Miguel Carbonell
En un libro impresionante, Fernan-do del Collado nos pone frente a una realidad que en México nos cuesta mucho reconocer: el fuerte rechazo y la discriminación que sufren las personas homosexuales (Homofobia. Odio, crimen y justicia 1995-2005, México, Tusquets, 2007). Del Collado elige un campo de batalla en el que ese rechazo se manifiesta de la manera más cruel, como la procuración de justicia. Entre 1995 y 2005 se pudieron documentar 387 asesinatos de homosexuales en México (seguramente hubo muchos más de los que nadie tomó nota o supo identificar como crímenes por homofobia). El 54% tuvo una muerte sumamente violenta, agravada por un componente de odio: las víctimas fueron acuchilladas, degolladas o estranguladas.
Los asesinatos de homosexuales son investigados con nulo empeño por parte de las procuradurías; los agentes del Ministerio Público y de la policía judicial proyectan sus traumas y su ignorancia al integrar las averiguaciones previas. En los interrogatorios le dan más importancia a las preferencias sexuales de la persona asesinada que a otras cuestiones de mucho mayor relevancia; abundan las preguntas sobre la parte “morbosa” de su sexualidad; se cita a los familiares y se indaga si la condición de homosexual de un hijo, de un hermano, de un primo era o no conocida por su familia; se cita a la pareja y se le pregunta por la forma en que tenían relaciones sexuales (“quién penetraba a quién” y cosas por el estilo, según lo narra Del Collado).
La homofobia es el miedo a lo diferente en el plano sexual, es el temor a ver expuestas nuestras propias preferencias, a tener que enfrentar la presencia y la cercanía del homoerotismo; a veces ese miedo se expresa en forma de violencia física o moral: insultos, estigmatización, golpes, burlas, violaciones, asesinatos, etcétera. Por eso es importante que el tema se discuta abiertamente en México. No se trata de un asunto circunscrito a una minoría acostumbrada a discriminar; la Primera Encuesta Nacional sobre Discriminación (levantada en 2005 por la Sedesol y el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación) detectó que la mayor amplitud numérica del fenómeno discriminatorio se daba en contra de los extranjeros (xenofobia) y en contra de los homosexuales (homofobia). Casi la mitad de los encuestados sostuvo que por ningún motivo compartiría su vivienda con una persona homosexual.
La homofobia se acentúa en comunidades pequeñas, en los pueblos, entre las etnias indígenas. La represión comienza en la escuela o en la familia, sigue en el trabajo y llega, en casos sumamente graves y dolorosos, hasta las instituciones encargadas de procurar y administrar justicia. La forma más directa de evitar estos prejuicios es avanzar hacia la mayor visibilidad de la opción homosexual. El ejemplo de España puede ser muy útil, pues a partir de la equiparación jurídica completa entre parejas heterosexuales y parejas homosexuales (incluso a través del matrimonio) se produjo un enorme avance en la “normalización” de las relaciones homosexuales.
Pero aparte de la discriminación contra las personas homosexuales el libro de Fernando del Collado nos pone frente a otro hecho igualmente clamoroso: la ineficacia y la falta de profesionalismo de nuestras procuradurías de Justicia. No es casual que en México la mayor parte de las víctimas de un delito no decida presentar una denuncia ante la autoridad; los afectados dicen que no la presentan “porque no sirve de nada”, “porque es una pérdida de tiempo”, “porque le piden a uno dinero”, etcétera. Una buena parte de las averiguaciones previas que se abren se va directamente al archivo sin que la autoridad haga nada luego de levantar la denuncia. Muchas de las que terminan siendo finalmente integradas llegan con grandes deficiencias ante los jueces.
Al terminar de leer el libro de Fernando del Collado uno se pregunta si la falta de diligencia de las procuradurías en el caso de los homosexuales encierra verdaderamente una discriminación o si más bien se trata de la falta de diligencia con que se atienden todos los casos. Cualquiera que sea la respuesta correcta, lo cierto es que los ciudadanos estamos en serios problemas, sin importar cuál sea nuestra preferencia sexual.
Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM
