Rodolfo Echeverría Ruiz
Asentadas sobre 9 millones y medio de kilómetros cuadrados, las diversas culturas chinas -mil 325 millones de habitantes- constituyen hoy la quinta parte de la población mundial. La continuidad histórica cuatro veces milenaria las ha convertido en una de las civilizaciones más viejas y refinadas. Sus legados históricos y artísticos, filosóficos y literarios, económicos y comerciales -sin olvidar decisivas aportaciones científicas- son inconmensurables.
Muchos observadores vislumbran ahora a China como la inminente superpotencia del siglo XXI. Sin embargo, casi todas las aproximaciones analíticas a ese vasto tema suelen oscilar entre los extremos: se trata de entusiasmados panegíricos o de visiones catastrofistas e hipercríticas. Aquel país, es verdad, se ha erigido en una suerte de fábrica mundial merced a la operación en su territorio de más de 600 mil empresas extranjeras. Esa condición lo lleva a ritmos muy altos de crecimiento sostenido (9% en promedio cada año) aunque también, y de manera notoria, lo conduce hacia una innegable realidad caracterizada por sus desigualdades sociales crecientes y el encumbramiento elitista de un puñado de millonarios mientras se encona la pobreza en muy extensas zonas donde se asientan millones de personas en condiciones de atraso y explotación. Es la otra China. A ella se refirió el enviado de EL UNIVERSAL, Carlos Avilés, en su reportaje “China y los mitos del auge económico”, publicado aquí el domingo anterior.
Si en la China de Mao todos, o casi todos, eran pobres muy pobres, en la era poscomunista -“socialismo de mercado”, como le llaman sus dirigentes sin excesivas aspiraciones teorizantes-, al lado de centenas y centenas de millones de seres humanos atrapados en los pantanos del atraso y de la desolación, surgen -en la agudísima cúspide de su desequilibrada pirámide social- nuevos ricos (y recientes multimillonarios) cuyos más conspicuos personeros militan orondos en el ala empresarial de un partido “comunista” alejado de las concepciones marxistas-leninistas-maoístas. Esa formación política, única y omnipresente, se inscribe, con indoblegable ahínco, en las más crueles versiones del capitalismo global. ¿Cuánto tiempo durará tan flagrante contradicción? ¿Cuáles serán las magnitudes de sus futuros conflictos sociales y políticos?
Hoy, al cabo de siglo y medio de aislamiento y guerras civiles sucesivas, sacan la cabeza de nuevo y asumen de manera resuelta el hercúleo desafío moral y político de insertar a su creciente población en una economía globalizada, protagonista y decisiva.
Una rápida mirada a la China profunda, la de la desigualdad, la marginación y la injusticia, nos situará ante el fenómeno completo. Sin embargo, reconozcamos la mejoría registrada en los niveles y géneros de vida de una buena parte de su población. En el curso de los últimos 20 años casi 400 millones de personas han ingresado a diferentes segmentos de unas clases medias emergentes y consumidoras. Salto espectacular si los hay.
Mientras Shanghai se perfila como una ciudad soñada, de idílico futuro posmoderno, en trágico contraste proliferan las zonas miserables en torno de numerosas ciudades industriales enclavadas a lo largo de la inmensa costa este del continente chino, su estratégica frontera marítima con el mundo.
Aliados de Estados Unidos, los actuales dirigentes chinos se las arreglan para imponer, con los eficacísimos apoyos irresistibles del partido y del ejército, una especie (surrealista, pero eficaz) de comunismo neoliberal (?) generador de insólito crecimiento económico aunque también de miseria en vastísimas regiones rurales y en degradadas periferias citadinas, sin contar los brutales y continuos atentados contra el equilibrio ambiental y las bellas regiones naturales chinas.
Analista político
