¿Y cuándo será el Día Estatal de la Oración por Chiapas? /Marco Tulio Carrascosa

-Reflexiones después del Mam Pride y sobre las prioridades espirituales de nuestro estado

El pasado 13 de junio, Tuxtla Gutiérrez fue sede del Festival Mam Pride, un evento que reunió a integrantes y simpatizantes de la comunidad LGBTQ+ en un ambiente de celebración, visibilidad y participación social.

Más allá de las opiniones que cada ciudadano pueda tener sobre este movimiento, existe un hecho político que merece análisis.

El gobierno de Chiapas ha mostrado disposición para reconocer y visibilizar a esta comunidad, incluyendo acciones orientadas a fortalecer su presencia dentro de la agenda pública estatal.

Eso abre una pregunta legítima.

Si el gobierno considera importante reconocer sectores específicos de la sociedad chiapaneca mediante fechas conmemorativas y acciones institucionales, ¿por qué no impulsar también un reconocimiento formal a una de las comunidades que más ha contribuido históricamente a la vida espiritual, social y comunitaria de Chiapas?

Porque hay un dato imposible de ignorar.

Chiapas es uno de los estados con mayor porcentaje de población cristiana evangélica en México.

Miles de iglesias.

Miles de congregaciones.

Miles de familias comprometidas con labores comunitarias.

Centros de rehabilitación.

Programas de apoyo social.

Acciones de asistencia humanitaria.

Trabajo voluntario.

Orientación familiar.

Y una presencia que ha influido profundamente en la identidad cultural de nuestro estado.

Por eso resulta válido plantear una propuesta.

¿Por qué no instituir oficialmente el Día Estatal de la Oración por Chiapas?

No como una imposición religiosa.

No como una exclusión hacia nadie.

Sino como un reconocimiento a una comunidad que durante décadas ha contribuido al tejido social chiapaneco.

La propuesta podría establecerse para celebrarse cada año el tercer sábado de noviembre, iniciando el próximo 21 de noviembre de 2026, mediante un decreto firmado por el Ejecutivo estatal.

La oración ha formado parte de la historia de los pueblos desde tiempos antiguos.

Más allá de posiciones ideológicas, millones de personas encuentran en ella fortaleza emocional, esperanza, reconciliación familiar, orientación moral y sentido de comunidad.

Diversos estudios han señalado que las comunidades con una vida espiritual activa suelen generar mayores niveles de participación social, apoyo comunitario y resiliencia frente a las crisis.

Y en un estado que enfrenta desafíos como pobreza, violencia, adicciones, migración, desintegración familiar y rezago educativo, toda iniciativa que fortalezca valores, cohesión social y esperanza merece ser considerada.

Como está escrito:

“Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra.”
(2 Crónicas 7:14)

La pregunta entonces es inevitable.

Si existen reconocimientos oficiales para diversas expresiones sociales y culturales, ¿por qué no reconocer también el valor de la oración como una práctica que durante generaciones ha acompañado la vida de miles de chiapanecos?

Aquí es donde la conversación debe elevarse.

Porque no se trata de competir entre causas.

No se trata de enfrentar comunidades.

No se trata de dividir a Chiapas.

Se trata de reconocer que una sociedad democrática puede escuchar distintas voces.

Y si existen fechas para reconocer diversas expresiones sociales, también debería existir espacio para reconocer a una comunidad de fe que ha contribuido significativamente a la vida pública del estado.

La iglesia tiene además una responsabilidad que va mucho más allá de pedir reconocimientos.

Su misión principal sigue siendo servir.

Orar.

Acompañar.

Formar familias.

Levantar generaciones con principios.

Atender necesidades sociales.

Y convertirse en un agente de transformación positiva.

Porque la verdadera influencia espiritual no nace de los decretos.

Nace del ejemplo.

Nace del servicio.

Nace del compromiso con la verdad.

Las Escrituras también nos recuerdan:

“Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada?… Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder.”
(Mateo 5:13-14)

Ese llamado no fue dirigido a políticos.

Fue dirigido a creyentes.

Y quizá ahí se encuentra la reflexión más profunda de esta discusión.

La iglesia no debe esperar que el gobierno haga todo.

Debe asumir el papel que le corresponde como agente de transformación espiritual y social.

Debe levantar la voz cuando sea necesario.

Debe servir cuando otros se apartan.

Debe construir cuando otros destruyen.

Debe orar cuando otros se desesperan.

Y debe convertirse en una referencia moral para una sociedad cada vez más confundida.

Si Chiapas puede decretar días para reconocer diversas causas sociales, también puede reconocer la importancia de la oración, de la fe y de una comunidad que durante generaciones ha contribuido a la construcción de familias, valores y esperanza.

Porque una tierra sin principios pierde dirección.

Pero una tierra que ora, trabaja y actúa con fe siempre encuentra un camino hacia la restauración.

Quizá ha llegado el momento de abrir esta conversación.

Y quizá también ha llegado el momento de que el Ejecutivo estatal considere hacer justicia a una comunidad que durante décadas ha sido parte fundamental del tejido social chiapaneco.

Porque reconocer la importancia de la oración no divide a la sociedad.

La fortalece.

Hasta la próxima… ✒️

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