Javier Corral Jurado
Grotesca ha resultado la respuesta que el grupo español Prisa —responsable de administrar a Televisa los contenidos de Radiópolis— ha dado a la reacción social generada tras la cancelación del programa de Carmen Aristegui en W-Radio.
Echando mano de la calumnia, propala entre quienes se han mostrado solidarios con la periodista que entre las causas verdaderas de la no renovación de su contrato está el que la conductora comercializaba directamente sus contenidos (lo que en el argot periodístico se llama “broker”) y que, en una absoluta contradicción a esto mismo, también ejercía un veto a ciertos anunciantes, pretendiendo relacionarla con el boicot que López Obrador impuso a empresas que colaboraron con la campaña electoral de Felipe Calderón.
Desde las páginas de Proceso Carmen Aristegui ha denunciado la falsedad de estas imputaciones y ha alertado del desprestigio que le quieren causar, ante su evidente victoria en la opinión pública.
Sucia maniobra y pobre respuesta de quienes fueron emplazados a precisar públicamente con cuáles de los atributos profesionales del quehacer periodístico de la conductora no estaban de acuerdo, y que explicaran cuál es el “modelo editorial” que proponen para la radio que manejan, ilegalmente, en México.
Pero contrario a ese llamamiento que ha cruzado una inusitada convergencia y pluralidad política, social y cultural, digno fenómeno de ser analizado por los estudios de comunicación, la empresa española siembra dos estrategias burdas e inútiles para distraer la atención y confundir. Hasta ahora parece que nadie ha caído en el engaño, aunque no son pocos los que se prestan a ejecutar la maniobra, sin importarles a algunos de esos mismos operadores del embuste provenir de esquemas de censura en el que muchos de los atropellos no fueron certificados ante notario público.
A la patente falta de respeto por el interés del público que hasta el viernes 4 de enero había tenido esa emisora ha seguido la pretensión de distraer la verdadera discusión del asunto, al tratar de reducir la decisión de Prisa-Televisa a cuestiones operativas, con las que nos quieren meter al detalle de asuntos menores y hacernos olvidar el contexto y que fue la empresa y no la periodista la que ya no quiso concretar en cláusulas específicas para el contrato sus propuestas de “nuevo modelo de reorganización”. Fue la empresa la que rompió la negociación tras comunicarle finalmente la decisión de no contratarla más bajo ninguna circunstancia, ni nueva ni actual.
Quieren crear una dinámica que reduzca la cancelación de su noticiero y la renovación de su contrato a asuntos de importancia menor. Cuando el contexto y los diversos cambios que se fueron operando en W-Radio, según lo explica Aristegui en la citada entrevista que le hace Jenaro Villamil en Proceso, fueron dismuyendo la responsabilidad directa sobre la información, lo que Carlos Loret de Mola llamó, al momento de su salida, una reducción de su “capacidad de maniobra”.
La semana pasada escribí que en realidad nunca se atrevieron a plasmar contractualmente los cambios que pretendían hacer en el manejo editorial porque resulta muy complicado plasmar limitaciones a ese ejercicio profesional; ahora sabemos que lo pretendieron esconder con un cúmulo de planteamientos de formato, de horarios y cortes, razones que plantearon en cabildeo directo a diversos actores y directivos de medios.
Es penoso el giro que le quieren dar. Además de tratar de descalificar el trabajo de Aristegui y los resultados globales del programa por cuestiones tan menores como si alguna vez llegó tarde, ahora se pretende sembrar la idea de que ella es la responsable de su salida, y de que en el mayor nivel de audiencia (rating) de su programa también es responsable de los números rojos de W-Radio, por los que no pudieron o no quisieron comercializar su programa los mismos que no hicieron nada ante la falla técnica más larga e irresuelta en la historia del satélite que sacó su programa de Sky, o los que decidieron bajar los promocionales de su producción a lo largo de la programación general de W, o los que decidieron omitir su imagen y nombre en la campaña publicitaria de la estación en otros medios, y no dar a conocer sus ratings cuando su propia competencia lo hacía por ellos. Y a esa penosa conducta ética ha seguido la cobardía de la difamación y la calumnia. ¡Qué chaparrones nos resultaron los de Prisa!
No hay que buscarle tres pies al gato. Las preguntas son sencillas y el asunto más de fondo: ¿por qué se decide cancelar un programa cuando se encuentra en su mejor nivel de audiencia, reconocimiento y referencia en la opinión pública? La decisión, ¿fue realmente de reorganización empresarial o de reacomodo político de Prisa en relación con los intereses políticos y económicos de su socio Televisa, y en relación con el poder en México?
Profesor de la FCPyS de la UNAM
