Miguel Carbonell
En el debate de las últimas semanas sobre el informe presidencial ninguno de los principales involucrados ha hecho referencia alguna al papel de la ciudadanía. Todos parecen haberse limitado a exponer sus propios puntos de vista, marcados siempre por intereses políticos de corto o largo plazo, sin pensar por un momento en qué sería lo mejor para el ciudadano.
Desde luego que el informe presidencial es un acto en el que el titular del Poder Ejecutivo informa a los representantes populares del estado que guarda la administración pública (así lo ordena el artículo 69 constitucional), pero también es una oportunidad para que todos podamos escuchar el recuento de lo que han hecho el presidente y sus colaboradores. El mensaje que hasta antes de 2006 siempre había presentado en la tribuna del Congreso el presidente durante el 1 de septiembre puede ser una gran oportunidad para informar a la opinión pública sobre lo que se ha realizado y lo que falta por hacer.
La propuesta de Calderón para llevar a cabo un debate con los legisladores apunta claramente en esa dirección, pues permite a la opinión pública contrastar puntos de vista, escuchar los argumentos y contraargumentos de los partidos en el gobierno y en la oposición, así como llegar a sus propias conclusiones respecto de la veracidad y pertinencia de lo dicho por todos los protagonistas. Es un cambio que valdría la pena hacer, si en verdad queremos dejar atrás el formato rígido y aburrido que actualmente tenemos.
La idea de que “no existen condiciones políticas” para celebrar el debate que propone Calderón me parece que refleja las escasas convicciones democráticas de algunos partidos políticos representados en el Congreso de la Unión. La democracia se caracteriza precisamente por la presencia permanente del diálogo, del debate, del enfrentamiento de las ideas y de las propuestas. Negarse a debatir en público sobre cuestiones de interés común que nos afectan a todos los habitantes de México es de una mezquindad política del todo reprobable.
Hay políticos que prefieren seguir hablando pero en lo oscurito, para poder sacar mayores ventajas de negociaciones que si llegaran al conocimiento ciudadano seguramente generarían un gran escándalo.
Pese a que con toda probabilidad no podrá debatir con los diputados y senadores, Calderón todavía cuenta con una gran oportunidad para dirigirnos a todos un informe que tenga impacto, que se salga de lo rutinario y acartonado del formato tradicional. Podría llegar al Congreso el 1 de septiembre llevando bajo el brazo un paquete de iniciativas sobre los grandes temas que prometió atender en su campaña presidencial: la reforma laboral, la reforma energética, la reforma fiscal modificada, la reforma del Estado, la reforma educativa.
La simple presentación de un paquete de reformas merecería el aplauso de muchos, pues permitiría identificar el rumbo que el Presidente quiere seguir durante el resto de su mandato, alejándose de esa especie de navegación a la deriva que caracterizó el mandato de su antecesor. A Calderón le ha dado muy buenos dividendos políticos dar ciertos pasos antes de que los diera la oposición; ojalá lo siga haciendo el día del informe.
Durante décadas el régimen autoritario que gobernó México hizo del 1 de septiembre el día del presidente, el día del besamanos, del baño de multitudes, de la pleitesía sin límites y sin pudor alguno. Ahora que México está en una etapa de consolidación democrática tan importante, sería bueno que la clase política nos demostrara que también ellos han aprendido algo sobre el valor que en una democracia tiene el diálogo. ¿Lo habrán aprendido ya?
www.miguelcarbonell.com
Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM
