Enfrentar la pobreza

Rodolfo de la Torre

Las cifras oficiales de pobre-za del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) muestran que entre 2000 y 2006 el número de personas pobres en México pasó de 47% a 42.6% del total de la población. Junto con ello, casi 9 millones 300 mil personas dejaron la pobreza más aguda, conocida como pobreza alimentaria. En estas reducciones, los mayores avances correspondieron a las zonas rurales respecto a las urbanas. No sólo eso, los ingresos promedio de la población pobre aumentaron y en general la heterogeneidad con que se presentó la pobreza se redujo. Pero, ¿es ésta la verdadera situación de la pobreza?
En realidad la pregunta no tiene mucho sentido. Si bien la pobreza no es como la belleza, que depende del ojo de quien la mira, sino que tiene un carácter objetivo, identificar su verdadera magnitud es como establecer en cuántos planetas existe vida inteligente. Ciertamente, la existencia de extraterrestres no es una mera cuestión de opinión, pues los hay o no, pero aún no tenemos evidencia irrefutable sobre ellos, a pesar de quienes declaran haber tenido un encuentro cercano del tercer tipo. Sin embargo, lo que sí cabe es argumentar respecto a lo razonable o no de las estimaciones de pobreza existentes y sus implicaciones.

Un primer elemento a examinar es la información en las que las mediciones se basan. Entre 1992 y 2006 la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) ha mantenido una razonable comparabilidad en su información; sin embargo, en 2005 presenta datos que, sin ser necesariamente incorrectos, son anómalos. Así, tras ocho años de una gradual pero continua reducción de la pobreza esta tendencia se interrumpe con un pequeño salto. Más desconcertante es que de 2005 a 2006 la pobreza presenta enormes caídas pues, por ejemplo, abandonan la alimentaria cerca 4 millones y medio de personas, casi la mitad del logro del sexenio.

El 2005 fue un año excepcional para la ENIGH pues, por una parte, no estaba contemplado su levantamiento para dicho año, quizás porque la difusión de sus resultados habría coincidido con el periodo electoral de 2006, cuestión que finalmente no sucedió argumentándose razones técnicas. Por otra parte, el levantamiento de la información y la realidad misma se vieron afectados por una de las más destructivas temporadas de huracanes en la historia, que asoló particularmente el sureste del país. De esta forma es factible que los datos de 2005 no sean los que más fielmente reflejen el comportamiento normal de la distribución del ingreso del país.

Un segundo cuestionamiento corresponde al método que hoy sigue el Coneval para identificar a las personas pobres, basado en el ingreso, pues sólo consideraría una dimensión del fenómeno y no las carencias de otro tipo no expresadas en un valor monetario. Esto, sin embargo, es un malentendido. La pobreza “de ingreso” del Coneval es multidimensional, pues capta ya carencias de alimentación, salud y educación, entre otras, aunque resumidas en la idea de si los recursos alcanzan o no para atenderlas. En otras palabras, el ingreso no es una dimensión de la pobreza, es la unidad de cuenta para resumir la información sobre sus dimensiones.

Pese a ello, el Coneval deberá mejorar la medición de la pobreza. Esto incluye considerar el consumo de bienes inevitablemente compartidos en el hogar (la vivienda y sus servicios, por ejemplo) y la composición de los hogares, es decir, si en ellos predominan hombres o mujeres y de qué edades. Sin embargo, no es razonable afirmar que al incorporar estos factores se revertiría la reducción reportada en la pobreza. El Comité Técnico de Medición de la Pobreza (CTMP), antecesor del Coneval, ha mostrado evidencia en este sentido (ver Székely, M. Números que mueven al mundo: la medición de la pobreza en México, Miguel Ángel Porrúa, 2005).

Lo anterior no significa que el descenso de la pobreza haya hecho redundantes programas como Oportunidades o innecesaria una reforma fiscal para reforzar este y otros programas. Todo lo contrario, pues los avances en la reducción de la pobreza tienen una dificultad y un costo creciente. Así, en los últimos años los progresos han sido cada vez menores. Entre 1998 y 2000 la pobreza general se redujo en más de 10 puntos porcentuales, pero entre 2004 y 2006 esta reducción fue apenas de poco más de cinco puntos. Esto ocurrió pese a que Oportunidades tuvo su mayor expansión en el sexenio pasado.

El hecho de que en 2006 existan 4 millones 269 mil hogares elegibles para beneficiarse de Oportunidades y que dicho programa esté atendiendo a 5 millones no significa excesos presupuestales a ser recortados. Más bien esto quiere decir que la pobreza que falta por combatir es la más persistente y que se requiere expandir el objetivo de reducir la pobreza a la pobreza en general, y no sólo a la de cierto nivel. Pero para ello se requieren recursos que en estos momentos no están disponibles. Este es un problema realmente serio, y no la búsqueda del Santo Grial de la verdadera y exacta pobreza.

rodolfo.delatorre@prodigy.net.mx

Director del IIDSES de la Universidad Iberoamericana

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