Carlos Hiram Culebro
Hay escenas que parecen repetirse generación tras generación y que, sin embargo, nunca pierden intensidad: el balón entra a la portería rival en un Mundial de Futbol e inmediatamente millones de mexicanos reaccionan como si hubieran recibido una fuerte descarga de entusiasmo. Se grita, se abraza al desconocido, se golpea la mesa, se salta, se ríe y hasta aparecen lágrimas. Por un instante desaparecen diferencias políticas, económicas, religiosas o regionales. El gol se convierte en un acontecimiento emocional colectivo.
Más allá del marcador, este fenómeno merece una lectura desde la psicología social. ¿Qué ocurre para que un hecho deportivo provoque semejante movilización emocional? ¿Por qué una anotación puede desencadenar expresiones de alegría que desbordan la racionalidad?
Uno de los autores que ayuda a entender este fenómeno es Gustave Le Bon, médico, antropólogo, sociólogo y psicólogo social francés, quien a finales del siglo XIX sostenía que el individuo, al integrarse emocionalmente a una multitud, modifica temporalmente su forma habitual de pensar y actuar.
Según Le Bon, en las multitudes aparece una especie de unidad emocional, es decir, el sujeto deja parcialmente de sentirse aislado y experimenta una identidad compartida. Las emociones se contagian. Una reacción se multiplica y se expande. El entusiasmo de uno se convierte en una pasión de miles.
Aunque Le Bon escribió mucho antes de la televisión, las redes sociales y los estadios modernos, varias de sus ideas parecen cobrar vida durante un Mundial. Cuando México anota un gol, millones de personas que ni siquiera están físicamente juntas participan de una misma emoción colectiva. La pantalla sustituye la plaza pública y el comentario digital reemplaza el coro del estadio; pero el mecanismo emocional conserva rasgos semejantes.
El gol deja de ser solamente un dato deportivo. Se vuelve símbolo. Representa triunfo, reconocimiento internacional, esperanza y pertenencia. La frase “ganamos” al final del juego se pronuncia como si todos hubiéramos participado activamente en el resultado.
Le Bon describió también la amplificación emocional. En grupo, ciertas emociones se intensifican. El individuo difícilmente abrazaría efusivamente al yerno que le es antipático, pero dentro del clima colectivo esas conductas se presentan de manera espontánea.
Además del componente social existe una dimensión biológica que también explica por qué un sujeto se sumerge en un charco de agua sucia, para después mojar a quienes le rodean. Y de esa manera todos festejar el gol.
El ansiado gol activa mecanismos cerebrales asociados al placer, la recompensa y la conexión social. Uno de los sistemas más involucrados es el relacionados con la liberación de dopamina.
La dopamina es un neurotransmisor vinculado con la motivación, la expectativa y la sensación de recompensa. En otras palabras, cuando ocurre algo que el cerebro interpreta como altamente positivo o esperado —como una pelota dentro de la portería del equipo contrario— aparece una respuesta fisiológica que genera entusiasmo y sensación de bienestar.
Al mismo tiempo pueden intervenir otras sustancias y procesos: aumento transitorio de adrenalina, sensación de energía, aceleración cardiaca y liberación de endorfinas, relacionadas con estados placenteros.
La alegría compartida puede convertirse, por sí misma, en una experiencia emocional intensa. El grito del gol, el dirigirse al desconocido vecino en el estadio como si fuera su hermano porque ambos tienen la misma playera color verde, forman parte de una celebración que surge del encuentro entre cerebro, emoción e identidad social.
Por supuesto, el futbol también conoce el reverso de la moneda. Cuando llegan derrotas o eliminaciones aparecen otras emociones colectivas como son la frustración, enojo, búsqueda de explicaciones o desencanto. Esas reacciones merecen una reflexión distinta que amerita recordar a Freud.
Pero mientras el balón entra y el grito estalla en todo el país, parece que entre sus habitantes suspenden sus diferencias para compartir una emoción común. Y en ese instante, más que un resultado deportivo, aparece uno de los fenómenos humanos más antiguos: la alegría colectiva.
*: Fundador de la asociación chiapaneca de profesionales para la salud mental AC
