Lecciones francesas

César Cansino

Las recién concluidas elecciones en Francia arrojan muchas lecciones para la democracia mexicana, cuyo sistema electoral vigente no sólo propicia el dispendio y el burocratismo, sino que arrastra vicios de origen que no aseguran ni siquiera la credibilidad y la transparencia de los comicios, tal y como quedó demostrado en las elecciones federales del año pasado. Ciertamente, las comparaciones son odiosas, pero mal haríamos en encerrarnos en una pretendida especificidad o particularidad de nuestro ser nacional y cancelar a priori la posibilidad de medirnos con otros modelos de organización política que han demostrado madurez y viabilidad en diversas democracias consolidadas. Proceder así es condenarnos a repetir al infinito nuestros errores y no poder avanzar hacia estadios democráticos más consistentes y prometedores, justo ahora que el Poder Legislativo ha iniciado los trabajos encaminados a concretar una reforma del Estado.
Muchas cosas llaman la atención de esas elecciones. En primer lugar, la duración tan corta de las campañas (escasas tres semanas), que no tiene parangón con las larguísimas, inútiles y onerosas campañas y precampañas en México. El principio que subyace en cada caso es diametralmente opuesto. Mientras que en Francia el sistema electoral concibe a los ciudadanos como maduros e informados para definir sus preferencias, en México se les considera menores de edad, por lo que requieren más tiempo para definirse políticamente.

En segundo lugar está el tema del financiamiento de los partidos y la contratación de medios para fines propagandísticos. Aquí también los contrastes son agobiantes. Mientras que en Francia el financiamiento de los partidos es completamente público y está prohibido el privado, en México la ley es muy ambigua al respecto, por lo que siendo los partidos instituciones de interés público no se ha podido impedir otras formas mediante las cuales éstos se hacen de recursos sistemáticamente, amén de que las sanciones a quienes incurren en violaciones electorales son francamente ridículas. Algo similar puede decirse del uso de los medios durante las campañas. Mientras que en Francia está prohibida la propaganda pagada en medios privados, y permanece confinada a los tiempos estatales previstos por la ley, en México hemos visto cómo los grandes monopolios de la comunicación acumulan fortunas inauditas gracias a la venta de espacios a los partidos para promover a sus candidatos. Algo inconcebible para un país con tantos rezagos e inequidades.

En tercer lugar, las elecciones en Francia son un ejemplo de civilidad y madurez. Así, por ejemplo, los debates presidenciales en la segunda vuelta son obligatorios y se dan en un formato amable y libre; no existe censura de ningún tipo para los candidatos y corresponde exclusivamente a la ciudadanía premiarlos o castigarlos por sus excesos o actitudes belicosas o pasivas; la propaganda sólo es permitida en las mamparas oficiales colocadas para tal efecto en todos los rincones del país; pese a no existir una burocracia electoral muy amplia y costosa, a ningún francés se le ocurriría poner en duda los resultados oficiales que el colegio electoral da a conocer expeditamente apenas concluida la jornada de votaciones. Todo esto redunda en unos comicios confiables, eficaces, transparentes, cortos y, sobre todo, poco onerosos para el Estado.

Huelga decir que en México sucede todo lo contrario. Así, por ejemplo, los debates no son obligatorios y un candidato puede abstenerse a capricho a asistir a los mismos, amén de que el formato de estos encuentros es acartonado y muy rígido; el órgano electoral puede imponer sanciones a discreción a aquellos candidatos cuyo discurso puede ofender a sus adversarios, lo cual sólo puede calificarse como censura, en lugar de dejar que sean exclusivamente los ciudadanos los que premien o castiguen los excesos verbales de los candidatos; no existe ninguna regulación de la propaganda de los partidos en las calles; los órganos electorales, amén de ineficaces y costosos para el Estado, arrastran vicios de origen -como la nominación de los consejeros electorales por la vía de cuotas partidistas- que dan lugar a suspicacias y dudas sobre su imparcialidad.

Pero de todos los temas del que más podemos aprender en México es el relativo a la segunda vuelta. Sorpresivamente, varios analistas han puesto en duda la viabilidad de este mecanismo para nuestro sistema electoral. Entre otras cosas, argumentan que la segunda vuelta no garantiza que en una elección muy cerrada se despeguen automáticamente los candidatos más votados en la primera ronda, como para despejar mágicamente todas las dudas. Asimismo, señalan que la segunda vuelta aumentaría los costos de las elecciones y que existen complicaciones técnicas para implementarla en el país. En realidad, ninguno de estos argumentos en contra se sostiene. Es más, la segunda vuelta es una condición indispensable para hacer más confiable nuestro sistema electoral y ninguna reforma en la materia estaría completa si no se incluye. Pero de esto hablaré en mi próxima colaboración.

cansino@cepcom.com.mx

Director del Centro de Estudios de Política Comparada

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