Misión permanente

Julián López Amozurrutia

Concluyó en días pasados la quinta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Aparecida, Brasil. El documento final espera ahora ser presentado por la presidencia del Celam al papa Benedicto XVI, quien con su autoridad pontificia definirá la eventual aprobación del documento y la modalidad en que se llevaría a cabo. Se ha hecho público, entre tanto, un resumen del mismo y un mensaje de la conferencia a los pueblos latinoamericanos.
Los obispos “reconocen con humildad las luces y las sombras que hay en la vida cristiana y en la tarea eclesial”, y “quieren iniciar una nueva etapa pastoral, en las actuales circunstancias históricas”.

Entre las intervenciones conclusivas de la asamblea destaca el reconocimiento de que la estadística de los bautizados no corresponde a la de los evangelizados. En muchos casos se habla de América Latina como una población eminentemente católica por el número de personas que han recibido el bautismo dentro de la comunión católica, contrastando de hecho con los valores y comportamientos concretos que privan en la vida de nuestros pueblos.

Ello explica que la orientación fundamental emanada de la asamblea sea una convocatoria a una gran misión continental, de carácter permanente. Se trata de “convertir a la Iglesia en una comunidad más misionera. Con este fin se fomenta la conversión pastoral y la renovación misionera de las iglesias particulares, las comunidades eclesiales y los organismos pastorales”. Se busca “impulsar una misión continental que tendría por agentes a las diócesis y a los episcopados”.

Existen de hecho experiencias eclesiales en diversas diócesis que ya habían apostado por un estado permanente de misión. No se trata, sin embargo, de una especie de nueva colonización ideológica, como plantean algunos críticos, que se pretenda realizar desde el consorcio con el poder, sino más bien de ofrecer desde la propia convicción un servicio a la sociedad, reconociendo su carácter plural.

Es notable, a este respecto, la apuesta “estratégica” presentada por el mensaje de ser “fermento en la masa”: “Seamos misioneros del Evangelio no sólo con la palabra, sino, sobre todo, con nuestra propia vida, entregándola en el servicio, incluso hasta el martirio. Insertos en la sociedad, hagamos visible nuestro amor y solidaridad fraterna y promovamos el diálogo con los diferentes actores sociales y religiosos. En una sociedad cada vez más plural, seamos integradores de fuerzas en la construcción de un mundo más justo, reconciliado y solidario”.

Se percibe, pues, un ejercicio de reflexión colegiada favorable. Falta, por supuesto, el movimiento de recepción de dichos trabajos, incluyendo su lectura crítica. No se trata de ocupar espacios en las bibliotecas eclesiásticas, sino de proponer de manera amable y convencida el testimonio creíble de los mismos cristianos.

Será importante que la Iglesia asuma realmente las consecuencias del estar inserta en la sociedad y promover el diálogo abierto y sereno. Todavía hoy podemos encontrar posturas tan extremas como descalificar el planteamiento de un católico por el hecho de ser católico.

La descripción del acento que los redactores quisieron dar al documento da luces sobre el modo como el cristiano está llamado a asumir su participación en la sociedad: “Con un tono evangélico y pastoral, un lenguaje directo y propositivo, un espíritu interpelante y alentador, un entusiasmo misionero y esperanzado, una búsqueda creativa y realista, el documento quiere renovar en todos los miembros de la Iglesia, convocados a ser discípulos misioneros de Cristo, la dulce y confortadora alegría de evangelizar”.

teyamoz@prodigy.net.mx

Sacerdote y teólogo católico

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