Ramón Cota Meza
La integración en curso de la economía de México a la de Estados Unidos nos incita a reinterpretar la Revolución Mexicana como la radicalización de un proceso iniciado en Estados Unidos en respuesta al expolio causado por la expansión económica del último tercio del siglo XIX y principios del XX. Los movimientos y demandas de la Revolución Mexicana continúan y profundizan los movimientos populares de los estados del medio oeste, oeste y suroeste de Estados Unidos ante Wall Street y Washington.
En este enfoque habría que ampliar el periodo histórico para incluir decisiones del gobierno de Díaz, como la nacionalización del ferrocarril en 1908. De hecho, Limantour justificó la medida aduciendo la experiencia de diversos estados de la Unión Americana que impusieron límites constitucionales locales a la voracidad de las compañías ferroviarias, mineras, agrícolas, ganaderas y forestales. El nacionalismo económico, dice Alan Knight, “no fue virtud única del pensamiento revolucionario original”.
Las huelgas pioneras de los mineros de Cananea y los ferrocarrileros de Chihuahua (“a trabajo igual salario igual”) se explican en el contexto de los ciclos económicos del periodo y la homogeneización del trabajo y las demandas obreras en ambos lados de la frontera. La mano de obra mexicana seguía entonces un flujo migratorio circular: de la mina al ferrocarril, a los aserraderos, a la cosecha de algodón, a la cría de ganado y a las empacadoras, desde Aguascalientes hasta Nebraska.
En ese ir y venir los trabajadores mexicanos absorbieron el fermento progresista estadounidense iniciado en la década de 1870 en respuesta al ascenso de la plutocracia republicana favorecida por la reconstrucción posterior a la Guerra Civil. El progresismo enarboló las demandas de tierras públicas para quienes las ocupaban, nacionalización del transporte y comunicación, regulación de la banca, cooperativas, sindicatos, educación pública gratuita, voto para la mujer y muchas más.
El artículo 27 de la Constitución mexicana de 1917 tiene su antecedente en una sentencia de la Corte de Illinois en 1877 en relación con el ferrocarril: “Cuando la propiedad sea usada de manera que provoque consecuencias públicas y afecte significativamente (at large) a la comunidad, queda investida de interés público”. El litigio fue provocado por las altas tarifas del ferrocarril al almacenamiento y transporte de los productos regionales.
Los brotes de protesta revolucionaria en Tlaxcala, Puebla, Veracruz, Yucatán, Tamaulipas y Morelos tienen que ver con la valorización de la tierra y las altas tarifas del ferrocarril que erosionaban el precio de los productos y abatían los salarios. Falta reinterpretar el movimiento zapatista como respuesta a estos procesos globales en el moderno estado de Morelos (electricidad, ferrocarril, telégrafo, teléfono, diarios), el mayor productor de azúcar en el mundo entonces.
Madero fue circunspecto respecto a la influencia progresista, pero su filantropía y antialcoholismo reflejan el clima moral de la Unión Americana. Su revolución, la que ahora conmemoramos, fue iniciada en San Antonio; su pasividad ante la conspiración de la embajada de Estados Unidos se explica por su cálculo de que el siguiente presidente, el antialcohólico Woodrow Wilson, fulminaría al alcohólico Henry Lane Wilson, tan borracho como Victoriano Huerta.
El progresismo terminó diluyéndose como movimiento, pero su horizonte dominó la agenda de Estados Unidos durante medio siglo: las leyes anti-trust de Teddy Roosevelt, la creación de la Reserva Federal en 1913, la vasta legislación social de Woodrow Wilson, el New Deal de Franklin D. Roosevelt y medidas subsiguientes hasta la época de Carter. Ese impulso está maltrecho, pero no ha fenecido.
No auspiciamos una nueva revolución, pues ya tenemos democracia, sólo hay que tener los ojos abiertos a las tendencias de larga duración. Así como el progresismo de Estados Unidos fertilizó a México hace un siglo, México está llamado a fertilizarlo ahora. Hay que poner ojo a los movimientos solidarios entre ambos países. La alianza actual de los mineros de Cananea con sindicatos de Estados Unidos merece ser defendida como especie en peligro de extinción.
blascota@prodigy.net.mx
Analista político
