José Luis Calva
Los incrementos en cascada de los precios internacionales de importantes productos agropecuarios -observados desde el cuarto trimestre de 2006 hasta el presente- parecen haber llegado para quedarse, por lo menos durante el bienio 2007-2008.
De hecho, para 2007 se pronostica una inflación agroalimentaria de 6.7% en Estados Unidos, y según cifras de Morgan Stanley, durante el primer trimestre del año los precios internacionales del maíz se incrementaron 86% respecto de 2006; los del aceite de coco, 41%; los de la leche, 22.5%; y los del aceite de soya, 32% (véase Jenny Niggins, “Suben precios en los supermercados”, página del Financial Times en EL UNIVERSAL, 24/V/07).
Asimismo, de acuerdo con cifras del Departamento de Agricultura de Estados Unidos, en abril de 2007 los precios recibidos por los productores estadounidenses se incrementaron, en el caso del maíz, 51.7% respecto del mismo mes del año previo; 29.7% en el trigo; 35.5% en la leche; 41.2% en el huevo; 42.9% en el pollo; 11.6% en la carne bovina, etcétera (www.ers.usda.gov/Publications/Agoutlook/AOTables/).
Las pronunciadas alzas agroalimentarias parecen responder a dos causas principales. Por una parte, el incremento de la demanda por las superpobladas economías emergentes de Asia (China e India), que registran elevadas tasas de crecimiento en sus ingresos nacionales por habitante, así como correlativos cambios en sus patrones alimentarios, con inclusión creciente de carnes y lácteos cuyo consumo presiona al alza no sólo los precios pecuarios, sino también los de los alimentos para el ganado.
Por otra parte, la creciente utilización del maíz en la producción de etanol, que no sólo empuja hacia arriba los precios de este grano, sino también de otros granos (efecto precio-sombra) y de los alimentos pecuarios. Por si fuera poco, la brecha entre oferta y demanda se ha agravado por la sequía en Australia.
El problema consiste en que el alza de los precios agroalimentarios internacionales agarra mal parado al campo mexicano. A causa del experimento neoliberal instrumentado durante casi un cuarto de siglo, la dependencia alimentaria de nuestro país ha alcanzado dimensiones inquietantes: las importaciones de granos básicos (maíz, frijol, trigo y arroz), que en 1985 ascendían a l 16.3% del consumo nacional aparente (CNA), alcanzaron 28.9% del CNA durante el trienio 2004-2006; las importaciones de oleaginosas (soya, cártamo, ajonjolí y semilla de algodón) alcanzaron 91.2% del CNA en el último trienio; las importaciones de carnes de cerdo y res, que en 1985 ascendían apenas a 3.4% del CNA, alcanzaron 26.3% en 2004-2006; y las importaciones agroalimentarias globales, que en 1985 ascendieron a 2 mil 129.4 millones de dólares, alcanzaron los 14 mil 309.9 millones de dólares anuales en el trienio 2004-2006.
Es necesario poner punto final a esta vulnerabilidad, rescatando el principio de seguridad alimentaria. Por una parte, porque los mercados agropecuarios internacionales se caracterizan por la presencia de gigantescas corporaciones alimentarias, así como de subsidios a la producción y a la exportación, que distorsionan los precios y la asignación de los recursos productivos. Por otra parte, porque los mercados tienden de manera natural a polarizar la distribución del ingreso, concentrándolo en países y estratos sociales previamente enriquecidos, afectando también la distribución de los ingresos rurales y del poder de compra de los alimentos.
Por ello, si continuamos descuidando nuestra producción agropecuaria y, por tanto, destruyendo las fuentes de empleo y de ingresos rurales, estaremos propiciando la insuficiencia de recursos para las adquisiciones de comida en millones de hogares.
De nuestros socios hay que aprender principalmente lo bueno. Cuando el presidente George W. Bush firmó la Ley de Seguridad Agrícola e Inversión Rural (Farm Security and Rural Investment Act of 2002) declaró: “Somos una nación bendita porque podemos cultivar nuestros propios alimentos y por ello estamos seguros. Una nación que puede dar de comer a su gente es una nación más segura”. Sin duda.
NOTA: Comunico a nuestros amables lectores que mis colaboraciones en EL UNIVERSAL aparecerán semanalmente, pero de manera alterna los miércoles y jueves.
Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM
