Abstencionismo

Lorenzo Córdova Vianello

En las elecciones locales del 5 de agosto otra vez se presentó un fenómeno que poco a poco tiende a convertirse en rutinario, el abstencionismo, al grado de que hoy los procesos electorales en los que la participación ciudadana supera 50% son cada vez menos frecuentes. Los resultados nos indican que en Baja California y Oaxaca (Aguascalientes fue una excepción con un índice de asistencia a las urnas cercano a 60%) alrededor de seis de cada 10 ciudadanos con derecho a votar no lo ejercieron.
El abstencionismo implica, en sí, un déficit del sistema democrático. Ello es así porque si bien los órganos representativos se instalan legalmente con independencia de la participación ciudadana en las elecciones, las decisiones que toman esos órganos (las decisiones colectivas de esa sociedad) en realidad no reflejan la voluntad mayoritaria de quienes están obligados por las mismas (y de eso depende en realidad su carácter democrático; no por nada se dice que la “regla de oro” de la democracia es que la mayoría decide).

Se trata, hay que remarcarlo, de decisiones válidas, desde un punto de vista político y jurídico, que tienen por ello plena obligatoriedad para todos los miembros de la sociedad. Sin embargo, son decisiones adoptadas por la representación mayoritaria de una minoría política que en los hechos se les impone a todos los demás.

Lo anterior revela con toda claridad la grave distorsión que en términos de representación democrática conlleva el abstencionismo. En realidad, quien se abstiene no hace otra cosa más que desentenderse de las decisiones que al fin y al cabo lo obligan, como a todos los demás. En tales condiciones, la democracia se vacía de significado y acaba siendo sustituida por un sistema seudodemocrático en el que sólo unos cuantos se identifican realmente con las decisiones colectivas y el resto vive una situación de heteronomia, en la cual otros deciden por ellos. En ese sentido, el abstencionismo refleja a la figura del conformista, del indolente y del desinteresado, por no decir de aquella figura que en el ámbito de la filosofía política se conoce como la del “esclavo contento”.

Una sociedad “democrática”, caracterizada por un alto y reiterado índice de no-participación en las elecciones, termina por asemejarse más a una especie de oligarquía electiva en la que sólo la voluntad de algunos, de quienes no se dejan arrastrar por la apatía y el conformismo, prevalece y se impone como voluntad del Estado a todos los gobernados.

Hacer aquí un análisis exhaustivo de las razones que provocan el abstencionismo resultaría imposible, en buena medida porque confluyen un sinnúmero de causas muy variadas: económicas, políticas, sociales, culturales, religiosas, educativas, poblacionales y hasta naturales (como el clima que prevalecía hasta el día de los comicios). Quisiera abordar aquí sólo una de las razones políticas (la que creo es la más preocupante en términos democráticos): el descrédito de la política.

La creciente desconfianza en la política como un mecanismo eficaz para resolver pacíficamente los innumerables problemas de la sociedad trae consigo un indudable alejamiento del ciudadano “de a pie” frente a la clase política, la cual es vista como algo pernicioso, ocioso y, en todo caso, alejada de la realidad y de los intereses cotidianos de la gente.

Se trata de un fenómeno que va aparejado a una crisis de los valores cívicos que va de la mano del vaciamiento de contenidos programáticos e ideológicos que ha venido caracterizando al discurso político, particularmente durante las campañas electorales. Ello, sumado al distanciamiento cada vez mayor entre las cúpulas dirigentes de los partidos políticos con sus bases de militantes, la falta de ofertas y contenidos políticos en los programas de cada uno de ellos, la falta de liderazgos (o en su caso, al contrario, el efecto inverso de liderazgos que derivan de formas caciquiles), así como la mercantilización y mediatización (con la consecuente banalización y simplificación) de las campañas electorales, acaba planteando un complcado escenario.

Efectivamente, la desconfianza en la política, en los partidos, en los políticos y en muchas de las instituciones fundamentales del estado democrático de derecho (en primer lugar de los parlamentos) está convirtiéndose, paradójicamente, en una característica cultural cada vez más difundida entre nosotros.

Los políticos tampoco ayudan. Las campañas negras y la falta de programas e ideas están volviéndose algo “normal” en los procesos electorales y eso, hay que empezar a hacernos cargo, tiende a ahuyentar a los electores. A nadie le conviene el abstencionismo más que a los falsos demócratas —y de esos, hay que decirlo, hay muchos.

Profesor e investigador de la UNAM

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