Rusia y Occidente

Jorge Montaño

Es innegable que económicamente Rusia se ha puesto de pie, superando 15 años de ajustes después del colapso de la Unión Soviética. A partir de 1999, ha mantenido un crecimiento constante solucionando rezagos del socialismo y construyendo el andamiaje para ampliar las clases medias, temas que requieren de recursos bien orientados. Las reservas energéticas han permitido alcanzar indicadores macroeconómicos espectaculares, han dejado de ser clientes suplicantes del FMI, ingresaron a la OMC y están en proceso de acceder a la OCDE. Tienen la presidencia rotatoria del Grupo de los Ocho y han dado muestras de credibilidad al ratificar el Protocolo de Kyoto y condonar deuda a países africanos.
A pesar de estas señales, sus relaciones con Estados Unidos y la Unión Europea atraviesan por el peor momento desde la caída del muro de Berlín, debido a un juego recíproco de espejos con efectos perversos. Es claro que sus contrapartes no tomaron en serio el tono constructivo con que el presidente Putin buscó su inserción en los corredores occidentales. Reiteradamente minimizaron la importancia de sus acciones y por añadidura violentaron algunos principios básicos de respeto, interviniendo abiertamente en zonas de influencia rusa.

Los países bálticos, de Asia Central y el Cáucaso han sido objeto de acercamientos e intromisiones inaceptables en lo económico y lo político. Los apoyos a las revoluciones de colores en Georgia y Ucrania generaron malestar al igual que el posible despliegue de misiles en Polonia y la República Checa.

El distanciamiento ha facilitado un endurecimiento ruso interna y externamente, donde las actitudes autocráticas y de línea dura dominan los procesos de decisión. Se coarta la libertad de expresión y se aplican controles que inhiben el desarrollo de la democracia, creando condiciones para el retorno a un régimen policiaco que se creía superado desde hace más de década y media.

A las injerencias en su área de influencia, Rusia ha respondido como en los 70 apoyando a Birmania, Irán, Siria y Venezuela con asistencia técnica y equipamiento militar barato. Han anunciado su intención de retirarse de diversos acuerdos de desarme para enfrentar los amagos de la OTAN en Europa del Este. En síntesis, un peligroso intercambio de mensajes entre ambas partes que poco contribuye a garantizar un equilibrio en la correlación de fuerzas.

Hace unos días, el canciller ruso denunció en The New York Times lo que denominó una inaceptable censura de la revista Foreign Affairs, cuyo editor pretendió modificar un artículo que aparecería en el número de septiembre de esa prestigiada publicación. En vista de la intromisión decidió retirarlo. Este texto junto con el discurso de Putin en Munich hace cinco meses, revelan claramente la esencia del distanciamiento. Ambos rechazan el retorno de conceptos como “contención del peligro ruso”, sosteniendo que han mostrado compromiso con la cooperación para alcanzar la estabilidad in ternacional, apuntando que el unilaterialismo estadounidense nunca podrá materializarse, porque no existe país o asociación de éstos con recursos para imponer su voluntad. La opción que proponen no es nueva pero sí válida: un sistema internacional con varios actores y un liderazgo colectivo. En síntesis reclaman respeto y trato en pie de igualdad.

Históricamente, la desconfianza ha sido un factor esencial de la política rusa hacia Occidente, la que se ha exacerbado por el vacío generado por los desencuentros como el intercambio de expulsados entre Londres y Moscú o las comparaciones ofensivas que hizo Putin de la Casa Blanca con el Tercer Reich. Sería miope considerar como pasajera la salud de la economía rusa cuando sus reservas de energéticos y el apetito insaciable de sus clientes no parecen desvanecerse. Se requieren mutuamente y por mucho tiempo. Aún peor es el escenario de interferir en la sucesión del presidente Putin el próximo año.

Su pertenencia al BRIC (Brasil, Rusia, India, China), al grupo de países más industrializados y la membresía permanente en el Consejo de Seguridad obligan a revaluar una estrategia tripartita, si es que en realidad todos tienen como objetivo un mundo más seguro. En ese sentido, México ha reiniciado un diálogo político y comercial muy productivo con esta potencia, que no obstante los rasgos autoritarios señalados, tiene una economía de mercado vigorosa que puede fortalecer el surgimiento de un régimen democrático.

montesco98@yahoo.com

Vicepresidente del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales

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