Rodolfo Echeverría Ruiz
Los bombazos perpetrados contra ductos de Petróleos Mexicanos en Guanajuato y Querétaro, Veracruz y Tlaxcala, no son obra de movimiento revolucionario identificado sino de execrable banda terrorista. Toda sociedad democrática —la nuestra está en camino de serlo, aunque se tropieza una y otra vez— dispone de instrumentos estructurales aptos para distinguir entre quienes luchan dentro de la legalidad con los ojos puestos en la transformación del país y quienes se empecinan en yugular su acceso a una modernidad racional y tolerante.
Las nefandas intenciones de las bandas terroristas se dirigen contra la política —es decir, contra la libertad—, contra los esfuerzos reformadores de la vida económica y social y provocan la reacción colérica de los segmentos hostiles a los genuinos avances democráticos. No sólo es antipopular: el terrorismo es estéril. Es objetivamente reaccionario: incendia la exasperación revanchista en el ánimo de núcleos ultraradicales oriundos de la derecha cavernaria.
El terrorista no es revolucionario. ¿Cuáles son las diferencias entre el revolucionario y el terrorista? El revolucionario dispone de una teoría creada para interpretar al mundo. A partir de riguroso análisis objetivo decide, bajo su responsabilidad histórica, si actúa con las armas en la mano o lo hace a través de su articulación con la sociedad abierta.
El revolucionario intenta convencer. El terrorista, intimida, amenaza, impone. El revolucionario discute. Desbrujulado, el terrorista habla sin ton ni son, confunde a todos. El revolucionario matiza, explica. Maniqueo, el terrorista juzga en bloque, rechaza en bloque. El revolucionario piensa, duda. El terrorista ni piensa ni duda: se equivoca siempre. El revolucionario tiene la mente despejada. El terrorista, obnubilada.
Si las bandas terroristas provocan la virulencia histérica y represiva de la derecha troglodita, si los dinamiteros amedrentan al pueblo, es fácil percibir hasta dónde llegan los ecos del estruendo: causan una involución irremediable. Cancelan el futuro.
Observemos a ese delirio destructor con sosiego ciudadano y ponderación anímica. Estamos ante un problema político. Enfrentémoslo con eficacia policial e inteligente y reflexiva prudencia del Estado. El terrorista busca destruir al orden democrático porque su impulso civilizador nos lleva hacia unas reformas económicas y sociales tan profundas como las reclama la sociedad.
Merced a su carácter primigenio, las fuerzas políticas actúan dentro de la legalidad y han de unirse con el fin de aislar a esos grupúsculos antisociales. Si los terroristas quieren aniquilar a la sociedad, los demócratas debemos unirla, fortalecerla, cauterizar sus heridas.
Se equivocan de hora y de país: el terrorismo es manifestación puramente autoritaria, demencial. Nada es más ajeno a la democracia, así se disfrace con atavíos pretendidamente libertarios. Embozados detrás del anacrónico lenguaje inherente a la seudoizquierda utópica, los terroristas golpean con odio purulento a la izquierda real, la democrática: única izquierda posible en esta hora mexicana.
El método efectivo de aislarlo y vencerlo consiste en continuar por el camino de la unidad democrática entre las muy diversas fuerzas políticas de México. El país entero ha de movilizarse con el propósito de instilar la plena idea democrática en el alma de las muy diversas capas integrantes de nuestro cuerpo social.
Se trata de conducirlas hacia los anchos terrenos de la política, entusiasmarlas mediante el ejercicio de ejemplares empresas colectivas republicanas, defensoras de un Estado de derecho laico y democrático, pluralista y social. Unidos en torno de esas categorías básicas, conjuraremos a la pesadilla terrorista con más y mejor vida política, a través de justicieras reformas modernizadoras diseñadas para combatir, desde su misma raíz, a las desigualdades entre los mexicanos.
Analista político
