Identidad mexicana

Sara Sefchovich

Una de las búsquedas más persistentes en nuestra política y arte, literatura y filosofía, sicología y sociología, ha sido la de saber si existe una identidad mexicana y, de ser así, cuál sería.
La respuesta a esta pregunta empezó a quererse dar desde el siglo 16, cuando autores como Cervantes de Salazar, Balbuena y otros intentaron “captar lo esencial del carácter nacional mexicano”.

Hacia fines del siglo 18, los jesuitas expulsados de la Nueva España que extrañaban “su tierra”, la recordaban y mitificaban desde la distancia y los ilustrados criollos la recorrían, descubrían y describían para los suyos y para responder a la moda europea de desvalorizar a América y de considerar salvajes a los americanos.

En el siglo 19, los liberales deseosos de encontrar lo propio, imitan el costumbrismo español para “exponer flores de nuestros vergeles y frutas de nuestros huertos deliciosos”, como decía Guillermo Prieto y eligen para ello lo que la Colonia había desdeñado: lo rústico, lo pobre, lo sencillo, lo popular, La china, La polla, La cómica, El indio, El chinaco, El tendero, según José Tomás de Cuéllar, con sus costumbres y ambientes, sus giros lingüísticos, indumentarias, comidas, fiestas y vida diaria.

La búsqueda de la identidad toma vuelo después de la Revolución. Como dijo Manuel Gómez Morín, los intelectuales descubren que “existían México y lo mexicano” y entonces “nació el propósito de reivindicar todo lo que pudiera pertenecernos: el petróleo y la canción, la nacionalidad y las ruinas”.

La segunda mitad del siglo 20 pareció dejar atrás la preocupación por la identidad. “La Revolución se bajó del caballo y se subió al Cadillac”, fue la muy gráfica frase que acuñó un periodista y que daba fe del proceso al que Carlos Monsiváis calificaría de “intensa desnacionalización”, resultado “del auge de las clases medias y su terror ante la perspectiva de identificarse con el folclor o naufragar en esquemas mentales carentes de glamur o prestigio”.

A principios del siglo 21, en lo que parecería una paradoja, se produce, a pesar de los procesos globalizadores y de las nuevas tecnologías o quizá precisamente por eso, un regreso a la búsqueda de la identidad.

Sólo que ahora ya nadie parece ponerse de acuerdo en la respuesta. Algunos piensan que ella no existe porque “ni somos un pueblo ni una cultura homogéneos”, ni hay eso que se llama un “alma colectiva” o “alma nacional” como creyeron los liberales decimonónicos y como sigue afirmando Guillermo Tovar y de Teresa.

Otros en cambio piensan que sí y elaboran diferentes tesis de en qué consistiría. Para algunos la identidad se define por, se sostiene sobre y se manifiesta en una serie de conductas y costumbres que van desde el hablar o no una lengua y vestir o no de cierta manera hasta la elaboración y uso de ciertos productos y artefactos. Para otros, es el aspecto étnico aunque hay disputa entre quienes afirman que lo indio es depositario de lo específicamente mexicano y quienes dicen que lo mestizo.

Hay algunos que lo colocan en la historia, pero debaten sobre cuál momento del pasado se considera como el fundador, si el prehispánico o el colonial. Para algunos es la religión, y colocan al catolicismo guadalupano como esencia de lo mexicano. Esto, que fue dogma durante siglos, se tropieza hoy la realidad de que un buen porcentaje de la población no es católica y de todos modos es y se considera mexicana. Para algunos es la cultura, entendida como ciertas maneras de vestir, bailar, hablar, comer. Sólo que como ha mostrado Ricardo Pérez Montfort. Esas maneras consideradas “típicas” corresponden solamente a ciertos grupos (principalmente los rancheros del centro de México) y dejan fuera a los demás.

Está también lo simbólico, que son objetos, imágenes o sonidos que supuestamente despiertan en todos los habitantes del territorio emoción y lealtad: el nopal, los volcanes, la bandera, el águila, el himno, etcétera. Y hasta hay quien considera al código de cultura política al que un autor llama “priísmo” porque se pone de manifiesto en muchas formas de actuar y pensar independientemente de cuestiones políticas concretas.

En conclusión, que el tema de la identidad no está resuelto pero se sigue pensando en él, buscando lo que nos distingue de los demás, como quería Justo Sierra. Sabemos eso sí, que la identidad no es una esencia ahistórica o una realidad cristalizada, sino que existen, como dice Gilberto Giménez, múltiples y plurales “entramados de significación” que le dan diversas adscripciones identitarias a cada individuo y colectividad.

Escritora e investigadora en la UNAM

sarasef@prodigy.net.mx

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