Raúl Cremoux
Parecía impensable que un puñado de mexicanos vestidos con toga negra pudiera oponerse primero y modificar después lo que el mayor de los poderes reales ya había dispuesto en su propio beneficio. El Congreso había sido doblado de un modo tan brutal, que la totalidad de diputados federales, de esos que supuestamente representan a la sociedad, habían votado en tan sólo siete minutos y por unanimidad el inocultable aumento de privilegios.
Refrendado por numerosos senadores, ya habían conseguido y elevado a la categoría de ley que sus negocios se obtuvieran en subasta como se hace con bienes de usufructo, que no fueran examinados en 20 años, que tales concesiones se traspasaran en forma semejante a la herencia, y lo que se veía como definitivo, que nunca rindieran cuentas ante ninguno de los poderes de la nación. Su posición se veía tan inamovible como el peñón de Gibraltar. No obstante, milagro habemus.
Son notables los saldos de la última batalla que nos brinda la Suprema Corte. Con un solo corte de sable constitucional nos devuelven confiabilidad en la separación de poderes y lo que tiene importancia subrayada: reverdecen el inmenso anhelo de la esperanza.
Desde el 1 de septiembre de 1950, fecha oficial del nacimiento de la televisión, todas y cada una de las concesiones han sido entregadas a quien colaborase con un esquema de desarrollo que ha dado como resultado la inocultable inequidad que padecemos.
Un sexenio tras otro, el intercambio de favores fue instaurando un nuevo polo inalcanzable. Del entretenimiento barato se pasó a la rectoría de la información. El pastelazo se mezcló primero con la sumisión informativa y más tarde con la abierta manipulación. El Estado abdicó y la televisión forjó la identidad nacional. Cuanto convino al autoritarismo fue instrumentado. Ahí están formados en fila que le da vuelta al mundo los testimonios que tal avalan. Con el advenimiento de una sociedad siempre adelantada al gobierno federal, las cosas han cambiado.
En aspectos sustantivos, las concesiones han tenido que mejorar; en otros no menos importantes, aunque parezca mentira, han empeorado. Si bien la tarea de los ministros es ejemplar, aún resulta incompleta.
El necesarísimo (así, en superlativo) derecho de réplica sigue sin ser instrumentado a pesar de las constantes faltas que se cometen en los medios contra quienes piensan distinto. ¿Por qué continuarán los medios culturales, públicos en desventaja con los comerciales? Sus tareas no sólo son diferentes, sino que llegan a ser opuestas en detrimento de la educación y el entendimiento.
Toca ahora y nuevamente a múltiples legisladores que ayer aprobaron la oprobiosa ley de medios incorporar los ajustes que han realizado los ministros de la Corte.
Ya sin la coyuntura que tanto dicen haberles pesado en la anterior contienda electoral, ¿cómo se comportarán? Quienes en el pasado votaron sin ver, sin leer, o quienes habiendo leído y entendido votaron contra los intereses de la sociedad estarán bajo una lupa imposible de ignorar.
Entre los muchos aciertos de los hombres de toga negra quedan en forma implícita los que reivindican la auténtica separación de poderes gobernantes como nunca antes había ocurrido en nuestra historia moderna.
Con ello muestran un camino más amplio a las nuevas generaciones de mexicanos para atestiguar que los cambios que necesitamos… son posibles.
cremouxra@hotmail.com
Escritor y periodista
