Carlos Hiram Culebro
En México, el auge de las llamadas terapias alternativas se ha convertido en un fenómeno social que mezcla fe, tradición, espiritualidad, mercadotecnia y una profunda necesidad de alivio emocional. Personas que recurren a prácticas como la acupuntura, el reiki, las flores de Bach, la aromaterapia, el yoga terapéutico o las limpias tradicionales, buscan soluciones para problemas que van desde la ansiedad y el estrés hasta enfermedades crónicas o conflictos familiares.
Otras alternativas son los curanderos, hueseros, parteros y hierberos. Tienen reconocimiento popular, de manera que incluso personas con formación universitaria acuden a ellos.
El crecimiento de estas prácticas no es casual. Ante sistemas de salud saturados, jornadas laborales agotadoras e incertidumbre económica, algunos individuos consideran que la medicina convencional y la atención psicológica institucional no siempre ofrecen respuestas humanas, rápidas o accesibles. Las terapias alternativas constituyen espacios donde el paciente se siente escuchado y acompañado.
Especialistas en salud mental advierten que esas terapias carecen de respaldo científico sólido y pueden convertirse en riesgos cuando sustituyen tratamientos médicos necesarios. Existen casos de pacientes que abandonan la atención profesional por promesas de sanación inmediata, con consecuencias graves.
Además, estas opciones generan millones de pesos cada año. Las redes sociales se han llenado de supuestos gurús y terapeutas improvisados que ofrecen cursos o consultas de dudosa calidad. La falta de supervisión permite que cualquier persona pueda proclamarse como experto.
Desde luego, no todas las terapias alternativas son negativas. Alguna técnica de meditación, ejercicios de respiración o actividades corporales, entre otras, han mostrado beneficios para reducir el estrés y mejorar la calidad de vida cuando se utilizan junto con atención médica o psicológica formal.
La discusión sobre este tema no se reduce a una guerra entre creyentes y escépticos. El debate consiste en cómo proteger a los pacientes, evitar fraudes y al mismo tiempo reconocer que la salud emocional requiere cercanía humana, escucha y empatía. La medicina, psicología y ciencias afines enfrentan críticas por la deshumanización de sus servicios; lo que es más frecuente en instituciones de seguridad social.
El desafío es encontrar un equilibrio entre el respeto a las tradiciones y la necesidad de garantizar tratamientos responsables y seguros.
* Fundador de la Asociación Chiapaneca de Profesionales para la Salud Mental A.C.
