José Luis Calva
La producción industrial manufacturera registró un crecimiento anual de apenas 0.1% en el primer bimestre de 2007 respecto de igual periodo del año previo (de acuerdo con los datos más recientes del INEGI); y en cifras desestacionalizadas, el índice de la actividad manufacturera acumuló tres meses consecutivos de comportamiento negativo (de 148.6 puntos en noviembre de 2006, bajó a 147.7 en diciembre, a 146.7 en enero y a 146 en febrero de 2007). Además, llueve sobre mojado: durante el anterior gobierno del PAN, la industria manufacturera apenas creció a una tasa media de 0.8% anual, configurando un sexenio perdido para el desarrollo.
Las cuentas resultan peores en el frente del empleo, puesto que bajo los gobiernos del PAN la planta de trabajadores de la industria de transformación presenta una pérdida acumulada de 843 mil 379 empleos permanentes registrados en el IMSS (20.7% de los puestos de trabajo manufactureros existentes en noviembre de 2000, que ascendían a 4 millones 74 mil 244 y cayeron a 3 millones 230 mil 866 en marzo de 2007). Desde luego, las series estadísticas de la Encuesta Industrial Mensual del INEGI confirman la dramática reducción de la planta de trabajadores de la industria de transformación (-4.4% en 2001, -5% en 2002, -3.4% en 2003, -2.6% en 2004 y -0.7% en 2005, para aumentar sólo 1.2% en 2006).
El problema consiste en que bajo los gobiernos del PAN no ha habido cambio en la estrategia económica, sino que se ha mantenido la aplicada por los tres gobiernos neoliberales previos. En consecuencia, después de casi un cuarto de siglo de experimentación neoliberal, la tierra prometida de la prosperidad industrial brilla por su ausencia. Para comparar, cabe recordar que bajo el modelo económico de la Revolución Mexicana, el PIB manufacturero creció a una tasa media de 6.7% anual entre 1934 y 1982. En contraste, bajo el modelo neoliberal, la tasa media de crecimiento del PIB manufacturero apenas ha alcanzado 2.9% anual (1983-2006). Además, mientras el empleo en las manufacturas creció a una tasa media de 3.9% anual durante el periodo 1934-1982, sólo creció a una tasa media de 0.5% anual durante el periodo 1983-2006.
Desde luego, el mejor desempeño de la industria manufacturera bajo el modelo económico de la Revolución se sustentó en una economía de mercado encauzada, regulada y promovida por el Estado a través de múltiples instrumentos de política económica. En primer lugar, políticas macroeconómicas activas prudentemente manejadas (excepto en los 70 y primeros 80, cuando se perdió la mesura en las políticas fiscal, monetaria y cambiaria, enfilando al país hacia la crisis de 1982), las cuales permitieron el crecimiento sostenido del PIB y del empleo. En segundo lugar, políticas de fomento económico general (formación de recursos humanos, construcción de infraestructura, integración de un sistema financiero funcional mediante la creación de la banca nacional de desarrollo, y la regulación y supervisión de la banca comercial; desarrollo de un sector energético vinculado a la prioridades de industrialización; y, desde luego, creación del marco legislativo e institucional indispensable para regular el sano funcionamiento de los mercados). En tercer lugar, políticas de fomento sectorial para impulsar el desarrollo de sectores y ramas productivas consideradas prioritarias, mediante paquetes de instrumentos promocionales (regulación del comercio exterior, otorgamiento de créditos preferenciales, estímulos fiscales a industrias nuevas y necesarias, sistema de compras de gobierno favorable a la industria mexicana, asociación gobierno-empresarios, con capital de riesgo, en proyectos industriales específicos, etcétera). Bajo esta estrategia económica, la industria manufacturera creció 21.1 veces durante el periodo 1934-1982.
En un giro de 180 grados, la tecnocracia neoliberal que arribó al poder con Miguel de la Madrid procedió a “liberalizar la economía” y a reducir o suprimir la mayoría de las políticas e instrumentos de fomento económico, bajo la visión ortodoxa según la cual el aporte nodal del Estado al crecimiento económico consistiría, simplemente, en la creación de un marco de estabilidad macroeconómica -entendido estrechamente como inflación decreciente, próxima al nivel inflacionario de EU y finanzas públicas equilibradas o cercanas al equilibrio ingreso-gasto-, que traería el clima de confianza que dinamizaría la inversión y el crecimiento económico.
Dado el fracaso de esta estrategia económica -en términos de crecimiento industrial y de crecimiento económico general: el PIB nacional creció a una tasa media de 2.4% anual durante el periodo 1983-2006, contra 6.1% anual en el periodo 1934-1982-, es necesario someterla a revisión profunda. Nuestra industria requiere ser reencauzada hacia un nuevo ciclo largo de crecimiento acelerado y sostenido, para lo cual es necesario desechar los dogmas neoliberales e instrumentar una nueva estrategia endógena de desarrollo, que incluya -además de políticas macroeconómicas orientadas al crecimiento sostenido y no sólo a la desinflación- instrumentos modernos de fomento económico general y sectorial.
Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM
