Retórica del desastre

Alberto Aziz Nassif

En estos días calurosos se juegan los tiempos y las posibilidades de lo que puede ser una reforma energética. El gobierno de Calderón desperdició tiempo valioso; durante varias semanas se dedicó a usar una estrategia mediática. Después llegaron los expedientes del caso Mouriño y sólo hace unos días el gobierno dio a conocer, de forma tardía, su diagnóstico sobre la situación de Pemex. Así, lo que debería haber sido un debate nacional terminó en una nueva versión de Jack Sparrow y Los piratas del Caribe.
El diagnóstico es un discurso político elaborado para sustentar el proyecto de la reforma panista. A pesar de que aparenta ser un documento lo más alejado posible de una posición ideológica, no deja de ser una argumentación que presenta juicios para llegar a conclusiones prefabricadas. La premisa es que Pemex se encuentra en una situación límite en donde casi todo —reservas, infraestructura, exploración, petroquímica, finanzas, gobierno de la empresa— está a punto de fenecer, salvo que se haga una reforma energética, que salve a esa importante empresa del desastre.

El texto presenta varias necesidades urgentes: flexibilización de su marco regulatorio, nuevos esquemas financieros, incorporación de tecnología de punta. De esta forma se construye la versión oficial de caso. Para cada problema se establece un argumento; así, por ejemplo, se dice que en las experiencias en otros países han llevado a realizar asociaciones con empresas que les han permitido esquemas de colaboración “efectivos”. Luego se explica la disminución de las reservas probadas en prácticamente todos los mantos que están actualmente siendo explotados: 83% de las reservas probadas está en una situación a la baja.

Con estos datos se establece que para 2021 se “tendrá un déficit de 500 mil barriles diarios”. Para enfrentar el problema se necesita buscar nuevas reservas y, según el texto, las estimaciones son que 50% de los llamados “recursos prospectivos” se encuentran en la cuenca del golfo de México profundo. Con esta visión se establece la conclusión obvia: “Iniciar el desarrollo de las aguas profundas es fundamental”. Eso que hace unas semanas se conoció como la búsqueda del tesoro.

Para reforzar la conclusión se dice que “la posibilidad de encontrar yacimientos de fácil acceso, baja complejidad técnica y magnitud relevantes está prácticamente agotada”. Sin embargo, en un foro de especialistas se afirmó lo contrario. Según Francisco Garaicochea, ingeniero petrolero experto en aguas profundas, “México no tiene urgencia de ir a proyectos en aguas profundas donde no hay certeza de la cantidad de hidrocarburos que se pueden encontrar y explotar. Es más seguro explotar reservas en aguas someras y tierra, donde Pemex tiene la tecnología para hacerlo” (EL UNIVERSAL, 3/IV/08). Entonces, ¿en qué quedamos?

El siguiente punto del diagnóstico oficial es sobre la refinación; de igual forma que con las reservas, los retos son enormes, desde construir nuevas refinerías e infraestructura para producir combustibles limpios hasta reconfigurar refinerías actuales y reducir los impactos ambientales. Para todo ello, Pemex requiere de flexibilización y acompañamiento de otras empresas. Igual sucede con el gas y la petroquímica. Todo lleva a cambiar el marco regulatorio para flexibilizar la operación de la empresa mediante esquemas que permitan ser más eficientes. En la parte financiera se establece la necesidad de nuevos esquemas para la parte tributaria, es decir, despetrolizar el gasto público, liberar recursos para reinversión en la empresa. Todo se hará “sin afectar la rectoría del Estado en materia de hidrocarburos”.

Al final, se establecen los cambios de administración de la empresa, el llamado gobierno corporativo y la necesidad de mejorar los mecanismos de transparencia y rendición de cuentas, es decir, un poco de discurso políticamente correcto combinado con las líneas de la nueva gestión pública (control, fiscalización, trabajo por resultados, etcétera). La conclusión general del diagnóstico trae a escena los postulados con los que se quiere convencer a todos de que la reforma no es para privatizar. Para ello se afirman tres postulados retóricos: “el petróleo seguirá siendo de los mexicanos”; “se fortalece la rectoría del Estado sobre sus recursos energéticos”; y “no se privatiza Pemex”.

Las reacciones llegaron de forma inmediata. Por supuesto, la demanda sigue siendo que el Ejecutivo presente al Congreso una iniciativa de reforma, lo cual hasta el momento no ha quedado establecido cuándo se hará. Parece que Calderón quiere que sea el Legislativo el que haga la reforma. Para diversos actores, el diagnóstico oficial resultó catastrofista; así lo calificó el PRI. En el foro de especialistas de este diario se tuvo una apreciación similar: se trata de un diagnóstico “muy alarmista” (EL UNIVERSAL, 3/IV/08). Calderón afirmó que la catástrofe sería no hacer la reforma por “miedo o por intereses parciales o políticos” (EL UNIVERSAL, 4/IV/08).

Si se logra romper el círculo de polarización, lo cual parece difícil a estas alturas del partido; si se logra presentar un proyecto en los pocos días que le quedan a este periodo de sesiones, aproximadamente unas ocho sesiones; si se logra establecer un debate nacional y fijar los términos de referencia, porque al parecer no coinciden ni los diagnósticos ni mucho menos el contenido de la reforma; en suma, si estos pasos se cumplen, se podría pensar en un escenario de reforma energética. Pero, casi todo indica que no hay condiciones; si acaso se podría llegar a una minirreforma, pero lo más probable es que sea un tema que no se resuelva en esta caliente primavera, en la que los actores políticos se han dedicado a contarnos cuentos de terror sobre el petróleo en México y a construir la polarización energética.

Investigador del CIESAS

¡Comparte la nota!