El rugido del cine tuxtleco

-El legado de “Va por Diego” y el valor de apostar por Chiapas

Paco Ramírez

Tuxtla Gutiérrez no suele verse a sí misma como tierra de cine. Y sin embargo, hace cinco años, un joven cineasta chiapaneco le demostró al mundo exactamente lo contrario.

En 2021, Miguel Flatow tomó una decisión que muchos consideraron una locura: filmar una película íntegramente con teléfonos celulares, en las canchas de fútbol llanero, en los barrios populares y en las calles de nuestra ciudad. Sin estudio, sin millones, sin la maquinaria de la industria. Solo una historia auténtica, talento local y la convicción de que Tuxtla tiene algo que decirle al mundo.

El mundo le respondió. Va por Diego ganó el premio a Mejor Largometraje de Narrativa en el Cannes World Film Festival y terminó en las pantallas de Netflix. El nombre de Tuxtla Gutiérrez llegó a donde ningún comunicado de prensa lo hubiera llevado.

Pero las buenas historias no se hacen solas.

Detrás de esa película estuvo el trabajo de su hermano Jacob Flatow y del productor y actor Manolo Hoppenstedt — quien además de coordinar la producción ejecutiva dio vida al personaje de Manuel Acuña con una entrega que los propios actores del elenco reconocen. Y junto a él, como en todo proyecto que vale la pena, estuvo su familia.

Manolo Hoppenstedt y su esposa, la diputada María Mandiola, representan algo que Tuxtla necesita con urgencia y que pocas veces tiene: ciudadanos con recursos propios — construidos con trabajo lícito y esfuerzo privado — que eligen quedarse, arraigar y apostar por su ciudad en lugar de voltear hacia otros horizontes más cómodos. No como filantropía de escaparate. Como convicción.

Apostar por el cine independiente en Chiapas no es un negocio. Nadie pone dinero en una película filmada con celular esperando un rendimiento financiero. Es un acto de fe en el talento local. Es creer que las historias de nuestros barrios tienen dignidad estética y que merecen ser contadas — y vistas — en cualquier pantalla del mundo.

Hay quienes critican que personas con patrimonio y trayectoria empresarial participen en la vida pública de Tuxtla. Es una crítica que confunde el origen de los recursos con el uso que se les da. No es lo mismo tener dinero para guardarlo que tener dinero para invertirlo en los tuyos. Manolo Hoppenstedt no produjo Va por Diego para ganar votos ni para aparecer en una foto de prensa. Lo hizo porque creyó en Miguel Flatow cuando pocos creían, porque apostó por el talento del profesor Carlos Ariosto y de todo el elenco tuxtleco, y porque entendió algo que los discursos políticos rara vez entienden: que una ciudad se construye también desde la cultura, desde el arte y desde la valentía de quien arriesga su propio capital por una causa que no le da nada a cambio más que orgullo.

Eso se llama ciudadanía real.

Va por Diego sigue siendo un faro. Nos recuerda que nuestras historias urbanas tienen potencia. Que los barrios populares de Tuxtla son tan cinematográficos como cualquier calle de Ciudad de México o Buenos Aires. Y que el liderazgo genuino de una ciudad — en cualquier trinchera, legislativa, cultural o empresarial — se mide por lo que se le aporta a ella, no por lo que se le extrae.

 

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