Sombras chinescas

Rodolfo Echeverría Ruiz

Los orientalistas de hoy intentan desvelar -aunque consigan muy poco en ese empeño- unos cuantos de los arcanos enigmas encerrados en el variopinto caleidoscopio chino. Lo diré de otro modo: como suele acontecer en torno de las misteriosas sombras llamadas chinescas, el bailarín deambula a lo largo y ancho de un escenario limitado, al fondo, por tensa e inconsútil pantalla luminosa sobre cuya blancuzca superficie se proyectan sus ejercicios coreográficos transformados en figuras ambiguas, ilusiones visuales o caprichosas siluetas fantasmagóricas. Algo similar sucede en la paradójica China de nuestros días.
Las minuciosas reformas debidas al enérgico impulso de viejos “comunistas” modernizados, a cuya cabeza se encontraba Deng Xiaoping en 1989, abrieron las puertas del país a una desenfrenada inversión de capitales foráneos. Empezaron por atraer dineros y grandes compañías procedentes de los confines más ricos del orbe, entre ellos Estados Unidos, su irreconciliable “enemigo ideológico” en tiempos de la guerra fría.

“Tigres de papel” llamaba Mao Zedong a las amenazadoras bombas atómicas soviéticas, europeas y estadounidenses. mientras China carecía de ellas. Ahora, los sucesores del Gran Timonel viven a partir un piñón con sus antiguos contradictores, socios todos ellos del club nuclear, incluida China.

Ciertos hombres de negocios se duelen en Estados Unidos ante el actual frenesí exportador de los otrora “detestables comunistas”, pero, en realidad, ninguno mueve un solo dedo destinado a impedir la progresiva relevancia de esos nuevos señores de Asia, erigidos hoy en tercera potencia planetaria.

Y pronto serán la primera, aunque tan colosal epopeya entrañe ecocidios desgarradores: lagunas y ríos contaminados, atmósferas urbanas enrarecidas (como las nuestras) y abismales diferencias de clase (como en México). Todo lo anterior en la inolvidable meca dogmática de la igualdad soñada y del “hombre nuevo”.

Mientras crecían a la velocidad del vértigo las prepotentes áreas industriales situadas en la costa este, los agricultores fueron postergados, aunque el cosmético discurso oficial del partido defendiera lo contrario, inserto en una espiral de reformas malversadoras de la ortodoxia comunista. Por las calles de Pekín, Shangai o Hong Kong, en ostentoso contraste, circula una cantidad de automóviles lujosos -Rolls Royce, Jaguar, Mercedes- superior a los vistos en Londres o Nueva York o París o Los Ángeles.

Otra paradoja: al suprimir a la comuna agrícola, el Buró Político de los “comunistas” decidió fomentar la inversión extranjera directa con base en los más explícitos términos capitalistas. Ello fue posible al amparo de una reforma constitucional realizada con la eficaz participación de empresarios diputados “marxistas-leninistas”.

El mundo recuerda cómo los enardecidos guardias rojos destruían buena parte del prodigioso patrimonio cultural del país. En cambio, al mismo tiempo, se maravilló ante la reconstrucción del alucinante Palacio Imperial construido en 1420, emblema del omnímodo poder de las dinastías y del no menos omnímodo poder de aquellas otras dinastías, las maoístas, y de su profeta inamovible y deificado.

Si no fuera por el influyente poderío financiero pequinés, Estados Unidos no haría realidad sus delirios belicosos urdidos para apropiarse a la mala de yacimientos petroleros ajenos. El gobierno “comunista” -¡oh paradoja!- sostiene, merced a sus inversiones multimillonarias en bonos de la Tesorería estadounidense, a un dólar condenado, de otra suerte, a violenta espiral devaluatoria capaz de llevar al gobierno yanqui hasta los insondables abismos del caos financiero en el amanecer del siglo XXI.

Y otra paradoja inverosímil: China, la “comunista”, es ahora fuerza garante de Wall Street, guía, este último, del globalizado neoconservadurismo depredador estadounidense.

Analista político

¡Comparte la nota!