El ocaso del PRD

Ramón Cota Meza

Las apabullantes derrotas del PRD en las últimas cinco elecciones estatales —aun en estados donde se podía esperar de él un desempeño al menos decoroso— parecen marcar su ocaso como fuerza política importante. Como si esto no fuera suficiente, el partido se dispone ahora a escenificar un nuevo zafarrancho en el Congreso para boicotear el informe del presidente Calderón. Pareciera ignorar que fueron precisamente desplantes de ese tipo los que lo enajenaron del electorado.
Pero no lo ignora: es que no puede actuar de otro modo porque su ánimo levantisco y retobado forma parte de su identidad. Aun viendo que tal conducta lo perjudica, no la podría superar porque se obligaría a corregir muchas otras ideas y actitudes, tanto que la imagen de sí mismo se derrumbaría. De ahí su propensión a culpar a otros de sus propios errores. Sus derrotas no son atribuibles a la propia práctica, sino al sistema electoral o cualquier otro ente.

Desde cuarteles pensantes se postula la idea de que la debacle del PRD se explica por su adopción de la ideología del nacionalismo revolucionario. Una vasta producción bibliográfica y panfletaria ahora ilegible testimonia que tal mutación ideológica empezó a ocurrir a principios de los 70, de modo que cuando el PRI se dividió a mediados de los 80, la izquierda estaba aclimatada para unirse al neocardenismo, con el que alcanzó su mayor fuerza.

La teoría de que la desgracia de la izquierda fue haber adoptado el nacionalismo revolucionario no explica cómo tal ideología coincide con su momento de mayor fuerza y parece sugerir que entonces habría habido o hay una opción ideológica correcta. Lo que ocurrió fue más prosaico. Como consecuencia del desenlace de 1968, la izquierda desarrolló un sentimiento de superioridad moral en exceso de sus posibilidades reales, lo que desembocó en una diversidad de corrientes sectarias.

Eventualmente, tales corrientes se unieron bajo el liderato de Cuahutémoc Cárdenas, de modo que la ideología nacionalista revolucionaria amortiguó tensiones entre ellas sin superarlas. Conforme la reforma política enriqueció a los partidos, las corrientes galvanizaron económicamente el sectarismo en apariencia superado. Las disputas ya no eran sobre cuál secta tenía la verdad, sino cuál era más capaz de distribuir puestos y recursos.

El liderato y la candidatura presidencial del Innombrable II reeditó las circunstancias del neocardenismo con más fuerza. A muchos nos pareció que la izquierda ahora sí ganaría y abriría un cauce para la transformación del país, pero —pequeño detalle— ésta no estaba preparada para aceptar su derrota. A diferencia de Cárdenas, el Innombrable II estaba dispuesto a estirar la tensión al límite, manipulando irresponsablemente el sentimiento de superioridad moral de sus huestes.

En la práctica, la ideología del nacionalismo revolucionario —cualquiera que sea su significado— no ha sido una tara, sino un amortiguador de las tensiones sectarias de la izquierda. Es probable que no sirva para más, pero su utilidad no ha sido poca cosa. Más aún, es preferible un nacionalismo revolucionario chato a un multiculturalismo amorfo y disolvente basado en demandas del cuerpo humano y cosas por el estilo.

Mientras la tendencia al vasallaje global continúe, diversas versiones de ideologías nacionalistas seguirán pugnando por afirmarse, como es evidente en muchos países, incluido Estados Unidos. Por desgracia, la izquierda mexicana ya dio todo lo que iba a dar. Su derrota no fue ideológica sino moral: fue incapaz de reconocer los límites de su libertad en la libertad de los otros. Formaciones de derecha y centroderecha podrían ocupar su lugar con los matices del caso.

Es probable que las formaciones ideológicas tipificadas como derechistas estén experimentado su propia transición para incluir nuevos intereses. A medida que la desaparición de la izquierda del espectro político se vuelva evidente, sus adversarios históricos se sentirán más libres de traspasar sus propios confines ideológicos con iniciativas de reforma social impensables en otras circunstancias. Nadie es indispensable, los vacíos de poder tienden a ser llenados y “todo lo sólido se desvanece en el aire”.

blascota@prodigy.net.mx

Analista político

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