Ramón Cota Meza
De los asuntos político-económicos que se discuten en México y el mundo, ninguno más relevante que la crisis financiera de Estados Unidos y la forzada intervención del gobierno para mitigarla. Su relevancia consiste en marcar el fin del paradigma económico que ha gobernado y desgobernado el mundo desde mediados de los 70, al tiempo que la respuesta republicana a la crisis adopta, a pesar suyo, las viejas ideas reguladoras que dicho paradigma pretendía haber superado.
Decimos “paradigma” como conjunto de supuestos articulados que delimitan un horizonte de conocimiento y acción. El supuesto mayor en este caso es que los agentes económicos y el mercado tienden a equilibrarse por sí mismos, de lo cual se sigue que la intervención del Estado debe ser progresivamente reducida y suprimida donde sea preciso. Este supuesto se ha derrumbado ante la incapacidad del mercado financiero para encontrar equilibrio y la resultante intervención del Estado.
Como lo han advertido ya varios economistas solventes, la intervención estatal es vacilante y ambigua. No podía ser de otro modo, siendo forzada por las circunstancias y resultar humillante desde el punto de vista intelectual e ideológico. El ánimo crítico ha sido resumido por The New York Times: “Al final, el programa regulador permitirá a Mr. Bush dejar el cargo con (su) ideología intacta, al menos en su mente. El verdadero trabajo será dejado a otros”.
Las tareas públicas que se desprenden de esta situación son vastas y comprenden muchos renglones de la vida económica de ese país. En los servicios financieros ya está en marcha el reforzamiento de la facultad reguladora del Estado, si bien las agencias federales ya tenían la facultad de corregir excesos, la cual fue gradualmente abandonada bajo el supuesto de que el mercado financiero se equilibra por sí mismo. La verdad es que las más sólidas instituciones financieras tiemblan bajo montañas de activos malos.
La situación actual es que todavía falta un tramo para calar la profundidad de la crisis, si bien Estados Unidos tiene una diversidad de recursos que políticos menos apáticos podrían poner en juego para corregir el curso. Estamos lejos de un escenario apocalíptico global, a menos que hubiera guerras abiertas por recursos naturales, como puede ocurrir. Sin ignorar el peso de Estados Unidos en la economía global, la mayor parte de la crisis recae en su propia economía.
La relativa delimitación de la crisis a Estados Unidos desbanca otro supuesto: que la globalización es ya tan abarcadora que una caída financiera de Estados Unidos sería una crisis mundial. La verdad es que la mayoría de las economías nacionales depende más del mercado interno que del mercado global. La idea contraria es básicamente publicitaria y ansiosa de novedades, sin que esto signifique negar la fertilización global en el sentido más amplio.
La crisis financiera de Estados Unidos dará mucho material de análisis, se publicarán libros sobre la era neoliberal que termina y se debatirá el curso a seguir. Estamos al inicio de un cambio de paradigma económico, así que la urgencia de los asuntos que hoy se discuten en México podría ser aplacada, por ejemplo, la reforma de Pemex, cuya premura parece deducida de información parcial con el propósito de impresionar al público y legitimar negocios público-privados.
Cualquiera que sea la mejor reforma para Pemex —si necesita una—, es claro que la demanda de apertura, tal como se presenta, carece de argumentos, salvo la promesa de que el capital privado hará mejor tarea. Esta demanda ha disminuido por cálculo político y olfato del sutil y rápido cambio de ambiente económico global, si bien sus abogados no parecen estar listos para cambiar de ruta.
blascota@prodigy.net.mx
Analista político
