Una luna atrapada en una jaula

María Teresa Priego

Un cuadro de Remedios Varo: una mujer atrapada en una torre pinta una luna que está, a su vez, atrapada en una jaula. Esa mujer está infinitamente triste. Es rubia y delgada, como Elena Garro. Me hace pensar en ella. En esa inmensa desgracia de Garro: la fugitiva atrapada. Cuidadosamente elaborada por Elena misma. Contra ella. ¿Por qué hoy su vida? La Universidad Autónoma de Puebla publicó la correspondencia de Elena con la investigadora Gabriela Mora (1974-1980), el periodo de España, inmediatamente después de los años en Nueva York. La fuga después del estallido del 68. “Andamos huyendo, Lola” . Ando obsesivamente Elénica .
Las cartas son las crónicas de una persecución tan excesiva, que cuesta creer que haya sucedido en la realidad. Las “persigue” el gobierno, Octavio Paz, sus vecinos. La miseria. Las enfermedades. Las acecha el “mal”. En la realidad se persiguen la una a la otra. Sin tregua. Fabulando sus vidas. Sujetas a terrores casi cósmicos. Encerradas ya en esa torre -que mantendrían de ciudad en ciudad-, desde la cual Elena dejará caer las hojas de su obra. Desesperadas. Fascinantes. Siempre.

Es evidente en las cartas que le mentía al hilo a Gabriela Mora. La abusaba. Gabriela continuaba apoyándola, con una generosidad de Record Guiness. Como hicieron tantos. Dicen que Elena era “mitómana”. Parece que sí. Pero me quedo con la explicación de N. Braunstein: “¿Pero por qué esa persona miente compulsivamente? Porque lo necesita. Porque no es lo mismo la verdad ´necesaria´ que la verdad histórica”. Elena la princesa. Necesitaba ser. Elena la mendiga. Porque si bien las catástrofes de Elena podían ser ficticias, su desamparo no. Su dolor no. La tragedia imaginaria estaba, y la llevaban a la realidad. Perseguidas en busca del perseguidor.

La universidad de Puebla publicó en 2002 Elena Garro, lectura múltiple de una personalidad compleja, de Lucía Melgar y Gabriela Mora, que incluye textos excelentes, entrañables como el de Patricia Vega. Ese mismo año Patricia Rosas Lopátegui publicó Testimonios sobre Elena Garro. Un año después Helena Paz Garro publicó en Océano la primera parte de sus Memorias. En el libro de Rosas hay una foto: una muchacha lindísima que mira a un hombre que la mira. Elena y Octavio Paz recién casados. Son muy bellos y se aman. ¿Qué pasó después? No con “ellos”, sino con ella. Rosas interpreta a Garro como una “víctima de la sociedad patriarcal”, sometida al “poder” de Octavio Paz, de cuya supuesta crueldad nunca pudo liberarse. Ah. ¿Y qué más?

La cultura existe, el inconsciente y sus fantasmas también. Si en el imaginario de esa escritora extraordinaria que fue Elena Garro Paz no la hubiera perseguido, la hubiera perseguido otro en su lugar. Ella lo necesitaba. El centro de las miradas, reales o imaginarias. Para bien y para peor. Como su personaje en Testimonios sobre Mariana. Es posible que su inmenso narcisismo haya sido la torre que atrapó a Elena. Lo escribo y me avergüenzo. Suena a juicio sumario. ¿Con qué derecho? Me parece indispensable para entenderla. Para entender la fusión entre Elena y Helena. Su frenesí victimista. Y ese lugar en el que colocaron a Paz: el Gran Otro de la destrucción. Esa destrucción que en una época en París a muchos nos tocó ver cómo la construían. Ellas. Fanáticamente.

El narcisismo excesivo es una manera de no amarse. De editar la realidad. De traicionar ruidosamente. Una manera concreta de sufrir. El dolor narcisista no es “patriarcal”. Es. “Vamos unidas por la infamia/ Elena nunca fue/ Helena nunca ha sido/ Abajo el reino de las sombras/ Helena está en el limbo”. Una luna brillante -las Elenas- atrapada en una jaula.

Escritora

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