Enrique del Val Blanco
Ha pasado un año de las elec-ciones más competidas de la historia de nuestro país, de las que todavía quedan muchas dudas de la forma como se desarrolló todo el proceso, sobre todo por la burda y vergonzosa intervención del anterior gobierno panista.
Un tema que está volviendo a surgir es el referente al gasto que hacen los involucrados en las elecciones, especialmente en la utilización de la radio y la televisión. Durante la elección pasada también se batieron récords en lo costosa que resultó para el pueblo de México, que es quien en última instancia financia dichas campañas vía sus impuestos, y de los cuales hacen uso irresponsable tanto partidos como gobiernos.
Desde hace mucho tiempo varios comentaristas hemos insistido en que es necesario regular este negocio de los concesionarios de radio y televisión, y que el Congreso reglamente los montos de los gastos de campaña.
Adicionalmente, también se debería legislar para transparentar la publicidad gubernamental que se otorga a los medios. Ha habido intentos en el pasado para hacerlo, pero no se ha podido llegar a tener una posible iniciativa firme, debido fundamentalmente a lo poderosos que siguen siendo hasta ahora los dueños de la radio y televisión. En estos temas el Estado debería ejercer el poder que tiene para regular, transparentar y sobre todo ahorrar recursos.
La experiencia internacional podría ser muy ilustrativa sobre lo importante que es cuidar el financiamiento de las campañas políticas a través del dinero que proviene del erario y de los particulares.
En el mundo actual hay que revisar el gasto que se hace en las campañas políticas, ya que día a día reditúa menos a favor de la democracia y más a favor de los bolsillos de los concesionarios de los medios electrónicos.
Cuando se dan estas oleadas de protestas, los miembros de los congresos dicen que van a proponer alguna legislación para regular las campañas, pero al final todo se queda en puras palabras, pues en última instancia la regulación iría contra los ingresos que los partidos reciben por parte del Estado.
El devaluado Instituto Federal Electoral (IFE) ha sido incapaz de realizar acciones más contundentes en este sentido, más allá de lo que llamó la “tregua navideña” o la suspensión de la publicidad por parte de los gobiernos previo a las elecciones; medidas bastante pequeñas para el esfuerzo que se requiere.
Se va a necesitar el esfuerzo y el peso de la sociedad civil para que, mediante la presión que se haga a todos los que intervienen en el asunto, los gobiernos, el IFE y sobre todo el Congreso de la Unión, que debería ser receptivo y sensible, se proponga una reglamentación que permita establecer condiciones de igualdad para todos los participantes en campañas electorales y, sobre todo, evitar el enorme e innecesario gasto, que también se está demostrando genera pocos votos vía los spots, y dedicar estos recursos a aquellas acciones que más necesitan los mexicanos.
Poco a poco hemos ido teniendo conocimiento del inmenso gasto aplicado por el gobierno panista anterior para apoyar, entre otros temas, a su candidato y denostar al del PRD. Según la información obtenida, el gasto en spots de televisión se incrementó en más de 100% en el primer trimestre de 2006, el previo a la elección, en relación con el mismo periodo de 2005.
Por lo anterior, resulta sorprendente el artículo que publicó en este diario el señor Rubén Aguilar la semana pasada, denominado “El fin de los spots”. Lo que llama la atención no es lo que se menciona en dicho artículo, y se puede coincidir con él en mucho puntos; lo que es inaudito es que lo diga el que fue uno de los responsables directos en la utilización indiscriminada de spots y la elaboración de decenas de encuestas, desde su puesto como vocero de la Presidencia panista del señor Fox y la señora Marta.
Algún día sabremos cuánto dinero utilizó para apoyar al candidato del PAN vía spots o las ridículas e inexplicables encuestas que desaforadamente realizaron, respaldado en el poder inmenso que tuvo cuando estaba en Los Pinos. Es por eso que con frases como “la propaganda política a través de los spots distorsiona y mete ruido innecesario a las campañas electorales” o “lo ideal es que quede totalmente prohibido el uso de los spots”, pocos podrían estar en desacuerdo.
Lo que resulta una muestra del cinismo que tiene es que las escriba el señor Aguilar, y lo haga ahora cuando ya dejó al gobierno que tanto defendió y publicitó. Lo que ocurre con él quizás es un problema de desdoblamiento o de cambio de piel en el curso de la vida, pues es una historia personal que va de los estudios para ser seminarista, es decir, para ser cura, a pasar a ser compañero de viaje y publicista de la guerrilla salvadoreña, para luego convertirse en el vocero del gobierno federal más ineficaz de la historia moderna y ahora dar clases en una universidad jesuita.
Pretender dar recetas de democracia y rectitud es verdaderamente un “asalto al cielo”, como dirían algunos. El abuso en la utilización de la radio y la televisión por el anterior gobierno panista, los enjuagues que se tenían con ellos, las concesiones que se les dieron a los más afectos, ¿cómo todo esto lo pudo permitir el ahora reconvertido en piel de oveja?
Después de conocer su historia y leer su artículo, los jóvenes le dirían al señor Aguilar: ¡no manchen!
Analista político y economista
