recuperación de espacios públicos durante el gobierno del presidente Nayib Bukele. Diversos analistas atribuyen esos resultados a una combinación de políticas de seguridad, decisiones institucionales y otros factores. Para muchos creyentes, además, ese proceso refleja la importancia de gobernar con principios inspirados en la responsabilidad, el orden y el bien común.

La Escritura resume esa dependencia de Dios con una frase contundente:

“Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican; si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela la guardia.” (Salmo 127:1).

Ese pasaje recuerda que la seguridad y la prosperidad no descansan únicamente en las capacidades humanas, sino, desde la fe bíblica, en reconocer la soberanía de Dios.

Las naciones más fuertes no son solamente aquellas que poseen mayores recursos.

Son aquellas que construyen instituciones sólidas, fortalecen a las familias, promueven la justicia y forman ciudadanos comprometidos con el bien común.

Como creyentes, afirmamos que esos principios encuentran una inspiración profunda en las enseñanzas de la Palabra de Dios.

Hoy nuestro continente necesita pacificadores.

No personas que alimenten el odio.

No voces que profundicen la división.

Sino hombres y mujeres capaces de reconciliar, servir y construir.

Porque la sociedad anhela paz.

Y la Iglesia está llamada a anunciar una paz distinta.

No una paz basada en la resignación.

No una paz que justifique la injusticia.

No una paz que renuncie a la verdad.

Sino la paz que Jesucristo anunció y vivió: una paz que nace del Reino de Dios, que se sostiene en la justicia, florece en el amor y permanece en la verdad.

Busquemos la paz.

Busquemos la santidad.

Busquemos el bien de nuestras familias.

Oremos por nuestras autoridades.

Trabajemos por nuestras comunidades.

Y confiemos en que Dios puede transformar los corazones, porque toda transformación duradera comienza desde el interior del ser humano.

Solo así podremos aspirar a una sociedad más justa, más reconciliada y más esperanzadora.

Porque, desde la fe cristiana, la verdadera paz solo puede venir de Dios.

Continuará… ✒️

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