Rodolfo Echeverría Ruiz
Nuestra industria petrolera es motor de México. El aserto no supone exageración: todo lo que se mueve, produce o transita, vuela o navega debe a Pemex una parte significativa de su naturaleza y existencia.
Pemex está antes y después de toda producción grande, mediana o pequeña. Quisiéramos verlo en continuo crecimiento y desarrollo y, al mismo tiempo, capitalizarse, modernizarse, conquistar su plena autonomía empresarial. De manera paralela y simultánea lo imaginamos exento de aquellas ataduras cuya persistencia lo han situado en el centro de nuestras finanzas públicas.
Los mexicanos soñamos con un Pemex más vigoroso y productivo, sano en sus ingresos y egresos, desprovisto de todo lastre burocrático. También lo deseamos menos decisivo en el curso económico nacional (en términos relativos, por supuesto). Lo anterior supondría el avance y la consolidación de otras ramas productivas. De esa suerte, Pemex ya no fungiría como único o casi único factor determinante del desarrollo mexicano.
Persigamos la meta, difícil pero alcanzable, con claridad política e imaginación reformadora: aun creciendo y expandiéndose como debiera crecer y expandirse, ya no sería el responsable medular del funcionamiento cotidiano del gobierno federal.
Contamos con una poderosa industria pública administradora del mejor patrimonio del país. Empiezan a darse las condiciones: México será visto en los mercados mundiales del prioritario insumo como “un país con petróleo”, acaso con mucho petróleo, sí, petróleo bien buscado y administrado, conducido, refinado y comercializado con alta calidad técnica y empresarial, pero no considerado como “un país petrolero”.
Pronto se producirán y exportarán mayores cantidades de petroquímicos mucho más complejos y valiosos y se abandonarán, de modo gradual pero consistente, las ventas mayoritarias de crudo. Éstas representan 16% de nuestras exportaciones totales de hoy.
Anhelamos un Pemex autónomo, dotado de creatividad empresarial, dueño de unas cuentas robustas y modernas, posibilitadoras de su crecimiento sistemático y, por ende, de su progresiva capitalización. Convengamos, por ello, en la urgencia de una reforma profunda de sus funciones administrativas y de su ejercicio financiero. De esa manera consolidará su vigor tecnológico y multiplicará su capacidad productiva de cara a las realidades de un mundo signado por la feroz competencia y el combate sin cuartel para alcanzar mercados exigentes, necesitados como están de socios confiables y de productores de bienes y servicios de la mejor calidad.
Pemex enfrentará dificultades superlativas mientras la mayor parte de sus utilidades se destine al sostenimiento del presupuesto federal y a la satisfacción de las demandas de unos gobiernos estatales incapaces, hasta ahora, de realizar las respectivas y urgentes reformas de sus haciendas públicas. Añadamos la inexistencia de un sistema transparente, responsable y obligatorio de rendición de cuentas en torno de esos recursos.
Sus ingresos y sus ganancias no pueden convertirse, sin más, en automáticas transferencias destinadas a las arcas de entidades federativas carentes de una visión nacional diseñada para concebir a un Pemex capitalizado, fortalecido en su calidad de empresa productiva. Así estructurado, tendrá posibilidades verdaderas de apoyar, en forma permanente y no coyuntural, al desarrollo del país en su conjunto.
No sabemos cuánto tiempo se mantendrá alto el precio actual del petróleo. En cualquier momento podría decrecer. Tampoco columbramos hasta dónde llegaría esa no imposible contracción. Muchos países buscan sustitutos eficientes: los acucia la urgencia de reducir la contaminación ambiental, contrarrestar el calentamiento planetario, alcanzar las metas del Protocolo de Kyoto y encontrar fuentes energéticas alternas.
La posición inteligente y patriótica consistiría en que el Ejecutivo y los gobernadores dejaran vivir a Pemex con salud financiera y fiscal y se constituyeran en los primeros defensores e impulsores de su íntegra autonomía.
Analista político
