Desde hace 54 años, muchos de los acontecimientos sociales en México han quedado fijos en la lente fotográfica de Rogelio Cuéllar, quien de niño tomaba un autobús en la colonia Portales para irse de pinta con su mente llena de imágenes y vuelos libertarios.
Sigue haciendo lo mismo y no ha perdido su facha de niño travieso que atrapa la realidad de los mexicanos más creativos, con su aguda y penetrante mirada de 76 años.
–La Ciudad de México era otra y todos te cuidaban. Me gustaba tomar el tranvía, siempre solo, porque iba a comprar hojas de plátano a la calle de Guatemala para mi mamá, quien vendía tamales. Mi madre era de Jalisco; entonces, yo bajaba del tranvía en la calle de Tacuba.
“Caminar detrás de la Catedral y desde ahí a todas las calles del Centro Histórico era descubrir el universo: la juguetería junto a la joyería era un imán y me detenía mucho más tiempo que en La Princesa, la perfumería en Tacuba, los sopladores de vidrio en los estacionamientos que hacían figuritas, las ferreterías en la calle de Corregidora y otras milagrosas apariciones. Por eso fui un niño muy, muy callejero. También subía al camión para ir a Buenavista a ver el arranque de los ferrocarriles; me seguía en el camión al aeropuerto y volaba sin alas; en el Bosque de Chapultepec me permitía cazar mariposas y coleccionar piedras.”
–Rogelio, ¿te iniciaste muy chavito en la fotografía?
–Empecé a los 18 años como freelance en la revista Sucesos para Todos, que dirigía Armando López Becerra, cuyo dueño era Gustavo Alatriste, quien presumía que iba a ser la mejor revista de México con los grandes fotógrafos Rodrigo Moya, Nacho López y Héctor García, y escritores famosos.
“En Sucesos se iniciaron los mejores caricaturistas: Magú y Rius. Sucesos era una revista que denunciaba problemas nacionales y atacaba al gobierno. Después comencé a colaborar en Revista de Revistas, con el gran escritor católico Vicente Leñero.”
–Que era un alma de Dios.
–Exactamente, era una persona introvertida y precisa, puntual y cumplida, como los buenos católicos. Cuando le dije: “oye, va a venir Jorge Luis Borges a México”, me recomendó: “síguelo y tómale fotos hasta en el baño”, y lo hice al pie de la letra, sin credencial. Me informé de la hora de llegada y coincidí con Luis Mario Schneider en la escalerilla del avión, y a partir de ese momento no lo abandoné un segundo.
–Claro, le tomaste una foto en el baño que me dejó de a seis.
–Sí. Él no era totalmente invidente, veía sombras, sabía que yo estaba ahí a su lado. Desde que lo conocí me interesó mucho su mirada y me acercaba con mi cámara Pentax. Borges me bautizó como duende: “buenos días, duende”, “¿dónde estás, duende?” Estábamos en San Ildefonso en una mesa redonda con el grupo de la revista Plural, de Octavio Paz. Yo llevaba a Borges del brazo y me pidió textualmente: “Oye, duende, quiero hacer pis”. Lo llevé a un baño de muchos mingitorios y lo puse en el centro de todos. Vi los reflejos, las sombras en los azulejos y me pregunté: “¿hago la foto, no la hago?”, e hice clic. Borges se rio: “Jijiji, el duende está haciendo travesuras”. Pero no se molestó. Obviamente, no vio la foto, y cuando nos despedimos, después de varios días juntos a todas horas, me dedicó un libro suyo y le pregunté: “Oiga, maestro, ¿y nos volveremos a ver?” Y me contestó: “Ya veremos, duende, ya veremos”.
–Era un hombre de bondad extraordinaria y de cortesía británica a prueba de todo, ¿verdad?
–Sí, y recuerdo que en el hotel Del Parque, al que tú llegaste junto con Arnaldo Orfila, también llegó Juan Rulfo y una fila de admiradores: José Emilio Pacheco, Juan García Ponce, Gabriel Zaid. A Octavio Paz también lo vi en el Colegio de San Ildefonso, que aún no era museo. Paz acompañó mucho a Borges,
–Has tenido grandes oportunidades.
–He tenido el privilegio de conocer a admirados escritores y pintores que nunca imaginé encontrar, y de crear grandes lazos de amistad con cada uno. Con algunos hice entrañable amistad: José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, Francisco Toledo, creadores que me han alimentado a lo largo de mi afortunada vida.
Exposiciones
–Me llamó la atención y me conmovió la infinita cortesía de Borges ante las preguntas más absurdas que hacemos los reporteros, y hasta le pregunté: “¿usted por qué da tantas entrevistas?”, y me dio una lección: “Por cor-te-sí-a”. Alfonso Reyes, tan cortés como él, tenía su fotografía en la cabecera del sofá en el que tomaba su siesta dentro de su inmensa biblioteca, como si Borges fuera su ángel de la guarda, y en México muchos le levantaron un altar. Y ahora, Rogelio, ¿preparas una exposición?
