Educar el ingenio

Julián López Amozurrutia

Los mexicanos somos ingeniosos. La habilidad que manifestamos en los más diversos campos para inventar novedades o resolver problemas es sorprendente. Basta acudir al más modesto taller mecánico para quedar perplejos ante las múltiples soluciones ofrecidas a cualquier desperfecto técnico. Visitando los negocios más variados, desde carpinterías hasta empresas de cómputo, encontramos siempre la chispa genial que descubre nuevas posibilidades a los utensilios y los maneja alterando la más rigurosa costumbre.
En la escuela, lamentablemente, el ingenio se manifiesta con frecuencia en la habilidad desarrollada por muchos estudiantes para evitar el estudio y realizar trampas que les permitan sobrellevar las cargas académicas. Las especies de “acordeones” superan las variables más sofisticadas de insectos y animales marinos. La creatividad se ha orientado, en muchos casos, no a la propuesta positiva, sino al fraude sistemático, a la violación de la norma.

Combinada con lo que Lipovetsky llamó la “ética indolora de los nuevos tiempos democráticos”, la moderna astucia nacional evade el esfuerzo del compromiso formal, y en ello la escuela sí cumple su vocación de incorporar al individuo a la cultura reinante: tal vez no se aprendan el español y las matemáticas, pero se socializan las ocurrencias, se genera complicidad en torno a la estafa e incluso se erige al charlatán en personaje digno de encomio. Por más que la publicidad pregone “yo no doy mordidas”, en muchas ocasiones son nuestros centros educativos los que van capacitando a los corruptos del futuro.

En las últimas semanas hemos sido testigos de cómo el debate en torno a la educación ofrecido en nuestro país no ha alcanzado la madurez necesaria para llegar a propuestas institucionales cabales. Una vez más hemos visto politizada y polarizada la argumentación.

Con gusto nos enteramos de éxitos internacionales de estudiantes mexicanos y de reconocimientos a inventos realizados en nuestros centros de investigación y estudio. Pero estos triunfos lo que hacen es poner el dedo sobre la dolorosa llaga de nuestro sistema educativo. Se evade demostrar la situación real de los maestros, se retratan penosamente los resultados en las evaluaciones nacionales, se evitan las comparaciones con sistemas educativos de otros países.

Es verdad que requerimos de estímulos positivos, pero éstos difícilmente se convertirán en un modo de ser si no van acompañados por el reconocimiento objetivo de la situación y el esfuerzo necesario para transformarla.

Sería interesante buscar las estrategias para aprovechar y encauzar el ingenio. La inteligencia ahí está: es necesario forjarla con la disciplina, con la fascinación por su cultivo, con la confianza en sus propias posibilidades.

Hace tiempo que la memoriza-ción pasó de moda, dejando a la erudición en un estado semejante al de muchos museos abandonados. Así, las variables lingüísticas y de ideas con las que cuentan nuestros niños y jóvenes estrecharon sus horizontes. A la pobreza económica la acompaña y supera la pobreza cultural. También se abandonó la “competencia” para evitar la discriminación. El resultado no ha sido la superación de todos, sino la caída de los estándares comunes al mínimo.

Aventurando una hipótesis, el hecho de que el ingenio sea utilizado de manera fraudulenta puede deberse a la falta de autoestima. En el fondo, muchos no creen en la posibilidad de llegar a fraguar una sociedad honesta. Ello esconde, tal vez, un sentimiento de inferioridad, en el que la trampa funciona como un mecanismo de defensa. Una posibilidad de salir de este círculo vicioso sería aprovechar el mismo ingenio, dando a los estudiantes la satisfacción de su uso positivo.

teyamoz@prodigy.net.mx

Sacerdote y teólogo católico

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