¿Y ahora?

Leonardo Curzio

La política exterior de Felipe Calderón está pendiente de ser evaluada. El cambio de talante respecto a Estados Unidos no ha dado hasta el momento frutos en el ámbito migratorio y a reserva de conocer los detalles del Plan México para la lucha antinarco que se darán a conocer en la próxima cumbre de ASPAN, hasta ahora no hay nada tangible que se pueda festinar. Con América Latina las relaciones tienden a una cordialidad y una fluidez apreciables, pero hasta el momento no hay mucho más que muchas sonrisas y apretones de mano. El tiempo lo dirá.
Sin embargo, en el ámbito interno la política exterior ha sido un éxito rotundo. Me explico. Las principales críticas que se formularon desde el PRI y el PRD a la administración de Vicente Fox por el manejo de las relaciones exteriores del país, han sido subsanadas. Las eternas quejas sobre nuestra relación con Latinoamérica hoy ya no tienen sentido y si hubiese algo parecido a la cortesía política deberían hacer una señal positiva, pues una buena parte de sus señalamientos críticos han sido atendidos.

En pocos meses el gobierno ha logrado mantener el proceso de descompresión que se venía dando en las relaciones con Cuba y ha reestablecido el intercambio de embajadores con Venezuela, cosa que se suponía altamente improbable todavía en el mes de febrero de este año. Los principales mandatarios de América Latina (Bachelet, Kirchner, Lula e incluso el legendario Daniel Ortega) han visitado México. Ya sin tantos sobresaltos o cuestiones anecdóticas de por medio, la política exterior del país deja de ser un problema de política interna. Los nacionalistas revolucionarios, latinoamericanistas y hasta los chavistas no tienen ya el agravio que se decía el gobierno de Fox había causado al subcontinente y por lo tanto queda despejada la arena interna.

Otro éxito importante en política interna es condenar a morir de inanición la tesis del fraude electoral y el gobierno ilegítimo. El aislamiento internacional del obradorismo reduce su influencia política. No hay gobernante extranjero que no haya tenido intercambios e incluso recibido honores de gobiernos o representantes del PRD, con lo cual AMLO ha quedado entre arrinconado, enredado y olvidado. Para Calderón, esa es una ganancia neta.

Sin diferencias serias sobre nuestras relaciones externas y con el dulce tono latinoamericanista que tanta aceptación tiene, hoy el frente interno se pacifica. La pregunta para el gobierno y las fuerzas políticas es, ¿y ahora qué? Los latinoamericanistas que tantas veces se indignaron por los disparates de Fox, ¿tienen algo que decir ahora o vamos a instalarnos en la placidez priísta de no hacer olas y gritar paz y amor a todos lados? ¿El gobierno tiene algún proyecto que vaya más allá del discurso genérico de una integración sin contornos ni calendarios?

El desafío intelectual no es menor, pues ya se les acabó el veinte de Fox y su fallido acuerdo migratorio y “el comes y te vas”. Seguramente lo añorarán porque les permitió muchos años pretender que estaban interesados en la proyección de México al exterior, pero que las torpezas del presidente arruinaban sus intentos. Con ese obstáculo fuera de escena y un entorno de reconciliación entre hermanos y de seriedad con Estados Unidos no queda más remedio que hablar de política exterior en serio.

Analista político

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