FILIPICAS /Paco Ramírez /La diplomacia del insulto y la fragilidad institucional

En política, las palabras no se las lleva el viento; en diplomacia, tienen un peso específico que se traduce en aranceles, fricciones bilaterales o el colapso de negociaciones comerciales vitales. La salida de tono de Manuela Obrador Narváez, delegada federal de los Programas para el Bienestar en Chiapas y prima del expresidente Andrés Manuel López Obrador, al calificar al presidente estadounidense Donald Trump de “tirano misógino” y “tipo asqueroso” durante una asamblea de Morena en Palenque, no es una anécdota de plaza pública. Es síntoma de una enfermedad mayor: la erosión de la institucionalidad en favor de una retórica de trinchera.
El costo de la estridencia

El deslinde de la presidenta Claudia Sheinbaum fue inmediato, pero llegó solo hasta la mitad del camino. Cuando una funcionaria federal usa su investidura para lanzar epítetos contra un jefe de Estado con el que México negocia en tiempo real la revisión del T-MEC, el daño ya está hecho, y el calendario no ayuda: el exabrupto ocurrió exactamente los mismos días en que el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, sostenía en Washington la segunda ronda de conversaciones sobre el tratado, mientras Trump insistía públicamente en que a su país “le va mejor solo” y que no necesita nada de lo que tienen México ni Canadá.
En ese contexto, la estridencia interna no es un exceso retórico inofensivo: es combustible para el discurso aislacionista que ya circula en Washington, justo cuando Ebrard intenta sostener que cerca del 85% de las exportaciones mexicanas entra a Estados Unidos libre de arancel gracias al tratado, mientras persisten los gravámenes a acero, aluminio y autos bajo la Sección 232 que México considera contrarios al propio T-MEC. Voces como la de la delegada en Chiapas terminan jugando en contra del interés nacional, al priorizar el aplauso de la militancia sobre la estabilidad de una negociación de la que depende buena parte del futuro económico del país.
El gabinete ante el espejo
Este incidente obliga a mirar de frente la capacidad de control que tiene la Presidenta sobre su propio equipo. México observa una dualidad peligrosa: por un lado, un gabinete técnico —encabezado por perfiles como Ebrard u Omar García Harfuch— que intenta sostener rigor y resultados en economía y seguridad; por otro, una estructura de delegados y mandos territoriales que parecen no haber entendido que ya no están en campaña, sino en el ejercicio del poder.
La pregunta que resuena entre la ciudadanía es cuánta autonomía real tienen los delegados para desestabilizar la política exterior por agenda propia, y bajo qué control. La respuesta de Sheinbaum ya no se quedó en la simple revisión administrativa: confirmó que Obrador Narváez será sancionada, y fue explícita en el punto que de verdad importa al señalar que la funcionaria debía definir si era delegada de Bienestar o militante de Morena, porque las dos tareas a la vez no son compatibles. Es un paso correcto, pero si no se traduce en un estándar de disciplina aplicado por igual a todos los delegados —no solo a quien ya quedó exhibida en video— la figura presidencial se debilita cada vez que el episodio se repita.
La lección necesaria

La verdadera soberanía, esa que tanto se invoca en los mítines, no se defiende con insultos lanzados desde Palenque, sino con capacidad de negociación en la mesa de Washington, donde la tercera ronda del T-MEC ya tiene fecha: el 20 de julio, en la Ciudad de México. México no puede permitirse un gabinete con dos voces: una que construye puentes técnicos y otra que los dinamita por complacer a las bases.
La Carpeta Púrpura cierra hoy con una advertencia: la improvisación diplomática es un lujo que un país con la mitad de su comercio exterior ligado al vecino del norte no puede costear. La Presidenta marcó distancia y anunció sanción, sí, pero falta definir con total claridad que la lealtad partidista no puede ser licencia para socavar la negociación que sostiene buena parte de la economía nacional.
El respeto no es sumisión, es el piso mínimo sobre el cual se edifica cualquier relación de poder. Quien no lo entienda, sencillamente no tiene lugar en el servicio público de alto nivel.

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