OBSERVAMOS, como en cada antesala de las urnas, la típica transfiguración del político local. El libreto es de sobra conocido: muecas ensayadas y afectos de utilería en las colonias populares y una repentina epifanía sobre los males que aquejan a la capital chiapaneca. Los mismos males, hay que decirlo, que esos mismos actores ignoraron desde sus cómodos escaños durante años de fuero, dietas y silencio cómplice.
El espectáculo que inunda las redes sociales por estos días es verdaderamente asombroso. Perfiles digitales que antes destilaban solemnidad institucional o un silencio sepulcral, hoy se llenan de elogios artificiales hacia el llamado ‘quehacer político’ de quienes pretenden saltar a un nuevo cargo de elección popular. En vísperas electorales, pareciera que el principal requisito no es la congruencia ni el historial de resultados, sino la capacidad de aparecer en el momento justo, tomarse la foto idónea y colgarse sin el menor pudor de cualquier evento social, cultural o comunitario que garantice un par de ‘me gusta’ y vigencia visual.
Vemos a unos y a otras repartiendo despensas con un asistencialismo que ofende la dignidad del tuxtleco; platicando con una ciudadanía a la que sistemáticamente le dieron la espalda; fingiendo ‘recoger el sentir de las colonias’. Cabe la pregunta, formulada con toda la energía que merece: ¿cuántos años llevan viviendo de ese dichoso ‘quehacer político’? ¿Cuántas campañas más necesitan para seguir recopilando datos, haciendo censos y ‘conociendo’ las problemáticas de la población? Para nadie que viva en Tuxtla es un secreto lo que urge resolver. Los diagnósticos están sobre la mesa desde hace décadas. Lo que falta no es información: es voluntad, decencia y vergüenza pública.
El caso Sasil: el currículum más largo que los resultados más cortos
Un ejemplo ilustrativo circula estos días con particular descaro: la nota ya posicionada en medios afines que presenta a la senadora Sasil de León Villard como ‘carta clave’ para la presidencia municipal de Tuxtla Gutiérrez, ensalzando sus maestrías, su paso por el Congreso local en 2013, la Secretaría de la Mujer, los programas de Prospera y su supuesta capacidad de ‘tejer acuerdos’ en las altas esferas del Senado. La nota es un ejercicio de posicionamiento. El lector avisado la reconoce a la primera línea.
Hagamos el recuento que esa nota omite. Sasil de León Villard acumula, a sus 43 años, una trayectoria ininterrumpida de cargos públicos desde 2013: diputada local, secretaria estatal, diputada federal y dos periodos como senadora de la república —el segundo ganado por mayoría relativa en 2024, lo que significa que Chiapas volvió a apostarle con votos reales, no con dedazo. Es decir: trece años sin salir de la nómina pública.
La pregunta que esa nota laudatoria no se atreve a formular es la que la ciudadanía de a pie sí se hace en voz baja: ¿cuál ha sido el beneficio real, tangible e histórico que ese desfile de cargos ha dejado en las calles de nuestra capital? Las colonias que hoy recorre con sonrisa de campaña son las mismas que lleva más de una década representando desde algún escaño. Los baches no esperan legislaturas. La inseguridad no se resuelve con comunicados senatoriales. El agua no llega a las casas porque una diputada federal aprobó el presupuesto que alguien más ejecutó mal.
En 2023, Sasil de León anunció sus aspiraciones a la gubernatura de Chiapas para 2024. Encuestas de medios afines la posicionaban como ‘favorita’. El Partido del Trabajo le ofreció respaldo público. El mapa pintaba bien. Morena eligió a Eduardo Ramírez Aguilar. Fin del relato. Ahora el objetivo parece haberse reencuadrado hacia la presidencia municipal de Tuxtla —un cargo que, dicho sin eufemismos, sería un descenso en el escalafón institucional para alguien con fuero senatorial vigente hasta 2030. Eso no es vocación de servicio municipal: eso es reacomodo político frente a un panorama estatal que ya tiene dueño.
La identidad de un verdadero representante social no se construye levantando la mano de manera automática para aprobar reformas dictadas desde las cúpulas partidistas. Eso no es legislar: es sumisión institucional. La verdadera identidad política radica en las obras impulsadas, en las leyes promovidas con impacto directo en el bolsillo y la seguridad del ciudadano, en ese ‘extra’ que legítimamente se espera de los legisladores y que casi nunca llega. Si hiciéramos un recuento honesto de lo que los senadores y diputados federales chiapanecos han hecho formalmente por sus distritos en los últimos años, el saldo sería desolador: una flagrante ausencia de identidad transformadora.
“El trampolín que nadie debería heredar”
En esta época de ambiciones desatadas, los aspirantes se toman fotos hasta con el bolero —sin desmerecer, por supuesto, la digna y honesta labor del calzado—. Se enlodan los zapatos de manera calculada durante sus recorridos por las colonias populares, buscando un baño de pueblo que se quitarán de encima apenas cierren las puertas de sus vehículos de lujo. El fango es utilería. La foto, el producto.
Es precisamente ese cinismo el que desgasta el tejido social y pulveriza la confianza en la democracia. Cuando leemos notas periodísticas laudatorias que intentan vender perfiles políticos como ‘opciones de maduración natural’ o ‘liderazgos con arraigo’, es imposible no contrastarlo con la realidad de las calles de Tuxtla: baches históricos, inseguridad creciente, deficiencia crónica en el suministro de agua y servicios públicos, y un abandono que no se soluciona con currículums inflados ni con discursos de café.
La presidencia municipal de Tuxtla Gutiérrez no debería ser vista como el ‘gran trampolin’ o el trampolín político del grupo en turno, sino como la máxima responsabilidad de servicio hacia una sociedad que lleva décadas cansada de las mismas caras con distintas etiquetas. El capital político real no se construye uniendo la experiencia legislativa de escritorio con el pulso simulado de la gente en tiempos de campaña. Se demuestra regresando a los distritos cuando no hay urnas de por medio. Entregando cuentas claras. Resolviendo lo que se prometió, no lo que se fotografió.
Mientras la ciudadanía siga tolerando y validando la pantomima fotográfica del barro y la despensa, los mismos personajes de siempre seguirán turnándose las sillas, mudando de piel y de siglas —pero manteniendo intacto el cinismo que tanto daño le hace a Tuxtla y a Chiapas.
