Jorge Chabat
En las épocas doradas del priísmo se decía que el verdadero “destape” del candidato oficial ocurría una vez que éste se sentaba en la silla presidencial y tenía todo el poder. En ese momento era cuando se sabía quién era realmente el Presidente.
Hasta entonces el “preciso” en cuestión no había mostrado su verdadero carácter pues se había dedicado a fingir, a acomodarse, para lograr el poder. Y eso era cierto en buena medida. Hasta que no se sentaba en la silla el Presidente no se sabía cuál era su ideología real, ni sus amigos o enemigos.
El poder permitía, pues, conocer al verdadero político, no al que actuaba sólo de acuerdo a su pura conveniencia. Este diagnóstico resultó ser muy cierto hasta fines del siglo pasado. Sin embargo, conforme los márgenes del poder presidencial se estrechaban, los presidentes tenían que continuar acomodándose a las circunstancias sin mostrar su verdadera personalidad. Eso fue lo que ocurrió con el presidente Zedillo, quien tuvo tantas piedras en el camino que en realidad no mostró claramente quién era hasta el final de su sexenio cuando con ojeras artificiales anunció la victoria de Vicente Fox y la derrota del PRI.
A diferencia de Zedillo, Fox mostró claramente quién sería desde el inicio de su gobierno: un Presidente muy diferente del candidato. La razón era muy simple: Fox llegó a la Presidencia con márgenes muy amplios, incluso para cometer una larga serie de imprudencias.
A diferencia de su antecesor, Felipe Calderón llegó al poder con márgenes muy estrechos. Su triunfo sobre el candidato de la izquierda, Andrés Manuel López Obrador, no sólo fue muy apretado sino puesto en duda por una parte de la opinión pública. Adicionalmente, el PRD decidió inicialmente no negociar con Calderón y el PAN se la pasó todo 2007 poniéndole piedritas en el camino a quien fuera su candidato presidencial. Frente a este panorama Calderón se dedicó a quitar las tachuelas de su silla.
En su propósito de ganar legitimidad, el nuevo Presidente buscó mantener equilibrios políticos y cuidar cada una de sus decisiones. Así, al inicio de su gobierno, su gabinete incluyó a varias mujeres y a uno que otro priísta moderado. Ello le abrió canales de comunicación con una parte de la clase política y calló la boca a quienes acusaban a los panistas de machistas.
También en su equipo Calderón incluyó a varios miembros del PAN para pagar favores y mantener equilibrios. Algunos de estos panistas no parecían ser particularmente eficaces —y mostraron no serlo—, pero obviamente su nombramiento respondía a una lógica de legitimación. Sin embargo, a pesar de todas las adversidades, en este primer año, el gobierno de Felipe Calderón logró impulsar una reforma fiscal más o menos aceptable, la reforma del ISSSTE y una reforma electoral que si bien tiene a algunos medios con el hígado reventado, le ha permitido establecer canales de comunicación con una parte del PRD.
Adicionalmente, pudo desembarazarse de Manuel Espino de la presidencia panista y acorralar a López Obrador con una política exterior de corte priísta. Como se ve, durante su primer año de gobierno, Calderón ha podido tomar las riendas del poder y todo indica que en 2008 vamos a ver a un Presidente actuando con más margen de maniobra y sin hacer tantas concesiones a su entorno político. En otras palabras, el “destape” de Calderón apenas comienza. En 2008 vamos a ver al verdadero Calderón, moviendo sus piezas en el tablero de la política.
La primera gran manifestación de este “destape” son los relevos en el gabinete. Como varios analistas habían previsto, ya hay cambios en el equipo del Presidente. El primer cambio es el de Beatriz Zavala, secretaria de Desarrollo Social, quien ha sido sustituida por un hombre del Presidente: Ernesto Cordero. Más significativo es el cambio en la Secretaría de Gobernación. Francisco Ramírez Acuña, quien tuvo el gran mérito de destapar a Calderón para la Presidencia cuando sus bonos no estaban muy altos, pero que nunca le encontró la cuadratura al círculo en las oficinas de Bucareli.
Su sucesor, Juan Camilo Mouriño, es, a no dudarlo, “el hombre del Presidente”, su mano derecha y su operador político y será una pieza clave en las negociaciones con el Congreso en 2008. Se podrá criticar la falta de experiencia de Mouriño, pero lo que sí está claro es que después de siete años de tener secretarios de Gobernación de bajo perfil, ahora habrá en Bucareli alguien que se tomará en serio su chamba. El sexenio acaba de comenzar.
jorge.chabat@cide.edu
Analista político e investigador del CIDE