–Expuse recientemente: Cartografía de la memoria, en el Seminario de Cultura Mexicana. Se clausuró el pasado 24 de mayo; la idea es que continúe su itinerancia en las corresponsalías del mismo Seminario. Recientemente, con motivo de mis 75 años, mi pareja, María Luisa Passarge, hizo una hermosa cajita con 25 postales de una selección de fotos de cientos de escritores y pintores: José Agustín, Leonora Carrington, Alice Rahon. Incluyó también una foto que no es mía, sino de un fotógrafo desconocido, que nos tomó a Lola Álvarez Bravo y a mí trepados en unos caballitos en una feria en Ixmiquilpan, Hidalgo. Son 100 cajas numeradas, firmadas y se presentaron inicialmente en la Casa Universitaria del Libro de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), que nos abrió el espacio.
–España sería ideal. María Luisa Passarge es la curadora de Cartografía de la memoria, la más reciente. También hicimos Escritura de luz: 50 retratos de la lengua, en el Instituto Cervantes de Alcalá de Henares, en 2010. Asimismo, por invitación del Festival Internacional Cervantino, se montó Cartografía del instante, con retratos, reportaje gráfico, fotografía más personal que me apasionó tomar en cada viaje por Europa y Estados Unidos.
“Caminar y fotografiar a gente anónima me significa mucho y enriquece la tradición del paisaje urbano y rural de don Manuel Álvarez Bravo, Héctor García, Nacho López y Graciela Iturbide.”
–Es esencial no olvidar a Mariana Yampolsky, a quien la Universidad de Chicago y otros centros culturales de Estados Unidos y de Europa compraron fotografías de su acervo. Ella fue muy contundente: quiso que su obra se quedara en la Universidad Iberoamericana, a pesar de tantas solicitudes de Europa y de Estados Unidos.
–Claro, la Ibero conserva el archivo de Mariana y le ha publicado varios libros. Esa es la importancia de los archivos: conservar y difundir la obra.
–Rogelio, ¿tú has captado todos los rostros de la cultura mexicana?
–Soy muy consciente de que he fotografiado a buena parte de los creadores de mediados del siglo XX y lo que va del XXI. Retraté a la generación de la Ruptura. Juan García Ponce destacó sólo a nueve pintores y le faltó Lilia Carrillo, quien ya había fallecido. De la plástica, la generación que me corresponde es la de los nacidos en los años 50: Gabriel Macotela, Gustavo Monroy, Arturo Buitrón, los hermanos Castro Leñero, Irma Palacios, toda esta efervescencia de la pintura contemporánea y la literatura. Tengo a toda la generación de Edmundo O’Gorman, Elías Nandino, José Emilio Pacheco, Jaime Sabines. A ellos los fotografié en 1970, como hice con los movimientos sociales, las manifestaciones del PSUM, del Partido de los Trabajadores, cuando Heberto Castillo, los inicios del Partido Comunista que dio la pauta al PRD, a Morena, todas las marchas habidas y por haber, todas las represalias. Creo que la más reciente fue la de Ayotzinapa, Las Abejas, de Acteal. Es una memoria que a mis 76 años merece exponerse y editarse, y en eso me ayuda María Luisa.
–¿Cuál es tu libro más reciente?
–Hice El retrato detrás de la historia, que reúne fotos de escritores y pintores. Me trajo muy buenos recuerdos El rostro de las letras, que editó María Luisa Passarge en su sello, La Cabra. Hacer un libro de fotografía es costoso, por eso buscamos una coedición. Antes, los bancos hacían libros de arte y de fotografía, que regalaban a fin de año a sus grandes clientes.
–Sí, recuerdo que se llamaban table books, que podían hojear en una antesala de empresarios y médicos muy careros.
–Para un fotógrafo, tener un libro bien impreso es ideal. Me satisface que mi trabajo aparezca en diferentes medios. Mis fotografías ya forman parte de la memoria colectiva: las más reproducidas de Jaime Sabines y Rosario Castellanos son un éxito y me las piden muchísimo.
“La Jornada es nuestra casa”
–En La Jornada también aparece tu obra.
–La Jornada es una gran ventana y es nuestra casa. Me inicié en 1968 en Difusión Cultural de la UNAM, que dirigía Gastón García Cantú. Se me abrió el universo, porque ahí convergían los grandes de la cultura: Eduardo Mata, Gloria Contreras, Vicente Rojo, Héctor Azar, Julio Castillo y muchos más.
–¿Cuáles han sido tus influencias más notables?
–Lola Álvarez Bravo, don Manuel Álvarez Bravo, Héctor García, Rodrigo Moya, el muy querido Nacho López, Graciela Iturbide.
–Tienes un archivo fotográfico inmenso.
–María Luisa, mi compañera, está dedicada a que tengamos el archivo catalogado. Está organizado, pero catalogarlo es otra tarea epopéyica. Tiene más de un millón de negativos analógicos, ¡imagínate! Para mí es muy importante trabajar con esos negativos, y María Luisa ha sabido preservarlos.
–¿Qué piensas de la fotografía actual?
–Los fotógrafos profesionales cada vez somos menos necesarios. Con los dispositivos de ahora todos los reporteros traen su teléfono y oprimen un botón y ya tienen la imagen. Para mí resulta muy grave ese aluvión de tomas. Para ahorrarse dinero, los periódicos ya no requieren fotógrafos.
Cual duende travieso, cámara en mano, Rogelio Cuéllar sigue atrapando imágenes de los genios de la cultura del mundo entero y todos los mexicanos, presumidos o humildes, le debemos una foto alada y preciosa que nos permitirá volar al cielo.
Con información de LA JORNADA
