Ricardo Pascoe Pierce
Jacques Gabayet nos legó, tras su fallecimiento el pasado 27 de julio de 2007 en Cuernavaca, un jeroglífico teórico y existencial difícil de resolver. Formalmente un pensador marxista, y por tanto un hombre de su época, al mismo tiempo rebasaba los linderos impuestos por ese tiempo, y añoraba una concepción de universalidad que no lo obligara a disminuir la fuerza de la crítica y la ironía.
Su deseo de libertad personal e intelectual provenía de una fuente inagotable: su sensación permanente de extranjería y, por tanto, de concebir a la vida como una forma personal de exilio. El extranjero, de Albert Camus, viene a mente de inmediato. En mi última conversación con él, a cuatro días de su muerte, el tema de la extranjería estaba presente en su reflexión. Lo declaró un asunto central en su vida, a pesar de ser mexicano. Quizá el asunto no era una extranjería jurídica tanto como la sensación de pertenecer a una generación que, finalmente, vivió la decadencia de su gran utopía: el socialismo. Pocas cosas ameritaban más ironía, sarcasmo y tristeza.
En ese penúltimo encuentro (pues estuve con él dos días después, pero ya no era Jacques y no pudimos conversar) me entregó su texto final: Las metáforas literarias de Luciano de Samosata a Heine y Marx. La lectura del texto es el retrato vivo de Jacques. Obviamente encantado por la retórica satírica y humorística de Luciano de Samosata (125-181), Jacques halló en él el camino que lo definía: crítico por naturaleza, sentía una intensa atracción por la verdad. Y esta combinación de virtudes lo hacia, inevitablemente, sumamente solitario.
Decir que Jacques era un marxista o, incluso, trotskista, es cabalgar sobre definiciones que le eran, estrictamente hablando, extrañas. Estuvimos, durante algunos años, en la misma célula trotskista, siendo profesores en la Universidad Autónoma Metropolitana, cuando militábamos en el PRT. Nos conocimos bien. Él y yo éramos, en cierto modo, estimulantes contrapuntos de la célula. Él buscaba la verdad teórica y yo postulaba la acción política. Al calor de los cambios en México, con la apertura a una mayor participación política de la oposición, encontramos, en la actividad sindical universitaria, un espacio natural para nuestra inserción en la política. Jacques no estaba en contra de esa participación, pero percibía que la teoría y la acción en la política podían distanciarse peligrosamente. El método y estilo crítico de Trotsky le resultaba, al igual que a mí, enormemente atractivo. Conocedor del valor de la práctica, era miembro del partido.
Pero, al mismo tiempo, era repelente a las etiquetas. El pensamiento sectario, vinculado, además, a las prácticas políticas virulentas e irreflexivas, le parecía abominable. De ahí lo que fue su vida: una larga y sinuosa búsqueda de verdades que no eran recetas mecánicas sobre la vida, la política, la cultura, la inteligencia. Buscaba verdades ocultas debajo de las piedras y en su propia vida. Por lo mismo, no se entregaba fácilmente. Era caballeroso y gentil con las damas. Podía con mujeres fuertes y valientes. Pero eso no solía resolver la soledad del pensamiento, de la búsqueda donde otros veían simplemente piedras informes.
Sus reflexiones sobre la Virgen de Guadalupe y la mexicanidad eran, creo, un esfuerzo por entenderse en las imágenes del México profundo que, al mismo tiempo, es el México presente. No era para ensalzar o adicionar más suspiros a la mistificación de la Virgen, sino para arraigarse en el lodo de la realidad inmanente. La realidad del pensamiento que da pie, también, a la acción, aun siendo un peregrinaje.
Jacques era un producto de su tiempo, pero, al mismo tiempo, pertenecía a otras épocas. Precisamente por ello es que no se le puede colocar en uno de los cajones chinos del escritorio y afirmar: él es esto… Era concreto y era inasequible. La persistencia de su extranjería, real y ficticia a la vez, le otorgaba el privilegio de mirar sobre el hombro y decir: ¡veo lo insólito, lo que tú probablemente no alcanzas a percibir!
Se solazaba en su soledad también. La soledad se convierte en hábito, en un método. Es coraza y vulnerabilidad, todo al mismo tiempo. A veces el intelecto florece bajo esa condición, y, en el caso de Jacques, requirió esa presión para producir. Poesía, romanticismo, populismo, nación, revolución eran temas que aparecían en todos sus textos y reflexiones.
Se movía con gran fluidez y dinamismo para organizar la proyección de ideas contrastantes. Le ayudé a organizar conversatorios en la Universidad de La Habana y logró catalizar el pensamiento en un lugar que recibía, de él, una mirada especialmente crítica y satírica. Ahora se organizan, en la Universidad Autónoma Metropolitana, eventos dedicados a su pensamiento, durante los meses de febrero y marzo.
El mejor homenaje a Jacques Gabayet es nunca olvidar que somos ideas e historia, mezcladas en formas elusivas, pero siempre trascendentes.
ricardopascoe@hotmail.com
Analista político
